URUBOS.

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Julio 7, 2007

Un Virus Patógeno

Publicado por urubos en General

Doña Casilda no daba con la ubicación de aquel bendito rulo sobre la frente. Hacía rato que estaba luchando con él frente al espejo. Tenía ya las perlas en las orejas , el collar del mismo juego puesto, las mejillas rozagantes; que aunque le hicieran bromas por la antigüedad del afeite, a ella le gustaba, qué también! Ya se había puesto los zapatos de tiras amarillas que había reservado para estrenarlos ese día. Todo pronto; ¡pero con el rulo de la frente no había caso! Sus sobrinas nietas estarían por llegar para acompañarla. Y no había caso! ¡El rulo se caía y quedaba con la punta para adelante como un cuerno!

–¡Pero claro ¡ -dijo de pronto, golpeándose la frente con la palma de la mano-. ¡Mujer idiota¡ Cuanto más grande más zonza ¡

Corrió a la mesa de luz del “otro lado” a encontrar el pote de fijador de Abelardo, su finado esposo.

–A ver, a ver…así. Ya está¡

Se vió satisfecha en el espejo, tanto de frente como de perfil y salió en busca de la cartera que había olvidado vaya a saber dónde tras el revoltijo que había armado en eso de acicalarse. Cuando la encontró, temerosa de volverla a perder, fue con ella bien tomada por el asa a sentarse en la sala hasta que llegaran las muchachas.

Una hora más tarde todo el mundo estaba en la fiesta. La música era alegre y las bebidas abundantes. Le ofrecieron un refresco pero ella prefirió vermouth.

-Ahora sólo me falta un compañero de baile –le dijo a la muchacha de la bandeja.

-Si quiere le mando a mi tío Perico…

-No, mija. A tu tío le llevo apenas veinte años¡ Mejor conseguime alguno de esos muchachos que andan con vos¡ -contestó sacudiéndose de risa.

Pero no hubo necesidad de intermediarios ya que al rato Casilda bailaba con un cincuentón bromista y barullento como ella que la llevaba y traía en toda suerte de floreos bailarines; de a ratos muy juntos, a modo de enamorados, si la música era lenta, otras a gran distancia, tomándose de las puntas de los dedos, si la música del disco era un valtz.

Cuando el cincuentón, algo sudoroso quiso volver a la mesa con su esposa, Casilda tomó la bandeja con las copas y entonces se divirtió haciendo chistes mientras servía, chistes a su modo picantes, que dosificaba en picardía según la edad de las parejas.

-Siéntese un poco, doña- dijo la dueña de casa.

-Sí tenés razón, mija. Estoy medio mareada…

-También! A su edad en estos chiveos. Venga, venga al dormitorio y echese un poquito hasta que se reponga!

El dormitorio hacía las veces de guardarropas improvisado y recostadero para casos como el de Casilda, habían allí sillones llenos de sacos y chales, debidamente doblados. En una cama dormía relajadamente una señora joven. Totalmente vestida y adornada de perlas. Fue necesario liberar la otra cama de carteras y abrigos para dar lugar a la doña que se acomodó con precaución de no arrugar mucho su ropa, apenas sacado los zapatos. Desde el patio llegaba la música asordinada y lejana como viniendo a los dormidos desde un pasado placido y sereno. Casilda también se durmió.

Un par de horas después de la medianoche la fiesta no había decaído, todo lo contrario. En la improvisada pista, un nutrido conjunto de parejas se zangoloteaba al son de una polca frenética y zumbona hasta que desde la casa se comenzaron a sentir aquellas voces de alarma. La música se detuvo con el torpe rasguño de la púa sobre el disco. Las parejas aún dieron dos pasos en silencio, ralentando y llevando impávidas miradas hacia la puerta por dónde habían llegado las voces y ahora se vió aparecer a varias personas que avanzaban entre sollozos, trayendo entre todas a la persona de Casilda en el medio. Ella venía dando pasos entrecortados y los coloretes del maquillaje chorreaban por las mejillas erosionados por las lágrimas.

-¿Qué a pasado.? ¿Se ha caído? –preguntó una voz.

Casilda quiso responder:

-Se me…Así….de golpe….

-¿Qué quee?

Casilda levantó la mirada hacia todos, vacía de esperanza. Vencida. Una acompañante explicó:

-Mientras dormía se le acortaron las piernas!

-¡No, una sola! ¡Una sola!

-Pero eso es imposible, Casilda! ¡No puede ser!-protestó la anfitriona.

-Ha de ser el cansancio –completó el cincuentón- Ya se le va a pasar…

Casilda reinició la marcha. Del lado derecho arriba. Del lado izquierdo, abajo….Se detuvo.

Todos quedaron mudos. Un hálito trágico flotó sobre el ambiente.

-Habría que llamar al médico –cuchicheó una voz.

-Al doctor Carballo, no! ¡Me la va a cortar!

Ahora su llanto se volvió sonoro, entrecortado, casi violento.

-Ya pasará, ya pasará –insistía el cincuentón sin lograr hacerse oír.

Las mujeres dejaban caer su lágrimas. Los hombres se rascaban la cabeza, se acariciaban la perilla y, los que tenían bigotes se los alisaban. Pero nadie entendía aquel fenómeno.

Casilda seguía llorando.

-Me la cortarán! ¡Seguro que me la van a cortar! Ay Dios mio! Y si no me la cortan seguro que se me va a seguir achicando.

Había que intentar algo. A falta de mejor idea, unas amigas fueron sacando a la vieja para llevarla a caminar por un campito baldío que había enfrente. Por supuesto le sostenían de los codos y le aconsejaban no apoyar la pierna corta. Poco a poco todas las mujeres fueron saliendo tras el primer grupo y cruzando la calle, en el patio sólo quedaron los hombres desparramados y agrupados ,acompañados del pesado silencio. Apenas si algunos hablaban en voz baja.

-Parece mentira, así de repente ¡ -comentó el dueño de casa.

-Es la edad –comentó un vecino- ,seguro que de tanto saltar el hueso se le achicó.

-Pero no puede ser, nunca se ha visto un caso así!

-¿Quién sabe?-opinó el primero- Los huesos de los viejos son como una galletita. Si se golpean de costado se quiebran. Pero si los vas golpeando de punta, eh?….¿No te parece? Sí, ha sido eso, seguro, tanto saltar…

-Vos estás loco!

La conversación quedó cortada porque vieron aparecer desde la casa, descalza y despeinada una vecina que había estado descansando en el dormitorio. Su cara denotaba asombro.

-‘Qué ha pasado…todos se han ido? ¡Que ha pasado? ¿Terminó la fiesta y nadie me avisó?

-No Clarita –explicó el dueño de casa- la fiesta no ha terminado…es decir que la gente no se ha ido. Andan por el campito…allá enfrente, con Casilda….

-¿Por el campito? ¿Qué andan haciendo por el campito…a esta hora?

-Ha ocurrido una desgracia –dijo ahora el cincuentón, que estaba sentado en el suelo contra una columna del corredor entre dos macetas.

-¿Una desgracia con Casilda…¿La están consolando? Pero, ¿qué desgracia, quién ha muerto?

-No por favor Clarita, no ha muerto nadie. Es a Casilda a quién le ha ocurrido una desgracia…un percance. En realidad no ses nada grave…umm…una enfermedad medio extraña.

-¿Enfermedad extraña? Pero qué están diciendo? Ustedes no me están diciendo la verdad! ¿Y mi marido, dónde está mi marido? ¿Qué le ha pasado a mi marido que se lo llevaron? Qué le ha…

El cincuentón se puso de pié y con hablando con energía obligó a la mujer a ponerse sensata. Ya le iba a sacudir de los hombros cuando esta cambió la actitud.

-Bueno, bueno…perdonen. Que le ha pasado a Casilda, todo esto es tan raro!

-Si será –retomó en anfitrión- ,yo no termino de entender.! Si se tratara de una virosis, pero no creo porque… o algo más grave.

-Es la edad –saltó otra vez el vecino en sus trece.

El dueño hizo un gesto que indicaba a la señora que no hiciera caso de aquel comentario. Y sonriendo le señaló los pies.

-Pero por favor señora, cálcese.; está bastante fresco y…

- Ah sí, con todo esto me había olvidado. ¡Que casualidad! Casilda se ha llevado un zapato mio, claro con su malestar no se habrá dado cuenta! Vea, son iguales pero los mios son de taco dos centímetros más bajos.

Junio 8, 2007

La jugada magistral

Publicado por urubos en General

Juan López miró otra vez el reloj y dio un paso al costado para quedar, al menos, con la cabeza bajo la sombra del alero del andén, aunque el sol le siguiera quemando en el traje azul, como a los otros, todos entrajados en azul, sudorosos y ahorcados por sus

respectivas corbatas y por la certeza de haberse apurado. Sí, se habían apurado mucho. Ya hacía un rato que se apretujaban, erectos y ridículos, bajo el plomo fundido del sol de Enero, a la espero del bendito tren que por lo menos habría de demorar otro cuarto de hora. Se habían apurado. Mucho. Por el temor de llegar tarde, esa ansiedad,. Llegar tarde después de tantas reuniones y preparativos, trabajos y memorandos; especialmente tanto limar asperezas entre vecinos y grupos.

Ahora, visto en perspectiva, parecía que la noticia del tren presidencial hubiera llegado al pueblo varios meses atrás, cuando en realidad habían pasado quince días. Tantos días, apenas, como los minutos que ahora restaban esperar.

Juan López recordaba ahora –la frente perlada de sudor- los mil conflictos que se habían suscitado. Rivalidades políticas y de intereses. Enconos personales o revanchas entre familias…Recordaba la primera reunión general de vecinos, apenas llegada la noticia. El griterío ensordecedor. Lo recordaba sin poder separar el recuerdo del fuego actual del cuello de la camisa quemándole el pescuezo. ¡Un bochorno! Los estancieros que querían que se les mejoraran los caminos rurales y a la vez que se les cobraran menores impuestos. Los comerciantes que querían protestar por la mala voluntad que demostraban los inspectores. Los agricultores que esperaban subsidios y créditos blandos. Y el cura con sus feligreses más consagrados, conque a Dios queremos en las escuelas y en el hogar. ¡Todos gritando! –menos los pobres que no estaban en la reunión- ¡Nadie escuchando a nadie! –Y los zapatos, ay los zapatos con su cuero bajo el sol, achicándose y apretando los pobres dedos- Entonces, algunos –Juan López entre ellos- habían intentado ir poniendo por escrito los distintos pedidos y aspiraciones para trasmitir al presidente, pero al fin, el esfuerzo se había demostrado inútil ante la infinita cantidad de pedidos irreconciliables y hasta ridículos. Fue en ese punto –recordaba ahora Juan López- que el Doctor Carballo había hecho sonar su imponente vozarrón por sobre el griterío. Les trató de “energúmenos” y de “microcéfalos”, palabras ambas que habían quedado resonando en el silencio que sobrevino y que Carballo había aprovechado para decirles, ordenarles más bien, que debían pedir pocas cosas. Pocas y de beneficio para todo el pueblo y no de un grupo o sector.

Juan López extrajo el pañuelo blanco del bolsillo del saco azul, lo desplegó y se puso a resumir el sudor que ya de la frente se le iba resbalando por sobre cejas y pestañas y amenazaba gotear desde la enrojecida nariz. Luego lo bajó hasta el bendito cuello de la camisa que parecía pegado a la piel irritada y hasta enllagada, a juzgar por el horrible escozor que por allí sentía. Sin embargo entre que lo hacía, una sonrisa se dibujó en sus labios. Era que su imaginación seguía recorriendo el recuerdo de las reuniones y las discusiones y ahora comenzaba a verlo todo desde otra perspectiva. Empezaba a verle a todo aquello un perfil simpático que se superponía a los malestares. Sus vecinos…eran casi todos buena gente. Un poco discutidores por demás, un poco cabezaduras pero…todos, en el fondo, buenos. Y sus ojos encontraron allá adelante, la figura de Salomón Assis dentro de su propio traje azul, planchado e impecable. La cabeza redonda y lisa, recalentada de sol, enrojecida y húmeda; y las manitos regordetas que sostenían como si fuera un ramo de delicadas flores, el famoso rollo de papiro.

Y volvía Juan López –olvidando el calor- al recuerdo de aquella primera reunión. Al momento preciso en que Salomón Assís, con toda su pompa y solemnidad, entraba al salón anunciando que venía a representar al pueblo. “Vengo en nombre del pueblo”, había dicho y nadie había atinado entonces a poner en duda tal afirmación. Todo lo contrario, no terminaba de decir aquello cuando ya se le arrimó Jeremías Iraola para establecer un maridaje ideológico sumamente sólido que más tarde mereció el mote de “polo alegórico poético” según los comentarios del Dr. Carballo. Y en un punto fueron consecuentes y originales, nunca pretendieron sumar un petitorio a la larga lista para el presidente, sino que pedían y exigían a la asamblea que se tomaran las medidas para rodear el recibimiento del marco y la pompa adecuados; cohetes, fuegos de artificio y si era posible hasta una banda militar.

Entonces, en el recuerdo de Juan López, aparecía la expresión torcida de Carballo que había acompañado su comentario por lo bajo: - Salomón es una plaga – Que no era el primer miembro de ningún silogismo, sino un simple ejercicio de intolerancia que mal le cuadraba a un universitario puesto por propia vocación al servicio de la humanidad. Mal le había parecido a Juan López aquello, y peor aún que después, cuando Salomón pedía la palabra, para insistir con sus puntos de vista, el médico, que hacía las veces de coordinador de las discusiones, tratara de obviar, como no viendo, que la manita de Salomón se agitaba casi de continuo allí frente a su enorme nariz.

Sin embargo, allá adelante se veía la nuca de Salomón sobresaliendo entre algunos hombros azules, apenas por delante y a un lado de la masa humana de Carballo que hacía de sólido respaldo-y control- del emisario. Allá estaba Salomón ufano, hamacando su redondez y su alegría, cambiando su pierna de apoyo de tanto en tanto y manteniendo levemente levantado el pergamino del Memorando. Ah! Juan López sintió la necesidad de ser justo. Carballo era un gran hombre, casi un estadista! Porque,-se dijo- Sólo un gran hombre es capaz de levantarse de la profundidad de sus errores para elevarse a las cimas de la mayor sabiduría. Y eso era lo que había hecho Carballo en la segunda asamblea cuando, sorprendiendo a todos, propuso que el petitorio fuera escrito en un pergamino –como podía Iraola- y entregado en las manos del presidente por las de “nuestro estimado vecino Don Salomón Assís”.

Juan López tuvo entonces la secreta y diminuta vanidad de creer haber sido el primero de la reunión, en descender del asombro hacia la comprensión de la sabiduría de aquella propuesta. ¡Qué jugada magistral! – Se repetía ahora , viendo el resultado- Porque a partir de aquella propuesta, aprobada dentro de la confusión producida, apenas por un puñado de manos levantadas –una dudosa mayoría- todo había cambiado. Salomón, ebrio de vanidad, se olvidó de los fuegos de artificio y de la banda de música. E Iraola, a su vez, viéndose inmortalizado en sus letras góticas sobre pergamino –que ya se veía dibujando- se dejó de joder con los escenarios y los “cuadros plásticos”. La discusión progresó y se llegó a los acuerdos para que a los pocos días, en la tercera reunión se plasmaron en un texto que fue exitosamente votado.:

“El pueblo de Cuchilla Pelada reunido en asamblea, solicita al Sr. Presidente de la República la creación de una colonia agrícola que de cabida y sustento a un importante conjunto de familias, que produzca riquezas y materias primas para potenciar el trabajo y el progreso de la zona. Para ello será necesario la expropiación por parte del Estado de alguna de la tantas estancias improductivas y semi-abandonadas que abundan por estos parajes, que dan poco y nada al país en cuanto a riqueza producida, impuestos pagados y trabajo ofrecido a los hijos de la tierra.”

Juan López, regresaba entonces de aquellos recuerdos y se iba dejando adormecer en el sopor del andén, despreocupándose ahora de los hilos de sudor que le corrían por debajo de la camisa, desde el cuello y los sobacos, tanto que con disimulo aflojó el nudo de la corbata apenas lo suficiente como para desprender el botón de arriba y respirar casi con soltura. Era justo la hora de su siesta cotidiana y sentía- o creía sentir- el arrullo de amigables moscardones sobre las cabezas, como lejanos y cercanos violoncelos vagabundos. Y se evadía hacia los tiempos venideros después de atendidas las peticiones del pueblo. Ese futuro que adivinaba, con un poco más de gente, alguna mayor prosperidad. Campos con trigos y vides, aunque sea algunos. Y menos pedregales con desperdigadas ovejas. Vendría gente nueva a reanimar aquel erial enfermo de rutina y escasez…

Salió de las cavilaciones creyendo haber sentido un lejano pito de ferrocarril. Sin embargo la gente toda seguía igual. Miró al Dr. Carballo, también él seguía igual, a la espalda de Salomón, casi cubriéndolo con medio cuerpo de sobra. Y miró al propio Salomón que tampoco mostraba ningún cambio de actitud. ¡Pobre Salomón! Tan cuestionado… Allí estaba con su bracito semi levantado… Pero, sí! Ahora estaba seguro. Aquel lamento lúgubre que llegaba desde el horizonte de los cerrillos no podía ser otra cosa que el saludo vaporoso de la locomotora saliendo por un caño de hollín.

En el andén se produjo un murmullo movedizo que se extendió más allá, donde la gente que llegara último presionaba ahora en procura de lugar y empujaba a los de adelante hasta el borde. Porque ahora todos caían en la cuenta de la singularidad de los dos minutos que iban a transcurrir en ese lugar. Para Cuchilla Pelada, y sus pobladores, talvez se iba a producir un quiebre; un antes y después.

Juan López y todos los vecinos vieron aparecer el tren. Venía flameando las banderas que coronaban su testa. Con prisa justa y después con contenida pausa vino a detenerse como estaba previsto, en el lugar justo. Una maquina y tres vagones relucientes que donde no mostraban banderas mostraban barniz y vidrios transparentes. El tercero de los vagones era el más adornado y tenía armado en su pescante trasero un estrado en cuyo centro lucía el escudo de la patria rodeado de laureles y olivos forjados en hierro pintarrajeado de oro.

Juan López sintió de pronto que ya estaba. Podía relajarse y observar tranquilo lo que vendría. Se lo imaginaba. Se lo había imaginado varias veces como en ensayos definitivos y detallados de dos minutos que iban a fundar el futuro… Y allí aparecían los brazos levantados del Presidente desde la puerta del vagón. Ya estaba saludando desde el pescante. Allí salían los segundos y los terceros enfundados en sus trajes y saludando casi tímidos. Allí se veía elevar el rollo del petitorio por encima de la calva de Salomón, colgando sus cintas de seda. Allí se percataba el Presidente de que aquello era, sin duda posible para él, y también levantaba la mano derecha para tomarlo…

Y siguió viendo Juan López. Vio como apenas antes de que los dedos presidenciales tocaran el rollo de papiro éste hizo de pronto un giro voluptuoso en el aire y otro más amplio y por insólita órbita vino el papiro a descansar en la protección del pecho de Salomón quién, en el foco de todas las miradas hizo sentir su voz, vibrante y emocionada.

“-Honorable señor Presidente: El pueblo de Cuchilla Pelada, por intermedio de mi modesta persona, nombrada por unanimidad, lo saluda deseándole una agradable estadía y un próspero viaje…”

Juan López dio un respingo. Su mirada buscó al Dr. Carballo justo en el momento que éste daba con algún disimulo, un tironcito del saco de Salomón para que se dejara de saludos y entregara el rollo…Pero la voz de Salomón seguía.

“-…y pido a vuestra excelencia disculpas, por el pobre recibimiento que le hacemos, producto de pobres espíritus que anteponen banderías a los altos designios de la Patria…”

Juan López empezó a acercarse, colándose entre la gente mientras Carballo volvía a sacudir la espalda de Salomón, ahora sin disimulo y el turco continuaba:

“-…historia que está regada con la sangre de nuestros héroes que reclaman gloria…”

Ya iba cerca del vagón cuando el Presidente trató de nuevo de cazar el rollo que seguí volando, pero vio López que de nuevo el volátil escapaba y el Presidente cambiaba de cara y se ponía enhiesto y hablaba riguroso a uno de sus laderos quién hacía una seña al jefe de la estación y este tiraba del cordón que colgaba del alero haciendo sonar tres campanadas que eran comprendidas y respondidas por el maquinista que a su vez pitaba sus saludos y hacía piafar su máquina de vaporosas y blancas nubes para poner los émbolos y todo en movimiento…

Juan López, inundado de irrealidad se detuvo. Aquello parecía una película absurda que no podía estar viendo…Pero veía….El tren se estaba poniendo en movimiento y la gente comenzaba a gritar cosas groseras…

“-…Calló la flor al río. Ya los temblorosos círculos concéntricos…”

Juan López de un salto estuvo a la par de Carballo. Con sólo una mirada se entendieron: Al mismo tiempo y con la misma decisión tomaron a Salomón por los costados y le levantaron en el aire. Ahora sí, en un postrer arrebato, la mano del presidente encontró el bendito rollo en vuelo y se aferró a él con fuerza llevándolo consigo arrastrado por el vagón que ya se iba.

Hubo un compartido suspiro. El Maestro Juan López se terminó de quitar la corbata y se tiró el saco sobre la espalda, al tiempo que enderezaba los pasos rumbo a las casas, acompañado de Carballo, quién le sonreía socarronamente.

-Está bien. Tenías razón.

 

Mayo 25, 2007

MUY FÁCIL O TODO LO CONTRARIO

Publicado por urubos en General

 

Seguro que una mayoría de extranjeros piensa que gobernar un país tan pequeño y de tan poca población como Uruguay ha de ser cosa fácil. Lo ha sido, durante gran parte de la corta historia de este pedazo de tierras onduladas sobre las que crece pasto que las vacas comen y engordan llenando los bolsillos de los dueños del país, que no son solamente los grandes hacendados, sino también los banqueros, los barraqueros y toda una serie de empresarios dedicados al comercio exterior de los bienes que gracias a la naturaleza, el sol, la tierra y el agua, han sido suficientes para mantener una minoría cada vez más chica.Ya no se habla más de reforma agraria. El principal líder de la izquierda lo ha dicho con todas las palabras que en su boca suenan más claras. No están dadas las condiciones. El mundo no está proclive a aceptar que un pequeño país salte al ruedo con ideas propias –o prestadas- que impliquen en alguna medida el contra-modelo de lo que se nos predica desde los centros del poder mundial. La consigna es no hacer cambios, más allá de algún parche para zafar del peligro del estallido social. Estallido que, por otra parte se ha venido haciendo prácticamente inviable por el constante éxodo de la gente con más inquietud. No hacer cambios, solo administrar las carencias.El mismo líder de izquierda lo ha explicado por radio muchas veces. –Palabra más o menos- Nosotros no estamos en el gobierno por una revolución, lo estamos por una elección.Quiere decir que es necesario ceñirse a las leyes y los tratados preexistentes y “no hacer olas”.Ahora bien. Si hubiesen llegado al gobierno a través de un proceso revolucionario, ¿hasta qué punto las cosas serían diferentes? Sería tan fácil y tan impune bloquear económica y políticamente a esta republiquita pastoril como lo está siendo para los hermanos argentinos castigarnos por algo que nos ha impuesto el reparto internacional del trabajo y las inversiones que ellos querían recibir. (Caso pasteras de celulosa). Fácil lograr fallos en tribunales, inventar conjuras del terrorismo o del narcotráfico, desembarcar en cruzadas salvadoras, etc.