Un Virus Patógeno
Doña Casilda no daba con la ubicación de aquel bendito rulo sobre la frente. Hacía rato que estaba luchando con él frente al espejo. Tenía ya las perlas en las orejas , el collar del mismo juego puesto, las mejillas rozagantes; que aunque le hicieran bromas por la antigüedad del afeite, a ella le gustaba, qué también! Ya se había puesto los zapatos de tiras amarillas que había reservado para estrenarlos ese día. Todo pronto; ¡pero con el rulo de la frente no había caso! Sus sobrinas nietas estarían por llegar para acompañarla. Y no había caso! ¡El rulo se caía y quedaba con la punta para adelante como un cuerno!
–¡Pero claro ¡ -dijo de pronto, golpeándose la frente con la palma de la mano-. ¡Mujer idiota¡ Cuanto más grande más zonza ¡
Corrió a la mesa de luz del “otro lado” a encontrar el pote de fijador de Abelardo, su finado esposo.
–A ver, a ver…así. Ya está¡
Se vió satisfecha en el espejo, tanto de frente como de perfil y salió en busca de la cartera que había olvidado vaya a saber dónde tras el revoltijo que había armado en eso de acicalarse. Cuando la encontró, temerosa de volverla a perder, fue con ella bien tomada por el asa a sentarse en la sala hasta que llegaran las muchachas.
Una hora más tarde todo el mundo estaba en la fiesta. La música era alegre y las bebidas abundantes. Le ofrecieron un refresco pero ella prefirió vermouth.
-Ahora sólo me falta un compañero de baile –le dijo a la muchacha de la bandeja.
-Si quiere le mando a mi tío Perico…
-No, mija. A tu tío le llevo apenas veinte años¡ Mejor conseguime alguno de esos muchachos que andan con vos¡ -contestó sacudiéndose de risa.
Pero no hubo necesidad de intermediarios ya que al rato Casilda bailaba con un cincuentón bromista y barullento como ella que la llevaba y traía en toda suerte de floreos bailarines; de a ratos muy juntos, a modo de enamorados, si la música era lenta, otras a gran distancia, tomándose de las puntas de los dedos, si la música del disco era un valtz.
Cuando el cincuentón, algo sudoroso quiso volver a la mesa con su esposa, Casilda tomó la bandeja con las copas y entonces se divirtió haciendo chistes mientras servía, chistes a su modo picantes, que dosificaba en picardía según la edad de las parejas.
-Siéntese un poco, doña- dijo la dueña de casa.
-Sí tenés razón, mija. Estoy medio mareada…
-También! A su edad en estos chiveos. Venga, venga al dormitorio y echese un poquito hasta que se reponga!
El dormitorio hacía las veces de guardarropas improvisado y recostadero para casos como el de Casilda, habían allí sillones llenos de sacos y chales, debidamente doblados. En una cama dormía relajadamente una señora joven. Totalmente vestida y adornada de perlas. Fue necesario liberar la otra cama de carteras y abrigos para dar lugar a la doña que se acomodó con precaución de no arrugar mucho su ropa, apenas sacado los zapatos. Desde el patio llegaba la música asordinada y lejana como viniendo a los dormidos desde un pasado placido y sereno. Casilda también se durmió.
Un par de horas después de la medianoche la fiesta no había decaído, todo lo contrario. En la improvisada pista, un nutrido conjunto de parejas se zangoloteaba al son de una polca frenética y zumbona hasta que desde la casa se comenzaron a sentir aquellas voces de alarma. La música se detuvo con el torpe rasguño de la púa sobre el disco. Las parejas aún dieron dos pasos en silencio, ralentando y llevando impávidas miradas hacia la puerta por dónde habían llegado las voces y ahora se vió aparecer a varias personas que avanzaban entre sollozos, trayendo entre todas a la persona de Casilda en el medio. Ella venía dando pasos entrecortados y los coloretes del maquillaje chorreaban por las mejillas erosionados por las lágrimas.
-¿Qué a pasado.? ¿Se ha caído? –preguntó una voz.
Casilda quiso responder:
-Se me…Así….de golpe….
-¿Qué quee?
Casilda levantó la mirada hacia todos, vacía de esperanza. Vencida. Una acompañante explicó:
-Mientras dormía se le acortaron las piernas!
-¡No, una sola! ¡Una sola!
-Pero eso es imposible, Casilda! ¡No puede ser!-protestó la anfitriona.
-Ha de ser el cansancio –completó el cincuentón- Ya se le va a pasar…
Casilda reinició la marcha. Del lado derecho arriba. Del lado izquierdo, abajo….Se detuvo.
Todos quedaron mudos. Un hálito trágico flotó sobre el ambiente.
-Habría que llamar al médico –cuchicheó una voz.
-Al doctor Carballo, no! ¡Me la va a cortar!
Ahora su llanto se volvió sonoro, entrecortado, casi violento.
-Ya pasará, ya pasará –insistía el cincuentón sin lograr hacerse oír.
Las mujeres dejaban caer su lágrimas. Los hombres se rascaban la cabeza, se acariciaban la perilla y, los que tenían bigotes se los alisaban. Pero nadie entendía aquel fenómeno.
Casilda seguía llorando.
-Me la cortarán! ¡Seguro que me la van a cortar! Ay Dios mio! Y si no me la cortan seguro que se me va a seguir achicando.
Había que intentar algo. A falta de mejor idea, unas amigas fueron sacando a la vieja para llevarla a caminar por un campito baldío que había enfrente. Por supuesto le sostenían de los codos y le aconsejaban no apoyar la pierna corta. Poco a poco todas las mujeres fueron saliendo tras el primer grupo y cruzando la calle, en el patio sólo quedaron los hombres desparramados y agrupados ,acompañados del pesado silencio. Apenas si algunos hablaban en voz baja.
-Parece mentira, así de repente ¡ -comentó el dueño de casa.
-Es la edad –comentó un vecino- ,seguro que de tanto saltar el hueso se le achicó.
-Pero no puede ser, nunca se ha visto un caso así!
-¿Quién sabe?-opinó el primero- Los huesos de los viejos son como una galletita. Si se golpean de costado se quiebran. Pero si los vas golpeando de punta, eh?….¿No te parece? Sí, ha sido eso, seguro, tanto saltar…
-Vos estás loco!
La conversación quedó cortada porque vieron aparecer desde la casa, descalza y despeinada una vecina que había estado descansando en el dormitorio. Su cara denotaba asombro.
-‘Qué ha pasado…todos se han ido? ¡Que ha pasado? ¿Terminó la fiesta y nadie me avisó?
-No Clarita –explicó el dueño de casa- la fiesta no ha terminado…es decir que la gente no se ha ido. Andan por el campito…allá enfrente, con Casilda….
-¿Por el campito? ¿Qué andan haciendo por el campito…a esta hora?
-Ha ocurrido una desgracia –dijo ahora el cincuentón, que estaba sentado en el suelo contra una columna del corredor entre dos macetas.
-¿Una desgracia con Casilda…¿La están consolando? Pero, ¿qué desgracia, quién ha muerto?
-No por favor Clarita, no ha muerto nadie. Es a Casilda a quién le ha ocurrido una desgracia…un percance. En realidad no ses nada grave…umm…una enfermedad medio extraña.
-¿Enfermedad extraña? Pero qué están diciendo? Ustedes no me están diciendo la verdad! ¿Y mi marido, dónde está mi marido? ¿Qué le ha pasado a mi marido que se lo llevaron? Qué le ha…
El cincuentón se puso de pié y con hablando con energía obligó a la mujer a ponerse sensata. Ya le iba a sacudir de los hombros cuando esta cambió la actitud.
-Bueno, bueno…perdonen. Que le ha pasado a Casilda, todo esto es tan raro!
-Si será –retomó en anfitrión- ,yo no termino de entender.! Si se tratara de una virosis, pero no creo porque… o algo más grave.
-Es la edad –saltó otra vez el vecino en sus trece.
El dueño hizo un gesto que indicaba a la señora que no hiciera caso de aquel comentario. Y sonriendo le señaló los pies.
-Pero por favor señora, cálcese.; está bastante fresco y…
- Ah sí, con todo esto me había olvidado. ¡Que casualidad! Casilda se ha llevado un zapato mio, claro con su malestar no se habrá dado cuenta! Vea, son iguales pero los mios son de taco dos centímetros más bajos.