La jugada magistral
Juan López miró otra vez el reloj y dio un paso al costado para quedar, al menos, con la cabeza bajo la sombra del alero del andén, aunque el sol le siguiera quemando en el traje azul, como a los otros, todos entrajados en azul, sudorosos y ahorcados por sus
respectivas corbatas y por la certeza de haberse apurado. Sí, se habían apurado mucho. Ya hacía un rato que se apretujaban, erectos y ridículos, bajo el plomo fundido del sol de Enero, a la espero del bendito tren que por lo menos habría de demorar otro cuarto de hora. Se habían apurado. Mucho. Por el temor de llegar tarde, esa ansiedad,. Llegar tarde después de tantas reuniones y preparativos, trabajos y memorandos; especialmente tanto limar asperezas entre vecinos y grupos.
Ahora, visto en perspectiva, parecía que la noticia del tren presidencial hubiera llegado al pueblo varios meses atrás, cuando en realidad habían pasado quince días. Tantos días, apenas, como los minutos que ahora restaban esperar.
Juan López recordaba ahora –la frente perlada de sudor- los mil conflictos que se habían suscitado. Rivalidades políticas y de intereses. Enconos personales o revanchas entre familias…Recordaba la primera reunión general de vecinos, apenas llegada la noticia. El griterío ensordecedor. Lo recordaba sin poder separar el recuerdo del fuego actual del cuello de la camisa quemándole el pescuezo. ¡Un bochorno! Los estancieros que querían que se les mejoraran los caminos rurales y a la vez que se les cobraran menores impuestos. Los comerciantes que querían protestar por la mala voluntad que demostraban los inspectores. Los agricultores que esperaban subsidios y créditos blandos. Y el cura con sus feligreses más consagrados, conque a Dios queremos en las escuelas y en el hogar. ¡Todos gritando! –menos los pobres que no estaban en la reunión- ¡Nadie escuchando a nadie! –Y los zapatos, ay los zapatos con su cuero bajo el sol, achicándose y apretando los pobres dedos- Entonces, algunos –Juan López entre ellos- habían intentado ir poniendo por escrito los distintos pedidos y aspiraciones para trasmitir al presidente, pero al fin, el esfuerzo se había demostrado inútil ante la infinita cantidad de pedidos irreconciliables y hasta ridículos. Fue en ese punto –recordaba ahora Juan López- que el Doctor Carballo había hecho sonar su imponente vozarrón por sobre el griterío. Les trató de “energúmenos” y de “microcéfalos”, palabras ambas que habían quedado resonando en el silencio que sobrevino y que Carballo había aprovechado para decirles, ordenarles más bien, que debían pedir pocas cosas. Pocas y de beneficio para todo el pueblo y no de un grupo o sector.
Juan López extrajo el pañuelo blanco del bolsillo del saco azul, lo desplegó y se puso a resumir el sudor que ya de la frente se le iba resbalando por sobre cejas y pestañas y amenazaba gotear desde la enrojecida nariz. Luego lo bajó hasta el bendito cuello de la camisa que parecía pegado a la piel irritada y hasta enllagada, a juzgar por el horrible escozor que por allí sentía. Sin embargo entre que lo hacía, una sonrisa se dibujó en sus labios. Era que su imaginación seguía recorriendo el recuerdo de las reuniones y las discusiones y ahora comenzaba a verlo todo desde otra perspectiva. Empezaba a verle a todo aquello un perfil simpático que se superponía a los malestares. Sus vecinos…eran casi todos buena gente. Un poco discutidores por demás, un poco cabezaduras pero…todos, en el fondo, buenos. Y sus ojos encontraron allá adelante, la figura de Salomón Assis dentro de su propio traje azul, planchado e impecable. La cabeza redonda y lisa, recalentada de sol, enrojecida y húmeda; y las manitos regordetas que sostenían como si fuera un ramo de delicadas flores, el famoso rollo de papiro.
Y volvía Juan López –olvidando el calor- al recuerdo de aquella primera reunión. Al momento preciso en que Salomón Assís, con toda su pompa y solemnidad, entraba al salón anunciando que venía a representar al pueblo. “Vengo en nombre del pueblo”, había dicho y nadie había atinado entonces a poner en duda tal afirmación. Todo lo contrario, no terminaba de decir aquello cuando ya se le arrimó Jeremías Iraola para establecer un maridaje ideológico sumamente sólido que más tarde mereció el mote de “polo alegórico poético” según los comentarios del Dr. Carballo. Y en un punto fueron consecuentes y originales, nunca pretendieron sumar un petitorio a la larga lista para el presidente, sino que pedían y exigían a la asamblea que se tomaran las medidas para rodear el recibimiento del marco y la pompa adecuados; cohetes, fuegos de artificio y si era posible hasta una banda militar.
Entonces, en el recuerdo de Juan López, aparecía la expresión torcida de Carballo que había acompañado su comentario por lo bajo: - Salomón es una plaga – Que no era el primer miembro de ningún silogismo, sino un simple ejercicio de intolerancia que mal le cuadraba a un universitario puesto por propia vocación al servicio de la humanidad. Mal le había parecido a Juan López aquello, y peor aún que después, cuando Salomón pedía la palabra, para insistir con sus puntos de vista, el médico, que hacía las veces de coordinador de las discusiones, tratara de obviar, como no viendo, que la manita de Salomón se agitaba casi de continuo allí frente a su enorme nariz.
Sin embargo, allá adelante se veía la nuca de Salomón sobresaliendo entre algunos hombros azules, apenas por delante y a un lado de la masa humana de Carballo que hacía de sólido respaldo-y control- del emisario. Allá estaba Salomón ufano, hamacando su redondez y su alegría, cambiando su pierna de apoyo de tanto en tanto y manteniendo levemente levantado el pergamino del Memorando. Ah! Juan López sintió la necesidad de ser justo. Carballo era un gran hombre, casi un estadista! Porque,-se dijo- Sólo un gran hombre es capaz de levantarse de la profundidad de sus errores para elevarse a las cimas de la mayor sabiduría. Y eso era lo que había hecho Carballo en la segunda asamblea cuando, sorprendiendo a todos, propuso que el petitorio fuera escrito en un pergamino –como podía Iraola- y entregado en las manos del presidente por las de “nuestro estimado vecino Don Salomón Assís”.
Juan López tuvo entonces la secreta y diminuta vanidad de creer haber sido el primero de la reunión, en descender del asombro hacia la comprensión de la sabiduría de aquella propuesta. ¡Qué jugada magistral! – Se repetía ahora , viendo el resultado- Porque a partir de aquella propuesta, aprobada dentro de la confusión producida, apenas por un puñado de manos levantadas –una dudosa mayoría- todo había cambiado. Salomón, ebrio de vanidad, se olvidó de los fuegos de artificio y de la banda de música. E Iraola, a su vez, viéndose inmortalizado en sus letras góticas sobre pergamino –que ya se veía dibujando- se dejó de joder con los escenarios y los “cuadros plásticos”. La discusión progresó y se llegó a los acuerdos para que a los pocos días, en la tercera reunión se plasmaron en un texto que fue exitosamente votado.:
“El pueblo de Cuchilla Pelada reunido en asamblea, solicita al Sr. Presidente de la República la creación de una colonia agrícola que de cabida y sustento a un importante conjunto de familias, que produzca riquezas y materias primas para potenciar el trabajo y el progreso de la zona. Para ello será necesario la expropiación por parte del Estado de alguna de la tantas estancias improductivas y semi-abandonadas que abundan por estos parajes, que dan poco y nada al país en cuanto a riqueza producida, impuestos pagados y trabajo ofrecido a los hijos de la tierra.”
Juan López, regresaba entonces de aquellos recuerdos y se iba dejando adormecer en el sopor del andén, despreocupándose ahora de los hilos de sudor que le corrían por debajo de la camisa, desde el cuello y los sobacos, tanto que con disimulo aflojó el nudo de la corbata apenas lo suficiente como para desprender el botón de arriba y respirar casi con soltura. Era justo la hora de su siesta cotidiana y sentía- o creía sentir- el arrullo de amigables moscardones sobre las cabezas, como lejanos y cercanos violoncelos vagabundos. Y se evadía hacia los tiempos venideros después de atendidas las peticiones del pueblo. Ese futuro que adivinaba, con un poco más de gente, alguna mayor prosperidad. Campos con trigos y vides, aunque sea algunos. Y menos pedregales con desperdigadas ovejas. Vendría gente nueva a reanimar aquel erial enfermo de rutina y escasez…
Salió de las cavilaciones creyendo haber sentido un lejano pito de ferrocarril. Sin embargo la gente toda seguía igual. Miró al Dr. Carballo, también él seguía igual, a la espalda de Salomón, casi cubriéndolo con medio cuerpo de sobra. Y miró al propio Salomón que tampoco mostraba ningún cambio de actitud. ¡Pobre Salomón! Tan cuestionado… Allí estaba con su bracito semi levantado… Pero, sí! Ahora estaba seguro. Aquel lamento lúgubre que llegaba desde el horizonte de los cerrillos no podía ser otra cosa que el saludo vaporoso de la locomotora saliendo por un caño de hollín.
En el andén se produjo un murmullo movedizo que se extendió más allá, donde la gente que llegara último presionaba ahora en procura de lugar y empujaba a los de adelante hasta el borde. Porque ahora todos caían en la cuenta de la singularidad de los dos minutos que iban a transcurrir en ese lugar. Para Cuchilla Pelada, y sus pobladores, talvez se iba a producir un quiebre; un antes y después.
Juan López y todos los vecinos vieron aparecer el tren. Venía flameando las banderas que coronaban su testa. Con prisa justa y después con contenida pausa vino a detenerse como estaba previsto, en el lugar justo. Una maquina y tres vagones relucientes que donde no mostraban banderas mostraban barniz y vidrios transparentes. El tercero de los vagones era el más adornado y tenía armado en su pescante trasero un estrado en cuyo centro lucía el escudo de la patria rodeado de laureles y olivos forjados en hierro pintarrajeado de oro.
Juan López sintió de pronto que ya estaba. Podía relajarse y observar tranquilo lo que vendría. Se lo imaginaba. Se lo había imaginado varias veces como en ensayos definitivos y detallados de dos minutos que iban a fundar el futuro… Y allí aparecían los brazos levantados del Presidente desde la puerta del vagón. Ya estaba saludando desde el pescante. Allí salían los segundos y los terceros enfundados en sus trajes y saludando casi tímidos. Allí se veía elevar el rollo del petitorio por encima de la calva de Salomón, colgando sus cintas de seda. Allí se percataba el Presidente de que aquello era, sin duda posible para él, y también levantaba la mano derecha para tomarlo…
Y siguió viendo Juan López. Vio como apenas antes de que los dedos presidenciales tocaran el rollo de papiro éste hizo de pronto un giro voluptuoso en el aire y otro más amplio y por insólita órbita vino el papiro a descansar en la protección del pecho de Salomón quién, en el foco de todas las miradas hizo sentir su voz, vibrante y emocionada.
“-Honorable señor Presidente: El pueblo de Cuchilla Pelada, por intermedio de mi modesta persona, nombrada por unanimidad, lo saluda deseándole una agradable estadía y un próspero viaje…”
Juan López dio un respingo. Su mirada buscó al Dr. Carballo justo en el momento que éste daba con algún disimulo, un tironcito del saco de Salomón para que se dejara de saludos y entregara el rollo…Pero la voz de Salomón seguía.
“-…y pido a vuestra excelencia disculpas, por el pobre recibimiento que le hacemos, producto de pobres espíritus que anteponen banderías a los altos designios de la Patria…”
Juan López empezó a acercarse, colándose entre la gente mientras Carballo volvía a sacudir la espalda de Salomón, ahora sin disimulo y el turco continuaba:
“-…historia que está regada con la sangre de nuestros héroes que reclaman gloria…”
Ya iba cerca del vagón cuando el Presidente trató de nuevo de cazar el rollo que seguí volando, pero vio López que de nuevo el volátil escapaba y el Presidente cambiaba de cara y se ponía enhiesto y hablaba riguroso a uno de sus laderos quién hacía una seña al jefe de la estación y este tiraba del cordón que colgaba del alero haciendo sonar tres campanadas que eran comprendidas y respondidas por el maquinista que a su vez pitaba sus saludos y hacía piafar su máquina de vaporosas y blancas nubes para poner los émbolos y todo en movimiento…
Juan López, inundado de irrealidad se detuvo. Aquello parecía una película absurda que no podía estar viendo…Pero veía….El tren se estaba poniendo en movimiento y la gente comenzaba a gritar cosas groseras…
“-…Calló la flor al río. Ya los temblorosos círculos concéntricos…”
Juan López de un salto estuvo a la par de Carballo. Con sólo una mirada se entendieron: Al mismo tiempo y con la misma decisión tomaron a Salomón por los costados y le levantaron en el aire. Ahora sí, en un postrer arrebato, la mano del presidente encontró el bendito rollo en vuelo y se aferró a él con fuerza llevándolo consigo arrastrado por el vagón que ya se iba.
Hubo un compartido suspiro. El Maestro Juan López se terminó de quitar la corbata y se tiró el saco sobre la espalda, al tiempo que enderezaba los pasos rumbo a las casas, acompañado de Carballo, quién le sonreía socarronamente.
-Está bien. Tenías razón.