
Hablar de delincuencia infantil es referirse a un tema doloroso que evoca a un problema social que genera seria preocupación en la sociedad actual. Estamos hablando de robos, tráfico de drogas y hasta crímenes.Los números del año pasado no han sido alentadores y los de este se perfilan negativamente hacia un récord poco esperado. Las estadísticas nuevamente revelan el triste podio de las zonas más afectadas por estos sucesos. Las cifras son alarmantes y señalan que el mayor número de incidentes ocurren en la provincia de Buenos Aires. En segundo lugar está Córdoba y en tercer lugar se encuentra la provincia de Santa Fe. Lamentablemente hay una ecuación que parece indiscutible: la delincuencia va de la mano de la marginalidad.
Sin embargo, cabe aclarar que lo que están padeciendo muchos sectores no es sólo la falta de recursos presentes, sino la ausencia de proyectos que permitan vislumbrar un futuro mejor, es decir, la mayoría de estos jóvenes corren el riesgo de estar igual o peor que los padres: excluidos.
Por otra parte, no se pude dejar de lado el papel de los Jueces de Menores, quienes al parecer se han transformado en los grandes ausentes en la problemática inseguridad y menores. Todo parece indicar, según el común de la gente, que no trabajan eficazmente para que estos menores en situaciones de riesgo sean apartados de las mismas, es decir, cuando un menor cae preso lo largan en el acto “son inimputables”, dicen, y la policía en su carácter de preventores solo pueden quedarse con los brazos cruzados, sabiendo que aún habiendo puesto el peligro sus vidas, esos jóvenes, peligrosos para la sociedad, quedan libres sin haber recibido ayuda, transformándose en bombas de tiempo para la sociedad y sobre todo para ellos mismos.
El tema no es sencillo y para poder prevenir eficazmente la delincuencia juvenil es necesario que toda la sociedad procure un desarrollo armonioso de los adolescentes, y respete y cultive su personalidad a partir de la primera infancia, tal como lo estipula Naciones Unidas.