De arena y Sal
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Solo recordaba el olor del mar. De esa forma habÃÂa vaciado su mente. Asàno tenÃÂa que sufrir, recordando a su hijo vivo. No fue una amnesia dolorosa, sino que elegida y deseada, como el final del domingo e un anciano. No era empezar, era simplemente pasar a un mundo nuevo en el que toda vida estaba limitada al mar, a su olor, a su bravura, a su espesura. Renacer, sobrevivir, continuar con su hijo, y albergar la esperanza de encontrarlo. De abrazarse a su cuerpo.
Era viernes y la lancha zarpaba, el puerto estaba invadido de esa espesura que se cierne cuando la bruma amenaza. Nadie cuestiona nada, nadie dice nada, pero los pescadores saben, como el fiel intuye a Dios, que hay dÃÂas que la Mar, la gran madre, se viste con traje de ira, y golpea como se responde a un agresor. Ese era uno de esos dÃÂas, pero nadie decÃÂa nada, nadie cuestionaba nada. El miedo y el riesgo a veces es rutina, y las bocas que alimentar, al igual que el destino, se juntan para crear una fuerza que te empuja, que no cuestionas, y que se sabe trágica, como la espesura de la bruma que invadÃÂa el puerto aquel dÃÂa.
Santiago, Alberto, Daniel. Esta vez habÃÂan sido ellos. Pero antes habÃÂan sido otros. Otros nombres, otras madres aferrándose impotentes a las redes por no irse al patrón. Pero el mismo destino. Nacer en Entresilencios es acatar que uno nace y la mar dispone. ¿La Mar? Si, la Mar, se responde todo el mundo. Una madre al parir sabe que su destino es esperar la noche en el que el faro de su vida, deje de alumbrar, y se apague, y consumirse como una no-muerta, sin anhelos y sin luz.
Ella habÃÂa decidido no ser como las otras madres: marchitas, ajadas, crepusculares y sin vida. Ella no. Ella querÃÂa a su madre, la Mar y a su hijo, Santiago. La pérdida no podÃÂa imponer su dolor al amor que sentÃÂa por ese ser que da y quita la vida. Y mientras se iba adentrando en el agua decÃÂa “SalpÃÂcame de espuma enamorada que yo sabré pagarte. Mar violento, tenaz embravecido, llévameâ€Â………..Y asàsurgió ese instante plácido, único, ese instante en que la amnesia hizo que lo único que recordase fuese el olor del mar. Fue un instante. Después todo volvió a tener sentido.