África y la africanidad
Hace unos días que África está presente en conversaciones con amigos y lecturas propias. La charla más reciente fue la mantenida con mi amiga Ninette (esa que no tiene un señor en Murcia), aclimatándose aún de su viaje de retorno de Ghana a nuestra privilegiada civilización. Conversación en la que nos aventuramos en un inquietante rifi-rafe, aventurar los porques y causas, que a tenor de informes y tesis varias llevan a la desasosegante y pesimista impresión de que África se hunde en un creciente y profundo hoyo de pobreza y desesperanza cada vez más aguda: “El enemigo de la democracia en África es el “Z 59.5”, denominó la OMS a su pobreza extrema”.
Con acopio de lecturas sobre los territorios que se extienden más allá del Sahara, desde un habitual de este continente como es el fallecido Ryszard Kapuscinski, o el Nobel sudafricano J.M. Coetzee, al más reciente ensayo de Stephen Smith, “Negrología”, nos hemos atrevido con muchas preguntas (quizá polémicas en algunos puntos), y que hemos repartido en seis partes, menos que las Áfricas que existen.

Pobreza en la riqueza
África no es pobre, pero pare a una población, los africanos, pobres entre los pobres. La mitad de esta población (46% en 2002) no tiene acceso al agua potable, una tercera parte de los niños (31%) sufre malnutrición fuera de las zonas de hambruna, muere el doble de mujeres embarazadas que en sudeste asiático. No es solo indigencia material, es más, es una pobreza de potencialidades o de capacidades, “pobreza humana”, en definitiva.
-¿De donde vienen el cobre, el hierro, el cobalto, el zinc, la bauxita, el platino, el manganeso, el cromo, el aluminio, el estaño, el uranio, el níquel y el mercurio, por no hablar de los minerales raros como el oro, el germanio, el iridio, el paladio o el colombio tantalio, más conocido por la denominación abreviada de “coltan”? ¿De donde viene el petróleo?. No, pobre no es. Arranca Ninette. Emprendieron camino con energía, después de las independencias, y la esperanza como herencia, y más ganas que objetivos reales para poder crecer sin la tutela occidental. Más de cuarenta años después los países del África subsahariana se desinflan en un sufrimiento continuado, que está acabando por dejar indiferente al resto del mundo, transformándose más bien en una pesada carga que recoge su “carga” enviada en cayucos y la reenvía a portes pagados.
.-Entras directa en un “afropesismismo”, le lanzo como respuesta a mi amiga, con un sentimiento de ingenuidad propia de los que no hemos pisado ni visto la cotidianeidad sobre el terreno, algo que intuyo a ella le permite dar cuenta más exacta.
Y sin embargo la economía africana está, de hecho, más globalizada que la economía de cualquier otro continente, sigo. Toda una paradoja teniendo en cuenta que eso no explica la espiral de autodestrucción en su dependencia del mundo. Los africanos, herederos de nada y productores de poco desde el punto de vista de los países ricos que ya están sentados a la mesa, no tienen la certeza de tener sitio reservado en el banquete - (Ensayo sobre el principio de la población, de Thomas R. Malthus)
.-Sí, la idea de la baja productividad les acompaña. Si bien muchos africanos se matan trabajando en condiciones muy penosas, el “homo economicus” medio del continente no se pierde en un productivismo al modo occidental, añade Ninette.
.-Smith muestra un ejemplo de 1962 del también escritor René Dumont, que da cierta sorna al tema de la productividad, y provoca no pocas reacciones: “La mecanógrafa del gobierno de Dakar escribe un promedio de seis a siete páginas por día; una cuerta parte de la producción media de una mecanógrafa europea, a cambio de un salario que, como mínimo es igual. Cuarenta años después nada ha cambiado, salvo que la mecanógrafa, provista ahora de un ordenador, ya no tiene la frente manchada por la tinta de la cinta debido a las reiteradas siestas sobre la máquina de escribir”.
Sea cual sea la forma de expresarlo, la escasísima inserción del continente africano en la economía internacional es una evidencia. Su PIB medio por habitante ha perdido cerca de una cuarta parte de su valor en los dos últimos decenios del siglo XX. Su crecimiento demográfico resulta excesivo.
(Foto: Al Jazzeera news)
Perdida de “cerebros”
.-Cabe remarcar que los países que mejor van pierden, por otra parte, una cuarta parte o la mitad de sus licenciados universitarios en beneficio de los países occidentales más ricos. La elite africana abandona su país para vivir en otro lugar y no volver. Esto no produce sino contradicciones flagrantes en el que abandona, desde una intensa rabia al país de acogida a una culpabilidad reiterada por abandonar su tierra en manos de la “madera muerta”. El 40% de los africanos mayores de 15 años son analfabetos. La “fuga de cerebros”, y de la gente más dinámica y emprendedora priva a África de la savia, quedando solo una masa dependiente y pobre.
Estos argumentos de mi contertulia me traen a la memoria las últimos movimientos de ejecutivos y gobiernos occidentales (tal que el nuestro con proyectos de formación) encaminados a sembrar raices de productividad en el continente. Este año, por ejemplo, la escuela de negocios IESE quiere adentrarse en el mercado de África con el fin de programar directivos, “entendiendo la mejor manera de desarrollar el continente a base de formar a empresarios”, asegura uno de los responsables.
.-Cómo apunta Smith en su ensayo, de los 48 países subsaharianos, únicamente 4 se consideran autosuficientes. Escasez producto de la inestabilidad política, conflictos armados, o políticas desastrosas. Un país como el que acabas de dejar, Ghana -respondo a Ninette- tenía, en 1960, una renta per capita comparable a la de Corea del Sur, y tres veces superior a la de la India. En 2003 había sido alcanzada por la India, y Corea del Sur le multiplica por cinco.
.-La gangrena que se extiende imparable, la corrupción -responde Ninette con resignación-. La misma resignación que mantenemos los occidentales con África, la carga de que cualquier noticia que provenga de allí no nos sorprende ni afecta, ni siquiera comercialmente nos interesa, pasando el relevo a países emergentes como China. Quizá el más duro indicador del nivel de inversiones extranjeras en el continente aporte de realidad a las tristes estadísticas: de los 534.000 millones procedentes de capitales privados en 2002, sólo 6.000 fueron invertidos en África.
Los números importan, como afirma el catedrático americano Paul Kennedy en el ensayo “Cuando los números importan”, cuando contienen datos estadísticos relativos a un montón de seres humanos.
Y estadísticas son las del PNUD. 57% es la tasa de escolarización en el conjunto del África subsahariana y únicamente un niño de cada tres acaba el ciclo de estudios primarios.
El Apocalipsis de ayer y de hoy
China. Ya lo predijo Ryszard Kapuscinski en “Ébano”: “no podría ser otra que aquella que produce mercancías elementales baratas, que la población de África puede comprar: China y en menor medida la India. Dos regiones que en producción a bajo precio no tienen rival. Este vuelco económico reproduce los antiguos vínculos con la cultura asiática”.

África, objetivo de la superpoblada China para colocar sus estaciones comerciales, intentando, según declaraciones oficiales, no interferir en los asuntos internos. El derecho a veto de China en el Consejo de Seguridad de la ONU ha evitado al gobierno de Sudán posibles sanciones por los genocidios cometidos en Darfur, país africano que destina el 80% de sus exportaciones de crudo a China.
.- Sabes que este gigante asiático realiza importantes inversiones en productos como mandioca (Zambia), caña de azúcar (Ghana), o algodón (Níger). Y seguimos con los número, añade pensativa Ninette. China ha “plantado” en África cerca de mil empresas y 90 mil ciudadanos (un 30% de su personal desplazado). El comercio bilateral ha alcanzado en 2006 la cifra récord de 53 billones de dólares, 13 más que en 2005. A los números se pueden añadir las letras, las de un nombre: Stanley Ho, todopoderoso de la empresa Geocapital con importantes inversiones en Mozambique.
.-El eje de negocios China-África, bien diferente del otro eje que dispara la casa Bush-Blanca, respondo con cierta ironía. África sigue en el objetivo global por sus recursos naturales. Después del final de la guerra fría, los precios de los principales minerales descendió vertiginosamente a la par que el petróleo evolucionó de manera inversa.
La producción africana de crudo aumentó un 40% en el último decenio del siglo XX. Un petróleo con escasez de azufre, más fácil de refinar. Eso sí, con las repercusiones de una espantosa contaminación en el delta del Níger y rastros en cuentas off shore. Sea esto, probablemente, la herencia de la época colonial, el infinito afán de lucro de los jefes de Estado y sus familias, cuyo mejor combustible es la pobreza. La corrupción como eje político. Después de la guerra fría, África se vio privada de su renta vitalicia, abandonada a su suerte y a sus inextricables problemas, entró en “tiempos de horror” (título de la obra de Wolfgang Sofsky).
África pasó de la economía informal y del “apaño” a la rapiña y al saqueo ocasional un unas pocas décadas. Después entró en el paraíso de la crueldad.
.-La excitación y el trance se dan cita diaria, recuerdo las palabras de Ninette en algún momento de la conversación.
Conversación que se centró esencialmente en la compendiosa obra del corresponsal de “Le Monde”, Stephen Smith. Si bien publicó su obra en 2003, cuatro años después sigue siendo de aplastante actualidad. Con un pormenorizado estudio y amplia bibliografía, “Negrología. Por qué África muere” es uno de los ensayos más completas sobre este continente, abarcando un amplio espectro temático, sin omitir ni víctimas ni verdugos, extendiendo la sombra de verdugo, también, a la población africana. Culpa compartida. Esta es la llave del libro, la cerradura por la que asomarnos para aligerar nuestro peso. Compartir responsabilidades entre ellos y nosotros. Occidente y el pueblo africano. Una población que se ha diluido en un mar de ayudas, sin recordar lo que significa producir, como no sea desbandadas de refugiados en una tierra donde solo crecen los conflictos.
África es a la vez el tam-tam y el teléfono móvil, la choza y el rascacielos, el “rey negro” auténtico y el jefe de Estado realmente demócrata. Los africanos son nuestros antepasados contemporáneos, nuestros antepasados y nuestros contemporáneos al mismo tiempo. Por ello, sus pateras hablan de ponerse a la altura de los “dueños de la tierra”, antaño los colonos, y hoy los globalizadores, en lugar de encerrarse en un pasado reinventado e idealizado, (ah! la maltida idealización del pasado, exclama Ninette), en un “conciencia negra” herméticamente sellada.
(Foto: revistaglobal.org)
El Estado exprimido
Polémico Smith. Como gran conocedor del África subsahariana se ha atrevido a decir lo que muchos callan, aunque lo piensen. Y es la utilización de la etnicidad, de la negritud como arma y como victimismo continuado. El recurso sistemático de recurrir al argumento racial, al enfrentamiento entre negros y blancos. Los fetiches identitarios sacralizados que suponen toda clase de obstáculos socioculturales al desarrollo. El inmovilismo de ciertos comportamientos y sus dramáticas consecuencias (mutilaciones genitales de las mujeres), a los que debemos y hacemos frente con su prohibición (la infancia de la inmigración en dudosas vacaciones) en Occidente bajo imposición legal.

.-Referente a este tema recordemos, remarca Ninette, que Thabo Mbeki, actual presidente de Sudáfrica, se adueñó de un postulado ideológico que fue letal para su población, del que parece haber recapacitado en la actualidad. Me refiero a su negativa de considerar el VIH responsable de la transmisión del Sida, y en consecuencia negar el suministro de antiretrovirales. El Sida supone para África su tercera catástrofe demográfica, después del tráfico de esclavos y el colonialismo. Y seguimos con más números. El número de seropositivos en el ejército era en 2003 del 40% en Sudáfrica, del 60% entre los militares del Congo-Kinshasa y Angola, y lo que resulta escandaloso: rozando el 75% en el de Zimbabwe.
El libro de Stephen Smith no da pie a relajarse. Su prosa no da respiro, no deja un hueco libre, se apelotona para plasmar toda la información que parece le sale al autor a borbotones, casi sin poder controlar. Compuesta de dos prólogos, uno especialmente dedicado a la edición española, le siguen 10 capítulos y un epílogo, donde revisa todo lo concerniente a este estado de automutiliación permanente. Desde la riqueza del continente (escándalo geológico de Congo-Kinshasa, el petróleo, carburante de guerras civiles, y enriquecimiento de una ínfima mayoría, además de una reiterada inmersión de los países ricos occidentales) y su gran pobreza. Pasando por una detenida mirada en la debilidad del Estado y todo lo que se deriva de él, siendo inexistente en algunos países, y donde en otros se le exprime como la vaca lechera del globo.
.-Un funcionarizado pringado de corrupción, (en Nigeria se descubrió que el 80%!! De los justificantes de los gastos correspondían a facturas falsas o encargos ficticios). Me recuerda Ninette.
Pero, neutralizo a mi amiga, no dejemos de mencionar, tampoco, los abusos que dan lugar a insensatos comercios injustos, como los provocados por las subvenciones concedidas a productores norteamericanos de algodón, que han hecho que Mali reciba los millones que se le niega comerciando, en ayudas. Ridículo hasta la extenuación. El “rey algodón”, que ya fue la causa de la caza de esclavos africanos en las plantaciones del profundo sur norteamericano.
.-África, reino de la falsificación de documentos, -vuelve el eco de Ninette. Desde el permiso de conducir al títulos de estudios, pasando por el carné de vacunación o de identidad. Los únicos datos fiables proceden de las org. Internacionales, Org. de cooperación o ONG, que por su parte han organizado una administración paralela.
¿Y en que lugar queda la propiedad?. La ausencia de escrituras hace que los recursos de cada país sean monopolizados por los jerarcas, los jefes de estado, y no siendo África la única en esta lindes, si que el contraste entre el faraonismo de los abusos y la precariedad de los medios es especialmente chocante, recalca Smith en su libro.
Tres graves patologías diezman el débil estado africano: la pérdida de legitimidad ante la poca garantía de unas prestaciones mínimas, (falta de infraestructuras, servicios públicos básicos o de la educación); el saqueo del Estado llevado a cabo por sus “servidores”, desde el vértice hasta la base de la pirámide; y la destrucción de la red administrativa a causa de las guerras civiles. Sin estos básicos servicios institucionales no hay desarrollo posible. No hay esperanza posible.
(Foto: obra de Tania Blanco Taboada)
La cara y la cruz de la eterna ayuda
.-¿Hasta que punto el africano es considerado un ser invariablemente pasivo, abrumado por el peso de la historia, teóricamente la suya, que le aplasta sin intervención activa por su parte? -nos preguntamos bajo el manto del periodista.

El esclavismo y el colonialismo fueron los grandes traumas de la historia de África, apunta en otros capítulos Smith. !Cuantas de las grandes fortunas de hoy tienen su raíz en ambos!, incluida la del Vaticano, cuyo representante hizo su función de lloriqueos en la isla de Gorée, Senegal, como mandan los cánones del marketing.
Sin embargo fue la colonización la que supuso una merma mayor que la esclavitud, la de una tercera parte de la población africana, entre 1880 y 1920. No hay que omitir, en todo caso, lo que no se dice por razones políticas. Hay una parte inquietante del crimen, la que afecta directamente a la propia responsabilidad de los africanos: los africanos que vendieron a otros africanos, contribuyendo también activamente a estas catástrofes históricas.
La explotación de africanos por otros africanos es una realidad considerada tabú. Y con esto vuelvo al punto rojo de este ensayo, que es la etnicidad extrema, el autismo identitario del “hombre negro” que le condena a desvincularse y aislarse de Occidente, para purificarse. “África para los africanos” tiene mucho de auto negación tautológica. Los habitantes del continente son los protagonistas de su historia, desgraciadamente, también como traficantes, corruptores, falsos profetas, warlords, u otros sepultureros. Dura por real crítica.
Imposible pasar por alto el exhaustivo análisis de la ayuda al desarrollo, posando sobre la mesa una pregunta clave: ¿No habría que pensar que los proveedores de fondos son cómplices de la destrucción de la capacidad institucional del Estado africano?.
.-Más de una tercera parte de la ayuda al desarrollo está destinada a informes de “viabilidad” o a la “(post)evaluación” de proyectos, recuerdo haber leído en más de un texto denunciando estas prácticas burocráticas, añade mi amiga.
.-Peter Bauer, pionero en el ámbito de la economía del desarrollo, definió la ayuda como “un fenómeno que consiste en gravar a los pobres en los países ricos para sostener la forma de vida de los ricos en los países pobres”.
En total, se calcula que los fondos de ayuda destinados al África subsahariana desde su independencia ascienden a más de 300.000 millones de dólares.
.-Una ayuda no siempre desinteresada, apunta mi amiga.
.-¿A que te refieres, a las condiciones políticas de su conceción? muchos son los ejemplos, de la oferta de fondos, de los caprichos bajo decisiones políticas. No los voy a enumerar, aparecen en el libro para los interesados.
El paraíso de la crueldad
Desolador resulta el pasaje de las cruentas guerras civiles en las que África se ha abandonado al suicidio. ¿Hasta que punto hay que estar fuera de sí, alienado hasta no reconocerse, para maquillarse y ponerse pelucas, para matar, quemar vivos o despedazar a golpes de machete a hombres, mujeres y niños?. Bienvenidos al paraíso de la crueldad.

Podríamos hacer balance de las guerras olvidadas de ayer y hoy.
Liberia fue el primero de los numerosos conflictos africanos después de la guerra fría, precisamente en un país que no había sido colonizada por los blancos. Aquí, junto a su vecina Sierra Leone, el tandem Charles Taylor-Foday Sankoh creó toda una red de tráfico de armas, de diamantes, de drogas, de coches robados, de maderas preciosas, etc.
El Mad Max a la africana que supuso el conflicto de Somalia con la intervención de Estados Unidos por un día, que ha dado argumentos para más de una película patrio-Usamaericana.
Ruanda, donde 600.000 tutsis fueron masacrados a golpe de machete.
La guerra del Congo (RDC), en la que estaban implicados 4 de los nueve países vecinos, además de Zimbabwe y Namibia, lucha genocida para lograr la integración económica regional en un sistema “mafioso militar”.
El interminable conflicto de Sudán, presentado en un principio como guerra étnico-religiosa entre el “norte árabe-musulmán” y el “sur negroafricano, cristiano o animista”, convertida en la guerra del petróleo, y cuyo gobierno acaba de suspender la ayuda de las organizaciones humanitarias a Darfur por corrupción.
Chad que acusa al gobierno sudanés de bombardeos aéreos.
La guerra tribal de Ángola, reconvertida en enfrentamiento por el petróleo y los diamantes, vendidos de contrabando por los rebeldes de UNITA.
Los terribles actos de violencia cometidos en Ituri, Congo en el límite con Uganda.
Zimbabwe, antes el granero de África, su economía, hoy, se encuentra en fase terminal, noticia las últimas semanas por los desmanes de los matones del dictador Robert Mugabe contra sus opositores.
Ó el conflicto Etiope-Somalí.
!Exterminar a todas estas bestias! Es el grito desgarrador en “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad.
No es este, desde luego, un libro amable. Ni estos textos tampoco pretenden serlo. En este clima de guerras civiles permanentes nos preguntamos si hay hueco a una solución. Según el autor, los habitantes de África deben elegir su propio destino, levantarse y organizarse, pese a las dificultades y lastres históricos: que su infinita oferta religiosa, su organización social y su cultura política no constituyan frenos al desarrollo, que intente seriamente retener los recursos humanos para hacer florecer el progreso, sumergirse en las alternancias democráticas y tirar por la borda los escrutinios escandalosamente amañados, que las instituciones no conformen un nido de “parientes”, que la muerte no sea algo tan gratuito, y en definitiva que África trate de desprenderse de ese paradigma de la victimización que la mantiene paralizada.
Por muy subdesarrollada que esté, África vive a la misma hora que el resto del mundo. Y tendrá que aprender a ser democrática sin ninguna tutela, más o menos mal, a partir de sus propios errores.
Podríamos hablar hasta el infinito acerca de la negrura de las sombras o del resplandor de los destellos, acaba poniendo punto final Ninette, en un debata a dos, tres o varias bandas.
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*Los datos de este texto conversación se han tomado del libro, Negrología. Por qué África muere, de Stephen Smith, provista, a su vez, de una amplia bibliografía.