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	<title>In memoriam</title>
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	<pubDate>Wed, 23 May 2007 01:58:48 +0000</pubDate>
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		<title>Gautier de Rochenoir</title>
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		<pubDate>Wed, 23 May 2007 01:42:43 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Gautier de Rochenoir estaba agotado y de psimo humor. Haban pasado la noche escuchando misas, ataviados con la armadura completa y velando armas. El seor de Alasgos consideraba ms importante encomendarse a Dios que disputar el campo con sus tropas descansadas. Los caballeros, formados ya en lnea de batalla, toqueteaban sus reliquias y rezaban en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[Gautier de Rochenoir estaba agotado y de psimo humor. Haban pasado la noche escuchando misas, ataviados con la armadura completa y velando armas. El seor de Alasgos consideraba ms importante encomendarse a Dios que disputar el campo con sus tropas descansadas. Los caballeros, formados ya en lnea de batalla, toqueteaban sus reliquias y rezaban en silencio, manteniendo las lanzas en posicin de descanso. Las boigas de los caballos humeaban aparatosamente, y las rachas de viento helado agitaban los estandartes. Los hombres del rey de Navarra, sus oponentes aquella maana, se desplegaban sin prisas a lo largo de la linde del bosque, a unos trescientos metros de distancia. Gautier estaba sooliento a causa de la velada, mareado por el incienso y el olor corporal de los hombres y harto de aquellos guerreros estlidos y circunspectos, obsesionados por su mezquino concepto de la honra y por su intensa codicia. No se haba sorprendido demasiado al enterarse de que aquellas miserables rias entre seores cristianos eran ms frecuentes que las batallas contra los infieles, pero se haba decepcionado al constatar que la frontera era ante todo un mbito donde el ansia de conquistas y la avidez por los botines prevaleca sobre los ideales caballerescos. La mayora de los que formaban con l eran mercenarios y caballeros sin tierras, vidos de rapia. Eran puteros, roosos, toscos y crueles, aunque eran tambin valerosos hasta la demencia. Establecan la hora de la batalla conferenciando con sus enemigos y no movan un dedo sin encomendarse antes a todos los santos, aunque eran, ante todo, guerreros temibles. Gautier los detestaba sin dejar de admirarlos. En todo caso haba jurado vasallaje al seor de Alasgos, y a l se deba. Se senta furioso con Lubu. Estaba seguro de que el condenado egipcio, un ao antes, saba ya lo que iba a ocurrir cuando el pequeo seor cristiano los admiti en su mesnada, pero que se haba callado para poder ver a Gautier en aquella situacin. Lubu amaba las bromas pesadas. Por aquel entonces Gautier era un recin llegado a una tierra extraa, y se haba sentido muy honrado cuando el seor de Alasgos los incorpor a su tropa a cambio de una paga miserable y del derecho a una parte de los botines que se hicieran. Pero en lugar de picas batallas contra el musulmn se haba encontrado con aquellas intrincadas trifulcas entre el rey y los pequeos nobles levantiscos.
Gautier gir la cabeza hacia Lubu, y ste sonri afablemente, con una expresin ingenua. Gautier cerr los ojos, fastidiado, e inclin el torso para escupir en el barro. Volvi la cabeza hacia el otro lado, para contemplar a las levas villanescas. Eran hombres fibrosos y de aspecto hurao. Iban mal protegidos y peor armados, algunos de ellos con guadaas y otros aperos. Otros llevaban garrotes nudosos o varas afiladas. Los arqueros usaban toscas armas de caza. Algunos le sostuvieron la mirada, desafiantes. Ms de uno estaba bebido. En algn lugar entre las filas un clrigo murmuraba lgubres letanas. Y en aquel momento empez a llover de nuevo. Gautier suspir.
   "Mi seor Don Gautier.
Gautier dio un respingo. No haba sentido acercarse a Guzmn, el joven mozo que haba contratado para que ayudara a Lubu y les pusiera al da a ambos sobre los usos locales. Era un muchacho listo y dispuesto.
   "Mi seor Don Gautier, all, en el flanco derecho de los hombres del rey. Los pendones verdes y dorados. Son los moros.
Gautier se incorpor sobre los estribos, con los ojos entornados, y distingui enseguida a los jinetes. Montaban caballos pequeos e inquietos y llevaban una faja alrededor del yelmo. Sus armaduras estaban forradas de telas de colores.
   "Arqueros a caballo de Cuenca. Disparan al galope, mi buen seor. Cuidaos bien de ellos.
Gautier saba ya que era habitual entre los seores cristianos contratar tropa mercenaria sarracena. Tambin los sarracenos solan incorporar caballera pesada cristiana para sus propias trifulcas fronterizas. Pero nunca hasta entonces haba visto a los moros. No le parecieron gran cosa.
   "Lo har, buen Guzmn.
   "Y recordad que los infantes moros son disciplinados y van bien armados, mi buen seor.
   "As lo har.
En aquel momento, uno de los abanderados de las tropas reales alz una oriflama y la hizo ondear, provocando un rugido que reverber por las hileras de hombres. Muchos de los que estaban alrededor del portaestandarte irguieron sus lanzas y agitaron las banderolas que pendan de las puntas. Al cabo de un momento, un centenar de ellos se adentr al trote en el campo de liza.
   "Son los hombres del conde de Valdavia, mi buen seor Don Gautier. Es el ms bravo y leal de los vasallos del rey.
Gautier observ a los caballeros avanzando de forma implacable y aprestando sus lanzas. Poda sentirse la vibracin de los cascos de los formidables corceles, que empezaron a trotar a ms velocidad. Una pareja de cornejas alz el vuelo con precipitacin, apartndose de su paso. El abanderado inclin el estandarte y los caballeros cargaron. Gautier pudo distinguir una descarga de flechas que no hizo efecto alguno en los atacantes. En el ltimo momento, sin embargo, los jinetes cambiaron de direccin y cabalgaron un trecho en una trayectoria paralela a las lneas de sus enemigos, que los abuchearon. Los caballeros de Valdavia describieron un arco de crculo y volvieron hasta su posicin original, provocando un pequeo alboroto festivo entre los suyos, que les vitorearon.
Poco despus se oyeron cuernos de guerra, y los hombres empezaron a intercambiar comentarios excitados y a relajar sus actitudes. Algunos se despojaron del yelmo, sonrientes. Gautier no entenda nada, pues se expresaban con un marcado acento local muy distinto al castellano que l haba aprendido en Francia.
   "Qu es lo que ocurre ahora, Guzmn?
   "Se termin por hoy, mi buen seor "contest Guzmn tranquilamente. Tena los ojos entornados a causa de la fina lluvia, y tiritaba un poco. Empezaba a guardar las flechas en una funda.
Gautier estaba estupefacto.
   "Se termin?La batalla se ha terminado?
   "S, mi buen seor, es por la lluvia. Los hombres del rey han cargado honrosamente, y los nuestros no han cedido el campo. Ahora conferenciarn y establecern una nueva fecha para la liza.
Gautier no acababa de creer lo que estaba viendo. Durante un fugaz instante consider la posibilidad de que Guzmn estuviera burlndose de l, espoleado por Lubu. Volvi la cabeza hacia el egipcio, que levant los hombros y separ las manos. Las levas de villanos rompan ya las filas, intercambiando impresiones y valorando con aire crtico la carga de los caballeros de Valdavia.
Gautier experiment un repentino arrebato de furia. Se sinti estafado y ridculo, tras la noche de misas y la eternidad que haba pasado sentado sobre su silla de guerra, bajo la lluvia. Estaba aterido y calado hasta los huesos. Casi se sorprendi de s mismo cuando pic espuelas y su caballo relinch, sorprendido, antes de iniciar un galope furioso. Pudo escuchar a Lubu gritando como un mulo asustado, pero cuando volvi la cabeza le vio a poca distancia, clavando espuelas con desesperacin para seguirle. Aquello s era una buena broma. Gautier no pudo evitar una carcajada salvaje al ver la expresin aterrada de su escudero. Cuando entraba en combate, Lubu intentaba compensar su incapacidad para articular palabras con el volumen de sus alaridos. Tambin pudo distinguir, de forma fugaz, a los caballeros de su bando alzando los brazos, con el gesto del que quiere advertir a alguien de un peligro. Gautier de Rochenoir irgui la lanza para ostentar su gallardete, azul y negro. Cuando lleg a la mitad del campo hizo girar su montura y cabalg a gran velocidad ante las lneas de los hombres del rey. Les insult gravemente en su idioma, ya que haba memorizado algunas de las brutales expresiones locales que sola escuchar en los campamentos. Por las noches, sus compaeros de armas se divertan al orle vocalizarlas con su delicado acento provenzal y se rean hasta las lgrimas. Les tild de hijos de puta bastarda y de puercos, de truhanes ladrones de pollos y de apestosos sacos de boiga rancia. Los mozos y escuderos enemigos le hacan gestos obscenos, y los caballeros refrenaban a sus caballos, que caracoleaban en crculos, y amagaban una carga. Las flechas volaban a su alrededor, y una lleg a golpearle el muslo, aunque no perfor la cota de malla. Finalmente, una flecha ms ligera se clav en la madera del escudo con un golpe seco, y Gautier gui a su corcel para volver a sus lneas. Gir la cabeza para cerciorarse de que ningn caballero enemigo hubiera aceptado el desafo, y pudo ver a Lubu ostentando su terrorfica cimitarra, con el brazo muy alzado. Segua berreando como un poseso, con los ojos muy abiertos.
Cuando volvi hasta los hombres de Alasgos todo el mundo se acerc para felicitarle. Le palmeaban las piernas y le vitoreaban. Guzmn, furioso, daba manotazos a los mozos de otros seores que pretendan sostener las riendas del caballo de Gautier.
Aquella noche, el seor de Alasgos le invit a su tienda. El vino estaba aguado y la carne era de la peor clase. Cuando su seor le agradeci la gesta regalndole un jamn, Gautier no pudo ms y le rog por los clavos de Cristo que le liberara de su juramento de vasallaje.
Fragmento de &#8220;El ngel ciego&#8221;, por Jorge Berenguer Barrera
Curiosidades de las batallas de la reconquista:
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(En construccin)
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		<title>Dioses y hombres</title>
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		<pubDate>Fri, 04 May 2007 16:08:49 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Pero vamos a ver, mortales, de verdad creis que un dios omnipotente creara a un ser imperfecto para poder despus castigarle cuando cae en tentaciones o comete errores?
Hacedme caso, ya estis salvados hagis lo que hagis! l no os va a juzgar. Sed grandes, pero sedlo tambin con  vosotros, no slo con los dems, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[Pero vamos a ver, mortales, de verdad creis que un dios omnipotente creara a un ser imperfecto para poder despus castigarle cuando cae en tentaciones o comete errores?
Hacedme caso, ya estis salvados hagis lo que hagis! l no os va a juzgar. Sed grandes, pero sedlo tambin con  vosotros, no slo con los dems, y entenderis el sentido de todo.
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		<title>Un banquete medieval</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Feb 2007 15:02:45 +0000</pubDate>
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Acudan los barones del condado, precedidos de sus portaestandartes, sus hombres de armas y sus perreros. Llegaban por los caminos formando coloridas comitivas, y las familias de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[El primer domingo de primavera de cada ao, la condesa Elfgiva de Fret-Brun celebraba el aniversario de su nacimiento con deslumbrantes festejos que se prolongaban durante varias jornadas. 
Acudan los barones del condado, precedidos de sus portaestandartes, sus hombres de armas y sus perreros. Llegaban por los caminos formando coloridas comitivas, y las familias de labradores se destocaban para contemplarles y admirar los formidables e inquietos corceles de guerra, cubiertos con mantas de lana. Los nobles y sus familias montaban caballos de viaje de largas patas y crines trenzadas. Bajo las capas, ribeteadas de piel de armio, vestan lujosos ropajes de terciopelo, y sus botas de viaje ocultaban finos escarpines de cuero de ternera. Algunos llevaban gruesos guantes de cuero, y en sus manos alzadas exhiban magnficos halcones. Docenas de mulas portaban las armaduras, los presentes para la condesa y el resto del equipaje. Las oriflamas y los estandartes rozaban las copas de los rboles, desprendiendo las hojas y las ramas secas, y los juglares improvisaban tiernas cansons para amenizar el viaje y complacer a las damas de la comitiva, comparndolas con las incipientes floraciones de los campos. 
A medida que llegaban al castillo eran recibidos por la bella condesa, y los escuderos de los nobles exponan en la plaza los blasones de sus seores.
El domingo, a primera hora, se celebraba un fastuoso banquete en la explanada del castillo. Se saludaban los barones besndose en las mejillas, se levantaban coloridos toldos y se montaban mesas con tablones y caballetes. Los sirvientes formaban una larga fila desde las cocinas, e iban y venan transportando por parejas amplias fuentes repletas de codornices, de pan o de frutas tempranas. Los escuderos acercaban las butacas a sus seores, los cuartos de buey, de cordero, de venado y de jabal, cocinados con vino y miel, hacan crujir la madera de las mesas, y los trinchadores de la condesa los cortaban con largos cuchillos de mango de plata que emitan hermosos destellos. Los pajes y los escuderos, y tambin los caballeros ms jvenes, tomaban las lonchas humeantes con el ndice y el pulgar y se las tendan a los barones y a sus acompaantes, y los pajes del castillo, vestidos con libreas de color negro y rojo sangre, servan a los invitados de menor categora. Las ms bellas doncellas de la regin haban sido instruidas por los coperos para escanciar el vino especiado en las copas de plata. Los juglares forasteros rivalizaban con los del condado en enaltecer a sus seores, componiendo ingeniosas canciones en las que exageraban las hazaas de sus antepasados y el esplendor de su linaje. Cuando los invitados empezaron a embriagarse, los msicos entonaron atrevidas composiciones cargadas de dobles sentidos, y las damas y los seores rean y se limpiaban las manos en las tnicas para aplaudir y golpear los platos de peltre con la hoja de sus cuchillos. Los formidables perros de guerra rean por las sobras que sus amos arrojaban a la hierba, los malabaristas hacan volar pelotas de madera pintadas de colores, y unos enanos simularon una justa usando la largusima mesa como campo de liza. Llevaban escudillas en lugar de yelmos y empuaban cucharones para usarlos como lanzas. Tenan cascabeles cosidos a sus ropas, y sus diminutos pantalones se deslizaban hasta los pies cuando corran. Los seores rean hasta las lgrimas al entrever las plidas nalgas pintadas de colores y les arrojaban monedas. La condesa, que presida la mesa central, era como el primer resplandor del sol en un amanecer otoal. Llevaba rosas tempranas prendidas en el cabello, y tenda la mano a sus invitados para que le rindieran homenaje besndole los dedos, sin dejar nunca de sonrer. Detrs de ella permanecan dos de sus guardias sudaneses, negros como la noche, que iban tocados con aparatosos turbantes de seda azul. Usaban suntuosos pendientes de oro y portaban dos puales curvos en la faja dorada que les rodeaba la esbelta cintura. Mantenan cruzados sus poderosos brazos desnudos, y vigilaban con desdn a los rollizos y ebrios seores cristianos, manteniendo los prpados entornados.
A los siervos y villanos se les sirvi sopa de cebada, pan negro y carne de cerdo, y se acomodaron en la hierba que rodeaba el castillo, agrupados por familias.
Poco antes del medioda la condesa hizo un gesto a sus doncellas, que le acercaron la jofaina y las toallas, y despus se levant graciosamente, dando por terminado el banquete. El conde de Rochenoir, que era su invitado de honor, la tom del dedo para acompaarla al campo de justas. Todos los seores y sus damas se alzaron tambin, y los juglares y malabaristas, los escuderos, las mozas y la servidumbre del castillo se arrojaron sobre los abundantes restos del festn.
El campo de liza haba sido cubierto con hierba alta de los alrededores, perlada de amapolas, para que los caballeros no se lastimaran al ser derribados. El arbitro de justas clamaba los nombres y los ttulos de los contendientes, y los escuderos, que portaban estandartes con los blasones de sus seores, voceaban sus gestas y las de sus antepasados y escarniaban jovialmente a sus rivales. El pblico aullaba de entusiasmo, respaldando a sus favoritos y denostando a sus contendientes. Los caballeros saludaban a las damas al situarse en sus marcas y bajaban la celada del yelmo con gesto grave. Muchos ostentaban ligas y pauelos en el casco e incluso en sus lanzas, cuyas puntas haban sido embotadas con bolas de madera. Los morriones estaban forrados de costosas telas o pintados de colores, y lucan penachos de plumas o adornos metlicos. Los corceles relinchaban de furia al ser espoleados y se abalanzaban al galope contra sus contendientes. Las lanzas se partan con brutales crujidos, y el pblico clamaba de excitacin al ver caer en la hierba a los rivales de sus favoritos. Muchos se levantaban de sus asientos, y algunas damas sufran elegantes desvanecimientos que provocaban la inmediata atencin de sus caballeros. La atmsfera estaba saturada por el olor a comida y a sudor, y tambin a excrementos de caballo.
Al caer la tarde muchos de los invitados forasteros empezaron a retirarse, pero una difusa y furtiva excitacin se extendi entre los vasallos de la condesa, pues se acercaba el momento ms esperado por ellos. Pronto se encenderan las antorchas en los muros y desfilaran las adolescentes ms bellas del condado para brindarle a su seora los ramos de flores tempranas que ellas mismas haban recogido durante el da. Elfgiva de Fret-Brun escogera uno de aquellos ramos, y junto con las flores escogera tambin a la afortunada joven que lo portara. La convertira en su doncella personal, en su amante durante todo el ao y en su protegida durante el resto de su vida, lo cual cambiara para siempre la existencia de la muchacha y la de toda su familia.

Fragmento de &#8220;El ngel ciego&#8221;, de Jorge Berenguer Barrera
Copyright Jorge Berenguer Barrera 2.007
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		<title>Belexo</title>
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		<pubDate>Sun, 04 Feb 2007 18:50:06 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Belexo, el ngel triste, se bati durante milenios en las guerras de los hombres, obsesionado hasta la extenuacin por la remota posibilidad de que uno de los mensajeros de la muerte, seres meticulosos y reflexivos, cometiera un error sin precedentes y acariciara su nuca en la confusin de una batalla, concedindole as un descanso eterno [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[Belexo, el ngel triste, se bati durante milenios en las guerras de los hombres, obsesionado hasta la extenuacin por la remota posibilidad de que uno de los mensajeros de la muerte, seres meticulosos y reflexivos, cometiera un error sin precedentes y acariciara su nuca en la confusin de una batalla, concedindole as un descanso eterno que por justicia le estaba vedado a causa de su condicin de traidor.
Luch en las primeras guerras de Roma tras la era de los monarcas, en los tiempos en que la joven repblica batallaba con la energa y la temeridad de un lobo adolescente que an debiera conquistar su lugar en la tierra. Por aquellos tiempos los romanos eran hombres rigurosos y severos, y sus austeras almas de campesino se aferraban a la tierra de la que dependan. En tiempos de guerra embalaban flemticamente sus aperos de labranza y tomaban las armas para defender sus campos, con el fervor suicida de los progenitores que custodian a sus hijos.
Belexo guerre despus contra los elefantes de Anbal, el cartagins, y uno de aquellos pavorosos animales, enloquecido por el dolor que le causaba su colmillo fracturado, estuvo a punto de condenar al ngel a vivir eternamente como un invlido. Hasta muchos siglos despus Belexo segua despertndose a medianoche, enervado por el dolor atroz que l mismo se haba provocado al presionarse las orejas en un vano intento de proteger sus tmpanos del bramido de aquella fiera colosal. Sus compaeros de tienda, siempre distintos a lo largo de las dcadas, despertaban tambin sobresaltados y juraban haber escuchado el barritar lejano e indmito de un elefante, ya que los sueos de los ngeles tienen la peculiaridad de transgredir sus propios lmites. Belexo se acostaba de nuevo, con el cabello empapado de sudor, mientras intentaba relajar los msculos de su cadera para olvidar el amargo recuerdo del dolor que le haba atormentado durante meses, cuando el elefante se la haba quebrado.
En los tiempos de Julio Csar particip en la campaa de Publio Craso contra los partos, nefasta y maldita. En aquel desierto pedregoso e infame vio morir a todos sus compaeros de centuria, y Belexo tambin muri un poco aquella maana, cuando miles de jinetes rodearon las posiciones de su cohorte y levantaron una polvareda tan espesa que los legionarios apenas podan ver sus propias manos. Aguardaron a que se disipara la niebla blanquecina, mientras jadeaban dificultosamente a causa del polvo que obstrua sus bronquios, aterrorizados por el slido silencio que sigui a la retirada de los jinetes fantasmales. Sbitamente sintieron un intenso zumbido que provena del cielo, y miles de flechas, descendiendo en trayectoria vertical, empezaron a clavarse en sus hombros y en sus cuellos con un golpe sordo que recordaba al que produce una fruta madura impactando en el suelo. Los hombres caan y se encogan en la arena a causa del dolor, mientras los proyectiles seguan traspasando sus brazos y sus manos. Belexo permaneci acurrucado durante horas bajo el escudo erizado de flechas, y las lgrimas de impotencia trazaron surcos en el polvo blanquecino que le cubra el rostro, mientras se esforzaba para no enloquecer a causa de los lamentos de agona de sus hermanos de armas, invisibles entre la polvareda.
En la poca de Augusto batall en los tenebrosos ocanos de rboles de Germania, y escap milagrosamente de la esclavitud el da de la matanza del bosque de Teotoburgo* (1) Aquella noche centenares de prisioneros romanos fueron embutidos, desnudos, en minsculas jaulas de mimbre que colgaban de los robles, para ser despus quemados vivos en ofrenda a los dioses impronunciables que habitaban aquel pas lbrego e indmito. Mientras hua entre la maleza como una alimaa acorralada, Belexo escuch a aquellos mismos dioses susurrndole rabiosas amenazas, que se confundan con el rumor de su carrera furtiva entre unos extraos matorrales que le araaban la piel vengativamente.
Fue uno de los primeros en cruzar el Tmesis, cuando el anciano emperador Claudio invadi Britania. Las flechas y las esferas de plomo de los honderos impactaban con violencia en la lnea de escudos de madera, mientras Belexo y los hombres de su centuria avanzaban dificultosamente con el agua helada a la altura del pecho. Los enormes proyectiles incendiarios arrojados desde los navos de la marina romana que apoyaban el avance batan con estrpito las rudimentarias fortificaciones britanas. Belexo tena las orejas aprisionadas por las protecciones del yelmo de bronce, y los latidos acelerados de su propio corazn se imponan sobrecogedoramente al fragor de la lucha, a los alaridos de los hombres y a las confusas rdenes de los cuernos de guerra. Cuando alcanz la orilla, asom los ojos con cautela por encima del escudo y pudo ver a los imponentes britanos hacindoles gestos obscenos desde la empalizada. Belexo se qued paralizado por la sorpresa al distinguir entre ellos a Edm, el ngel tranquilo. Belexo hizo un leve movimiento con la cabeza, en seal de reconocimiento, y Edm esboz una sonrisa corts para corresponderle. En aquel momento, una esfera de plomo impact en el lateral del yelmo de Belexo y le derrib en el fango. El ngel, aturdido, qued tendido boca arriba, y observ maravillado las perfectas lneas de humo negro que los proyectiles incendiarios trazaban en el cielo.
Permaneci unos aos acantonado en aquel hmedo y extrao pas en el que los guerreros an usaban carros de combate para flanquear a la infantera, como si fueran fantasmas del pasado.
Particip tambin en las crueles campaas contra los judos, a los que lleg a admirar profundamente a causa de su incomparable conviccin, y se sinti embargado por un pudor inconfesable cuando su legin saque el templo de Jerusaln. Los sagrados objetos del culto fueron amontonados por las manos impas de los vencedores en carros tirados por bueyes y trasladados a Roma, donde fueron expuestos a la plebe en un obsceno desfile triunfal. Por aquellos tiempos los romanos ya no eran la nacin de agricultores orgullosos de sus races. La soberbia y la arrogancia haban reemplazado mucho tiempo atrs a la pureza de espritu de los antiguos republicanos.
Guerre en Dacia* (2) y de nuevo en Partia, en tiempos de Trajano, donde se reencontr con los espectros de sus antiguos hermanos de armas deambulando an por el desierto, con los cabellos blancos de polvo. Llevaban casi doscientos aos buscando el estandarte de su centuria entre una polvareda que en realidad se haba disipado mucho tiempo atrs. Belexo les mostr el camino hacia el otro lado, y los fantasmas de los legionarios de Craso se lo agradecieron efusivamente mientras vertan lgrimas de alivio.
Batall en todas las fronteras del imperio y fue amigo de generales y emperadores, algunos de los cuales fueron partcipes del secreto de su naturaleza sobrehumana. Los ngeles cados suelen amar a los grandes hombres, aquellos que pueden identificarse realmente con el alcance trgico de su castigo, y en ocasiones los usan como medio para transmitirse mensajes entre ellos. Vespasiano*(3), siendo an legado de la segunda legin en Britania, le dio recuerdos a Belexo de parte de Axo, el ngel risueo, al que haba tratado en Roma.
Belexo fue testigo perpetuo y nostlgico de la descomposicin del imperio. Roma se convirti en un lobo anciano al que sus enemigos acechaban, vidos de vengar antiguas y dolorosas afrentas. Las legiones fueron transformndose en tropas fronterizas que vigilaban una inmensa lnea fortificada de miles de kilmetros, delimitada cuidadosamente por ros y desiertos y reforzada con empalizadas y murallas de piedra. Centinelas temerosos que montaban guardia en robustas torres de vigilancia substituyeron al terrible poder de intimidacin que tenan las antiguas legiones, y naciones hambrientas de gloria y venganza se prepararon para asaltar a un imperio abandonado por sus dioses, que adems ya haba perdido el orgullo a causa de una crisis econmica irrecuperable. Roma se resisti a su propio final como un anciano enfermo y de alma infame, temeroso de la muerte, y opt por invertir sus ltimos fondos en sobornar a naciones de brbaros para que la protegieran de otras naciones ms brbaras an. El rey de los hrulos, Odoacro, que haba sido hasta entonces un aliado de los romanos, depuso en el ao 476 d.C. a Rmulo, el ltimo emperador, y se proclam rey de Roma. Belexo llor con la tristeza inconsolable de un nio de corta edad que acabara de quedarse sin familia.
El ngel detestaba la aspereza de carcter de los germnicos, tan alejada de la delicada complejidad del alma latina, y su bsqueda de una nueva patria le llev a vagar por el mundo durante casi dos siglos, evitando durante dcadas el contacto con los humanos. Finalmente se dej seducir por el rigor sin horizontes del desierto rabe y por la majestuosa pureza de carcter de sus habitantes, tan afn a su propio espritu. Se dedic a custodiar las caravanas que cruzaban temerariamente la inmensidad de aquel mundo petrificado, y la sensacin de vrtigo horizontal que senta durante aquellos viajes acab por serenar su espritu. Un atardecer se acerc a uno de los inmensos bazares de las afueras de La Meca. Aquella misma maana haba llegado a la enorme ciudad custodiando una caravana, y el ngel echaba de menos a los mercaderes con los que haba convivido durante semanas. Al verle le abrazaban y despus le invitaban a las trastiendas para ofrecerle refrescos. Todo el mundo acababa amando la pureza de Belexo. Al ngel le gustaba embriagarse con el aroma obsceno de las especias que se exhiban en los mostradores, y nunca dejaba de maravillarse ante la visin inquietante de aquel tesoro incalculable, expuesto impdicamente a la multitud por mercaderes de todas las nacionalidades y custodiado por guardias imponentes. Se dejaba aturdir por los olores y los sabores, mientras el gento le empujaba al abrirse camino con impaciencia entre los puestos del mercado. Sbitamente decidi comprar unos dtiles con miel para engaar a su espritu, vido de estmulos, y mientras el pequeo mercader se los ofreca sin dejar de parlotear, colocados en un cuenco de barro, alguien acarici la nuca de Belexo. Fue tanta la fuerza que percibi en aquella alma que el ngel dej caer el recipiente y se qued paralizado, incapaz de darse la vuelta para mirarle a los ojos. Aggelos*(4), el perdn est en tu corazn. Bscalo all, porque no eres indigno de l, le dijo el hombre, con una voz suave y afilada como una verdad irrefutable. Belexo, estupefacto, sinti dos enormes lgrimas rodando por sus plidas mejillas, mucho antes de experimentar una convulsin de desahogo gestada durante milenios. Se llev la mano derecha a la cara, cubrindose los ojos, y rompi a llorar de alivio. El rabe le tom la mano izquierda y tir con suavidad de l, guindole de la misma forma que a un nio que llevara siglos extraviado. Aquel hombre de alma extraordinaria se llamaba Mahoma y perteneca a una familia de comerciantes del clan Hasmin, de La Meca, y durante los aos siguientes confirm su condicin de elegido y se dedic con afn a difundir las revelaciones de Allah, el Dios nico, generoso y amable, fuente del universo, cuyo bondadoso y sencillo mensaje original haba sido distorsionado por hebreos y cristianos. Mahoma predic con fervor la exigencia divina de sumisin de corazn o Islam como nica condicin para la salvacin, recalcando la advertencia de que los actos infames perpetrados durante la vida terrenal acarrearan a su autor nefastas consecuencias en caso de no lograr el propio perdn antes de morir.
El ngel se convirti en su guarda y protector, de la misma forma que una sombra amable, y le acompa durante el resto de su vida. 
1.- Bosque de Teotoburgo: En el bosque de Teotoburgo, en Germania, la tribu de los queruscos sorprendi en ao 9 d.C. a tres legiones que lo atravesaban y las aniquilaron completamente tras una batalla que dur varios das. La causa del desastre fue la trampa que uno de sus lderes, de nombre Hermann o Arminio, le tendi al gobernador de la provincia, Publio Quintilio Varo. Arminio se haba educado en Roma, estudiando la poltica del imperio y las estrategias de las legiones, y haba obtenido la ciudadana romana. Sin embargo, al volver a su patria se encontr con que Varo ejerca un rgimen opresor. Organiz una revuelta secreta y logr engaar a Varo para que se internara en el bosque. Las guilas o estandartes de dichas legiones, capturadas por los germnicos, fueron recuperadas muy posteriormente por el emperador Claudio. 
2.- Dacia: Territorio que equivaldra aproximadamente a la actual Rumania. El nombre de Rumania, que significa tierra de romanos, tiene su origen en la denominacin que le dieron los pases vecinos. La romanizacin cal tan profundamente en Dacia que su idioma, el rumano, proviene del latn.
3.- Tito Flavio Vespasiano: (9 d.C. " 79 d.C.) Despus emperador. En la poca del relato fue enviado por el emperador Nern para doblegar la insurreccin juda protagonizada por los zelotes, en Palestina. Tras la muerte por suicidio de Nern hubo una poca de terrible inestabilidad poltica, llamada el ao de los tres emperadores (entre el 68 y el 69 d.C. gobernaron sucesivamente los generales Galba, Otn y Vitelio) Tras ser Vespasiano nombrado Cesar en el 69 d.C. por las tropas romanas destacadas en los territorios orientales, reunidas en su cuartel general de Cesrea (Palestina), dej al frente del ejrcito de Judea a su hijo mayor Tito, que despus le sucedi tambin como Cesar. El ltimo emperador de la dinasta Flavia fue el hijo menor de Vespasiano, Domiciano, que sucedi a su hermano Tito. Vespasiano y Tito fueron grandes emperadores, que procuraron el bien del pueblo y cimentaron la autoridad del senado. Domiciano, en sus ltimos aos de mandato, se convirti en un gobernante tirnico y fue asesinado. Le sucedi Trajano, el primer emperador de origen hispano, en el ao 98 d.C.
4.- Aggelos: ngel, en griego

Fragmento de &#8220;El ngel ciego&#8221;, novela de Jorge Berenguer Barrera.
Copyright Jorge Berenguer Barrera 2.007
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		<title>La guerra civil romana. Julio César contra todos.</title>
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		<pubDate>Thu, 25 Jan 2007 18:37:51 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[Tcnicamente, la guerra civil se inicia en el momento en que Julio Csar cruza el ro Rubicn al mando de una de sus legiones, la XIII, contraviniendo frontalmente la ley romana que prohiba a los gobernadores provinciales entrar en Italia con sus tropas. Las causas de que Csar llegara al extremo de incurrir en un acto tan grave son muchas y de distinta ndole.
Polticamente, Csar haba pertenecido siempre a la faccin progresista de la clase poltica romana, que tradicionalmente se opona a los optimates o ultraconservadores. Estos ltimos representaban a las familias ms aristocrticas e inmovilistas de la ciudad, que adems tenan mayora en el senado.
Csar logr aliarse con Craso, uno de los hombres ms ricos de Roma que era, adems, el lder natural de los ciudadanos del orden ecuestre (equites), entre los que se encontraban los comerciantes adinerados pertenecientes a familias sin linaje aristocrtico. De esta alianza surgi un slido frente de oposicin poltica a los tradicionalistas, al que posteriormente se incorpor Pompeyo, un general de orgenes modestos que sin embargo tena un enorme carisma entre los romanos y que contrajo matrimonio con Julia, la hija de Csar.
La muerte de Craso desequilibr la situacin, y Pompeyo acab siendo atrado a las filas de los conservadores despus de que falleciera su esposa y se rompieran as los lazos familiares que tena con la familia Julia. Es muy posible que los celos que debi sentir a causa de las proezas que protagonizaron las legiones de Csar en las Galias resultaran determinantes en su decisin, ya que Pompeyo estaba considerado por aquel entonces como el mejor general romano vivo, y adems era clebre por su carcter vanidoso.
En el momento en que los aristocrticos optimates recobran el poder se inicia un proceso de acoso y derribo contra la figura de Julio Csar, al que temen profundamente por su carisma entre la plebe y tambin entre una amplia faccin del senado, y llegan al extremo de vulnerar las leyes con el objeto de declararle traidor, alegando acusaciones de escaso fundamento para exigirle su inmediato regreso a Roma, con el fin de procesarle. Es muy posible que la decisin del senado de retirar la ciudadana romana a los legionarios bajo el mando de Csar, despus de que stos hubieran conquistado y pacificado la totalidad de las Galias tras diez aos de luchas continuas, fuera la gota que colm el vaso.
Alea jacta est, dijo Csar antes de entrar en Italia al mando de la XIII Legin.
Inicialmente, no slo no encuentra oposicin, sino que su causa genera tantas simpatas en la mayora de las poblaciones que Pompeyo, a pesar de contar con fuerzas muy superiores en nmero, decide abandonar Italia con su ejrcito, temeroso de la reaccin popular.
Le guerra se traslad a Hispania, donde los pompeyanos perdieron dos legiones, y tambin al norte de frica, donde un general de Csar, de nombre Curin, fue aniquilado a manos del rey nmida Juba, un aliado de  Pompeyo, precisamente junto a las dos legiones que se haban rendido a los cesarianos en Hispania y que posteriormente se haban unido a su ejrcito. Sin embargo, Pompeyo eluda sistemticamente un combate frontal de ambos ejrcitos. Su abrumadora superioridad naval le permita moverse cmodamente, estableciendo slidas rutas de suministros, mientras que Csar se vea obligado a perseguirle sin tener lneas de abastecimiento fiables, lo cual le complic mucho las cosas. Los hombres bajo su mando haban combatido sin tregua en las Galias durante diez aos, y el ejrcito se debilitaba rpidamente debido a la deficiente alimentacin. La situacin lleg a ser desesperada, sobre todo tras la inesperada derrota menor de Durazzo, en la que, a pesar de perder apenas unos cientos de hombres, la autoestima y el prestigio de sus legiones se resintieron notablemente, segn l mismo reconoce en sus Comentarios a la guerra civil.
Sin embargo, Pompeyo se vio obligado a presentar batalla a causa de las presiones de los senadores, que estaban ansiosos por acabar con Csar y no vean con buenos ojos aquella tctica de desgaste.
La batalla de Farsalia (9 agosto de 48 a.C.) cambi el curso de la guerra y qued adems como el testimonio supremo de la genialidad de Julio Csar como estratega militar. Supo captar perfectamente las claves tcticas sobre las que Pompeyo fundamentaba sus aspiraciones de victoria y tom las medidas adecuadas para neutralizarlas, planteando la batalla como un preciso mecanismo.
La superioridad numrica de Pompeyo era de dos a uno en lo referente a fuerzas de infantera, pero adems contaba con diez mil jinetes, frente a los apenas mil germnicos y galos (tropas de gran calidad, por otro lado) que formaban en el ejrcito cesariano.
Los pompeyanos extendieron al mximo su lnea de batalla, abarcando un frente de ms de dos kilmetros, obligando a los cesarianos a realizar la misma operacin para equiparar la longitud de ambas lneas y evitar ser rodeados, con lo cual la del ejrcito de Csar era muy delgada y, consecuentemente, vulnerable. Sin embargo, Csar tendi una trampa al grueso de la caballera senatorial, lanzando contra ella a sus jinetes, que fingieron retirarse al poco de entablar combate. La caballera pompeyana se abalanz en su persecucin, intentando aprovechar la maniobra para rodear la aparentemente frgil lnea de los cesarianos y atacarlos por la retaguardia. Sin embargo, Julio Csar haba escondido tras sus lneas varias cohortes armadas con las largusimas lanzas   que se usaban en los asedios para derribar a los defensores de las fortificaciones. Estos hombres haban sido instruidos para atacar a los jinetes al estilo de las falanges griegas, formando una slida y compacta barrera con las puntas de las lanzas. Las primeras filas de la caballera del ejrcito senatorial se batieron en retirada, sorprendidas, y arrastraron al resto de los jinetes en una espiral de pnico y confusin, tal y como posiblemente haba previsto Csar. La debacle de sus jinetes debi desconcertar terriblemente a Pompeyo, que contaba con la abrumadora superioridad de su caballera para flanquear cmodamente las lneas enemigas, atacarlas por la retaguardia y desequilibrar el desenlace de la batalla a su favor. Los germanos de Csar les siguieron de cerca, acabando de desbandarlos y arrollando a continuacin a los arqueros y honderos que apoyaban a la caballera. El desconcierto se extendi por las lneas del ejrcito senatorial, sobre todo cuando los hombres que haban atacado a los jinetes con sus lanzas de asedio se abalanzaron sobre el flanco pompeyano, al mismo tiempo que el resto del ejrcito iniciaba un ataque masivo en toda la lnea. Los legionarios de Csar, resentidos a causa de las penalidades que haban sufrido, cargaron furiosamente contra sus enemigos, decantando el factor moral de su lado. Considero oportuno hacer aqu una pequea puntualizacin. Una de las claves de las batallas, posiblemente ms importante que la calidad intrnseca de los combatientes, es la actitud mental de stos en el momento preciso de entrar en combate. Desde el principio de la historia los lderes militares han tenido conciencia en mayor o menor medida de este hecho, y han desarrollado sistemas para enardecer a sus hombres (tambores, cuernos de guerra, gritos y cnticos de batalla entonados colectivamente, etc.) que simultneamente, en la mayora de los casos, tienen tambin la funcin de amedrentar al enemigo. Un ejemplo que a todo el mundo le resultar familiar es el de los indios americanos abalanzndose sobre su oponente con el rostro desfigurado por las impresionantes pinturas de guerra y profiriendo agudos y escalofriantes alaridos. No resulta difcil imaginar el efecto que causaban en sus contrincantes.
En todo caso, la furia de los hombres de Csar deba ser tremenda, teniendo en cuenta que en lugar de una entrada triunfal en su patria se encontraron con la desposesin de su ciudadana romana y con una guerra penosa a la que se haban visto abocados a causa de los hombres que comandaban el ejrcito al que se disponan a atacar. Parece ser que Pompeyo se dej llevar por el pnico tras el descalabro inicial y abandon el campo de batalla, lo cual precipit el desmoronamiento de sus lneas. La victoria de Farsalia cambi drsticamente el curso de la guerra. Posteriormente, Pompeyo fue asesinado en Egipto, a donde se haba retirado, por los partidarios del joven rey Ptolomeo XIII, que estaban deseosos de ganarse el favor de Csar en su lucha por el trono, en la que se enfrentaban a Cleopatra, la hermana de Ptolomeo. El disgusto de Csar por el asesinato de su antiguo amigo fue notable, y finalmente apoy la causa de la reina. Hay que apuntar que Ptolomeo haba sido aliado del senado romano y, por lo tanto, de Pompeyo. La guerra se decidi en las batallas de Tapso (frica), donde fue derrotado Juba, el rey nmida aliado de Pompeyo, y finalmente en la de Munda, en Andaluca (la ubicacin exacta de esta batalla genera una notable polmica, an hoy en da), donde muri Cneo Pompeyo, el hijo mayor de Pompeyo.

Imagen de un legionario empuando una de las lanzas que se mencionan en el texto, aunque este soldado es del siglo II. En la poca de Julio Csar iban ataviados con una cota de malla. La coraza de lminas apareci posteriormente, como consecuencia de las guerras contra los germanos, que eran muy robustos y usaban armas muy pesadas contra las cuales la cota de malla era una proteccin insuficiente. No obstante, en las legiones acantonadas en Oriente o en frica,  la cota de malla continu siendo la proteccin reglamentaria hasta el final del imperio.
Extracto de &#8220;El ngel sin cielo&#8221;, de Jorge Berenguer Barrera
Copyright Jorge Berenguer Barrera
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		<pubDate>Wed, 24 Jan 2007 18:33:30 +0000</pubDate>
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