In memoriam

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Mayo 23, 2007

Gautier de Rochenoir

Publicado por inmemoriam en General

Gautier de Rochenoir estaba agotado y de pésimo humor. Habían pasado la noche escuchando misas, ataviados con la armadura completa y velando armas. El señor de Alasgos consideraba más importante encomendarse a Dios que disputar el campo con sus tropas descansadas. Los caballeros, formados ya en línea de batalla, toqueteaban sus reliquias y rezaban en silencio, manteniendo las lanzas en posición de descanso. Las boñigas de los caballos humeaban aparatosamente, y las rachas de viento helado agitaban los estandartes. Los hombres del rey de Navarra, sus oponentes aquella mañana, se desplegaban sin prisas a lo largo de la linde del bosque, a unos trescientos metros de distancia. Gautier estaba soñoliento a causa de la velada, mareado por el incienso y el olor corporal de los hombres y harto de aquellos guerreros estólidos y circunspectos, obsesionados por su mezquino concepto de la honra y por su intensa codicia. No se había sorprendido demasiado al enterarse de que aquellas miserables riñas entre señores cristianos eran más frecuentes que las batallas contra los infieles, pero se había decepcionado al constatar que la frontera era ante todo un ámbito donde el ansia de conquistas y la avidez por los botines prevalecía sobre los ideales caballerescos. La mayoría de los que formaban con él eran mercenarios y caballeros sin tierras, ávidos de rapiña. Eran puteros, roñosos, toscos y crueles, aunque eran también valerosos hasta la demencia. Establecían la hora de la batalla conferenciando con sus enemigos y no movían un dedo sin encomendarse antes a todos los santos, aunque eran, ante todo, guerreros temibles. Gautier los detestaba sin dejar de admirarlos. En todo caso había jurado vasallaje al señor de Alasgos, y a él se debía. Se sentía furioso con Lubu. Estaba seguro de que el condenado egipcio, un año antes, sabía ya lo que iba a ocurrir cuando el pequeño señor cristiano los admitió en su mesnada, pero que se había callado para poder ver a Gautier en aquella situación. Lubu amaba las bromas pesadas. Por aquel entonces Gautier era un recién llegado a una tierra extraña, y se había sentido muy honrado cuando el señor de Alasgos los incorporó a su tropa a cambio de una paga miserable y del derecho a una parte de los botines que se hicieran. Pero en lugar de épicas batallas contra el musulmán se había encontrado con aquellas intrincadas trifulcas entre el rey y los pequeños nobles levantiscos.
Gautier giró la cabeza hacia Lubu, y éste sonrió afablemente, con una expresión ingenua. Gautier cerró los ojos, fastidiado, e inclinó el torso para escupir en el barro. Volvió la cabeza hacia el otro lado, para contemplar a las levas villanescas. Eran hombres fibrosos y de aspecto huraño. Iban mal protegidos y peor armados, algunos de ellos con guadañas y otros aperos. Otros llevaban garrotes nudosos o varas afiladas. Los arqueros usaban toscas armas de caza. Algunos le sostuvieron la mirada, desafiantes. Más de uno estaba bebido. En algún lugar entre las filas un clérigo murmuraba lúgubres letanías. Y en aquel momento empezó a llover de nuevo. Gautier suspiró.
—Mi señor Don Gautier.
Gautier dio un respingo. No había sentido acercarse a Guzmán, el joven mozo que había contratado para que ayudara a Lubu y les pusiera al día a ambos sobre los usos locales. Era un muchacho listo y dispuesto.
—Mi señor Don Gautier, allí, en el flanco derecho de los hombres del rey. Los pendones verdes y dorados. Son los moros.
Gautier se incorporó sobre los estribos, con los ojos entornados, y distinguió enseguida a los jinetes. Montaban caballos pequeños e inquietos y llevaban una faja alrededor del yelmo. Sus armaduras estaban forradas de telas de colores.
—Arqueros a caballo de Cuenca. Disparan al galope, mi buen señor. Cuidaos bien de ellos.
Gautier sabía ya que era habitual entre los señores cristianos contratar tropa mercenaria sarracena. También los sarracenos solían incorporar caballería pesada cristiana para sus propias trifulcas fronterizas. Pero nunca hasta entonces había visto a los moros. No le parecieron gran cosa.
—Lo haré, buen Guzmán.
—Y recordad que los infantes moros son disciplinados y van bien armados, mi buen señor.
—Así lo haré.
En aquel momento, uno de los abanderados de las tropas reales alzó una oriflama y la hizo ondear, provocando un rugido que reverberó por las hileras de hombres. Muchos de los que estaban alrededor del portaestandarte irguieron sus lanzas y agitaron las banderolas que pendían de las puntas. Al cabo de un momento, un centenar de ellos se adentró al trote en el campo de liza.
—Son los hombres del conde de Valdavia, mi buen señor Don Gautier. Es el más bravo y leal de los vasallos del rey.
Gautier observó a los caballeros avanzando de forma implacable y aprestando sus lanzas. Podía sentirse la vibración de los cascos de los formidables corceles, que empezaron a trotar a más velocidad. Una pareja de cornejas alzó el vuelo con precipitación, apartándose de su paso. El abanderado inclinó el estandarte y los caballeros cargaron. Gautier pudo distinguir una descarga de flechas que no hizo efecto alguno en los atacantes. En el último momento, sin embargo, los jinetes cambiaron de dirección y cabalgaron un trecho en una trayectoria paralela a las líneas de sus enemigos, que los abuchearon. Los caballeros de Valdavia describieron un arco de círculo y volvieron hasta su posición original, provocando un pequeño alboroto festivo entre los suyos, que les vitorearon.
Poco después se oyeron cuernos de guerra, y los hombres empezaron a intercambiar comentarios excitados y a relajar sus actitudes. Algunos se despojaron del yelmo, sonrientes. Gautier no entendía nada, pues se expresaban con un marcado acento local muy distinto al castellano que él había aprendido en Francia.
—¿Qué es lo que ocurre ahora, Guzmán?
—Se terminó por hoy, mi buen señor —contestó Guzmán tranquilamente. Tenía los ojos entornados a causa de la fina lluvia, y tiritaba un poco. Empezaba a guardar las flechas en una funda.
Gautier estaba estupefacto.
—¿Se terminó?¿La batalla se ha terminado?
—Sí, mi buen señor, es por la lluvia. Los hombres del rey han cargado honrosamente, y los nuestros no han cedido el campo. Ahora conferenciarán y establecerán una nueva fecha para la liza.
Gautier no acababa de creer lo que estaba viendo. Durante un fugaz instante consideró la posibilidad de que Guzmán estuviera burlándose de él, espoleado por Lubu. Volvió la cabeza hacia el egipcio, que levantó los hombros y separó las manos. Las levas de villanos rompían ya las filas, intercambiando impresiones y valorando con aire crítico la carga de los caballeros de Valdavia.
Gautier experimentó un repentino arrebato de furia. Se sintió estafado y ridículo, tras la noche de misas y la eternidad que había pasado sentado sobre su silla de guerra, bajo la lluvia. Estaba aterido y calado hasta los huesos. Casi se sorprendió de sí mismo cuando picó espuelas y su caballo relinchó, sorprendido, antes de iniciar un galope furioso. Pudo escuchar a Lubu gritando como un mulo asustado, pero cuando volvió la cabeza le vio a poca distancia, clavando espuelas con desesperación para seguirle. Aquello sí era una buena broma. Gautier no pudo evitar una carcajada salvaje al ver la expresión aterrada de su escudero. Cuando entraba en combate, Lubu intentaba compensar su incapacidad para articular palabras con el volumen de sus alaridos. También pudo distinguir, de forma fugaz, a los caballeros de su bando alzando los brazos, con el gesto del que quiere advertir a alguien de un peligro. Gautier de Rochenoir irguió la lanza para ostentar su gallardete, azul y negro. Cuando llegó a la mitad del campo hizo girar su montura y cabalgó a gran velocidad ante las líneas de los hombres del rey. Les insultó gravemente en su idioma, ya que había memorizado algunas de las brutales expresiones locales que solía escuchar en los campamentos. Por las noches, sus compañeros de armas se divertían al oírle vocalizarlas con su delicado acento provenzal y se reían hasta las lágrimas. Les tildó de hijos de puta bastarda y de puercos, de truhanes ladrones de pollos y de apestosos sacos de boñiga rancia. Los mozos y escuderos enemigos le hacían gestos obscenos, y los caballeros refrenaban a sus caballos, que caracoleaban en círculos, y amagaban una carga. Las flechas volaban a su alrededor, y una llegó a golpearle el muslo, aunque no perforó la cota de malla. Finalmente, una flecha más ligera se clavó en la madera del escudo con un golpe seco, y Gautier guió a su corcel para volver a sus líneas. Giró la cabeza para cerciorarse de que ningún caballero enemigo hubiera aceptado el desafío, y pudo ver a Lubu ostentando su terrorífica cimitarra, con el brazo muy alzado. Seguía berreando como un poseso, con los ojos muy abiertos.
Cuando volvió hasta los hombres de Alasgos todo el mundo se acercó para felicitarle. Le palmeaban las piernas y le vitoreaban. Guzmán, furioso, daba manotazos a los mozos de otros señores que pretendían sostener las riendas del caballo de Gautier.
Aquella noche, el señor de Alasgos le invitó a su tienda. El vino estaba aguado y la carne era de la peor clase. Cuando su señor le agradeció la gesta regalándole un jamón, Gautier no pudo más y le rogó por los clavos de Cristo que le liberara de su juramento de vasallaje.

Fragmento de “El ángel ciego”, por Jorge Berenguer Barrera

Curiosidades de las batallas de la reconquista:

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(En construcción)

Mayo 4, 2007

Dioses y hombres

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Pero vamos a ver, mortales, ¿de verdad creéis que un dios omnipotente crearía a un ser imperfecto para poder después castigarle cuando cae en tentaciones o comete errores?

¡Hacedme caso, ya estáis salvados hagáis lo que hagáis! Él no os va a juzgar. Sed grandes, pero sedlo también con vosotros, no sólo con los demás, y entenderéis el sentido de todo.

Febrero 14, 2007

Un banquete medieval

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El primer domingo de primavera de cada año, la condesa Elfgiva de Fôret-Brun celebraba el aniversario de su nacimiento con deslumbrantes festejos que se prolongaban durante varias jornadas.

Acudían los barones del condado, precedidos de sus portaestandartes, sus hombres de armas y sus perreros. Llegaban por los caminos formando coloridas comitivas, y las familias de labradores se destocaban para contemplarles y admirar los formidables e inquietos corceles de guerra, cubiertos con mantas de lana. Los nobles y sus familias montaban caballos de viaje de largas patas y crines trenzadas. Bajo las capas, ribeteadas de piel de armiño, vestían lujosos ropajes de terciopelo, y sus botas de viaje ocultaban finos escarpines de cuero de ternera. Algunos llevaban gruesos guantes de cuero, y en sus manos alzadas exhibían magníficos halcones. Docenas de mulas portaban las armaduras, los presentes para la condesa y el resto del equipaje. Las oriflamas y los estandartes rozaban las copas de los árboles, desprendiendo las hojas y las ramas secas, y los juglares improvisaban tiernas cansons para amenizar el viaje y complacer a las damas de la comitiva, comparándolas con las incipientes floraciones de los campos.

A medida que llegaban al castillo eran recibidos por la bella condesa, y los escuderos de los nobles exponían en la plaza los blasones de sus señores.

El domingo, a primera hora, se celebraba un fastuoso banquete en la explanada del castillo. Se saludaban los barones besándose en las mejillas, se levantaban coloridos toldos y se montaban mesas con tablones y caballetes. Los sirvientes formaban una larga fila desde las cocinas, e iban y venían transportando por parejas amplias fuentes repletas de codornices, de pan o de frutas tempranas. Los escuderos acercaban las butacas a sus señores, los cuartos de buey, de cordero, de venado y de jabalí, cocinados con vino y miel, hacían crujir la madera de las mesas, y los trinchadores de la condesa los cortaban con largos cuchillos de mango de plata que emitían hermosos destellos. Los pajes y los escuderos, y también los caballeros más jóvenes, tomaban las lonchas humeantes con el índice y el pulgar y se las tendían a los barones y a sus acompañantes, y los pajes del castillo, vestidos con libreas de color negro y rojo sangre, servían a los invitados de menor categoría. Las más bellas doncellas de la región habían sido instruidas por los coperos para escanciar el vino especiado en las copas de plata. Los juglares forasteros rivalizaban con los del condado en enaltecer a sus señores, componiendo ingeniosas canciones en las que exageraban las hazañas de sus antepasados y el esplendor de su linaje. Cuando los invitados empezaron a embriagarse, los músicos entonaron atrevidas composiciones cargadas de dobles sentidos, y las damas y los señores reían y se limpiaban las manos en las túnicas para aplaudir y golpear los platos de peltre con la hoja de sus cuchillos. Los formidables perros de guerra reñían por las sobras que sus amos arrojaban a la hierba, los malabaristas hacían volar pelotas de madera pintadas de colores, y unos enanos simularon una justa usando la larguísima mesa como campo de liza. Llevaban escudillas en lugar de yelmos y empuñaban cucharones para usarlos como lanzas. Tenían cascabeles cosidos a sus ropas, y sus diminutos pantalones se deslizaban hasta los pies cuando corrían. Los señores reían hasta las lágrimas al entrever las pálidas nalgas pintadas de colores y les arrojaban monedas. La condesa, que presidía la mesa central, era como el primer resplandor del sol en un amanecer otoñal. Llevaba rosas tempranas prendidas en el cabello, y tendía la mano a sus invitados para que le rindieran homenaje besándole los dedos, sin dejar nunca de sonreír. Detrás de ella permanecían dos de sus guardias sudaneses, negros como la noche, que iban tocados con aparatosos turbantes de seda azul. Usaban suntuosos pendientes de oro y portaban dos puñales curvos en la faja dorada que les rodeaba la esbelta cintura. Mantenían cruzados sus poderosos brazos desnudos, y vigilaban con desdén a los rollizos y ebrios señores cristianos, manteniendo los párpados entornados.

A los siervos y villanos se les sirvió sopa de cebada, pan negro y carne de cerdo, y se acomodaron en la hierba que rodeaba el castillo, agrupados por familias.
Poco antes del mediodía la condesa hizo un gesto a sus doncellas, que le acercaron la jofaina y las toallas, y después se levantó graciosamente, dando por terminado el banquete. El conde de Rochenoir, que era su invitado de honor, la tomó del dedo para acompañarla al campo de justas. Todos los señores y sus damas se alzaron también, y los juglares y malabaristas, los escuderos, las mozas y la servidumbre del castillo se arrojaron sobre los abundantes restos del festín.
El campo de liza había sido cubierto con hierba alta de los alrededores, perlada de amapolas, para que los caballeros no se lastimaran al ser derribados. El arbitro de justas clamaba los nombres y los títulos de los contendientes, y los escuderos, que portaban estandartes con los blasones de sus señores, voceaban sus gestas y las de sus antepasados y escarniaban jovialmente a sus rivales. El público aullaba de entusiasmo, respaldando a sus favoritos y denostando a sus contendientes. Los caballeros saludaban a las damas al situarse en sus marcas y bajaban la celada del yelmo con gesto grave. Muchos ostentaban ligas y pañuelos en el casco e incluso en sus lanzas, cuyas puntas habían sido embotadas con bolas de madera. Los morriones estaban forrados de costosas telas o pintados de colores, y lucían penachos de plumas o adornos metálicos. Los corceles relinchaban de furia al ser espoleados y se abalanzaban al galope contra sus contendientes. Las lanzas se partían con brutales crujidos, y el público clamaba de excitación al ver caer en la hierba a los rivales de sus favoritos. Muchos se levantaban de sus asientos, y algunas damas sufrían elegantes desvanecimientos que provocaban la inmediata atención de sus caballeros. La atmósfera estaba saturada por el olor a comida y a sudor, y también a excrementos de caballo.
Al caer la tarde muchos de los invitados forasteros empezaron a retirarse, pero una difusa y furtiva excitación se extendió entre los vasallos de la condesa, pues se acercaba el momento más esperado por ellos. Pronto se encenderían las antorchas en los muros y desfilarían las adolescentes más bellas del condado para brindarle a su señora los ramos de flores tempranas que ellas mismas habían recogido durante el día. Elfgiva de Fôret-Brun escogería uno de aquellos ramos, y junto con las flores escogería también a la afortunada joven que lo portara. La convertiría en su doncella personal, en su amante durante todo el año y en su protegida durante el resto de su vida, lo cual cambiaría para siempre la existencia de la muchacha y la de toda su familia.

Fragmento de “El ángel ciego”, de Jorge Berenguer Barrera
Copyright Jorge Berenguer Barrera 2.007

Febrero 4, 2007

Belexo

Publicado por inmemoriam en General

Belexo, el ángel triste, se batió durante milenios en las guerras de los hombres, obsesionado hasta la extenuación por la remota posibilidad de que uno de los mensajeros de la muerte, seres meticulosos y reflexivos, cometiera un error sin precedentes y acariciara su nuca en la confusión de una batalla, concediéndole así un descanso eterno que por justicia le estaba vedado a causa de su condición de traidor.
Luchó en las primeras guerras de Roma tras la era de los monarcas, en los tiempos en que la joven república batallaba con la energía y la temeridad de un lobo adolescente que aún debiera conquistar su lugar en la tierra. Por aquellos tiempos los romanos eran hombres rigurosos y severos, y sus austeras almas de campesino se aferraban a la tierra de la que dependían. En tiempos de guerra embalaban flemáticamente sus aperos de labranza y tomaban las armas para defender sus campos, con el fervor suicida de los progenitores que custodian a sus hijos.
Belexo guerreó después contra los elefantes de Aníbal, el cartaginés, y uno de aquellos pavorosos animales, enloquecido por el dolor que le causaba su colmillo fracturado, estuvo a punto de condenar al ángel a vivir eternamente como un inválido. Hasta muchos siglos después Belexo seguía despertándose a medianoche, enervado por el dolor atroz que él mismo se había provocado al presionarse las orejas en un vano intento de proteger sus tímpanos del bramido de aquella fiera colosal. Sus compañeros de tienda, siempre distintos a lo largo de las décadas, despertaban también sobresaltados y juraban haber escuchado el barritar lejano e indómito de un elefante, ya que los sueños de los ángeles tienen la peculiaridad de transgredir sus propios límites. Belexo se acostaba de nuevo, con el cabello empapado de sudor, mientras intentaba relajar los músculos de su cadera para olvidar el amargo recuerdo del dolor que le había atormentado durante meses, cuando el elefante se la había quebrado.
En los tiempos de Julio César participó en la campaña de Publio Craso contra los partos, nefasta y maldita. En aquel desierto pedregoso e infame vio morir a todos sus compañeros de centuria, y Belexo también murió un poco aquella mañana, cuando miles de jinetes rodearon las posiciones de su cohorte y levantaron una polvareda tan espesa que los legionarios apenas podían ver sus propias manos. Aguardaron a que se disipara la niebla blanquecina, mientras jadeaban dificultosamente a causa del polvo que obstruía sus bronquios, aterrorizados por el sólido silencio que siguió a la retirada de los jinetes fantasmales. Súbitamente sintieron un intenso zumbido que provenía del cielo, y miles de flechas, descendiendo en trayectoria vertical, empezaron a clavarse en sus hombros y en sus cuellos con un golpe sordo que recordaba al que produce una fruta madura impactando en el suelo. Los hombres caían y se encogían en la arena a causa del dolor, mientras los proyectiles seguían traspasando sus brazos y sus manos. Belexo permaneció acurrucado durante horas bajo el escudo erizado de flechas, y las lágrimas de impotencia trazaron surcos en el polvo blanquecino que le cubría el rostro, mientras se esforzaba para no enloquecer a causa de los lamentos de agonía de sus hermanos de armas, invisibles entre la polvareda.
En la época de Augusto batalló en los tenebrosos océanos de árboles de Germania, y escapó milagrosamente de la esclavitud el día de la matanza del bosque de Teotoburgo* (1) Aquella noche centenares de prisioneros romanos fueron embutidos, desnudos, en minúsculas jaulas de mimbre que colgaban de los robles, para ser después quemados vivos en ofrenda a los dioses impronunciables que habitaban aquel país lóbrego e indómito. Mientras huía entre la maleza como una alimaña acorralada, Belexo escuchó a aquellos mismos dioses susurrándole rabiosas amenazas, que se confundían con el rumor de su carrera furtiva entre unos extraños matorrales que le arañaban la piel vengativamente.
Fue uno de los primeros en cruzar el Támesis, cuando el anciano emperador Claudio invadió Britania. Las flechas y las esferas de plomo de los honderos impactaban con violencia en la línea de escudos de madera, mientras Belexo y los hombres de su centuria avanzaban dificultosamente con el agua helada a la altura del pecho. Los enormes proyectiles incendiarios arrojados desde los navíos de la marina romana que apoyaban el avance batían con estrépito las rudimentarias fortificaciones britanas. Belexo tenía las orejas aprisionadas por las protecciones del yelmo de bronce, y los latidos acelerados de su propio corazón se imponían sobrecogedoramente al fragor de la lucha, a los alaridos de los hombres y a las confusas órdenes de los cuernos de guerra. Cuando alcanzó la orilla, asomó los ojos con cautela por encima del escudo y pudo ver a los imponentes britanos haciéndoles gestos obscenos desde la empalizada. Belexo se quedó paralizado por la sorpresa al distinguir entre ellos a Edém, el ángel tranquilo. Belexo hizo un leve movimiento con la cabeza, en señal de reconocimiento, y Edém esbozó una sonrisa cortés para corresponderle. En aquel momento, una esfera de plomo impactó en el lateral del yelmo de Belexo y le derribó en el fango. El ángel, aturdido, quedó tendido boca arriba, y observó maravillado las perfectas líneas de humo negro que los proyectiles incendiarios trazaban en el cielo.
Permaneció unos años acantonado en aquel húmedo y extraño país en el que los guerreros aún usaban carros de combate para flanquear a la infantería, como si fueran fantasmas del pasado.
Participó también en las crueles campañas contra los judíos, a los que llegó a admirar profundamente a causa de su incomparable convicción, y se sintió embargado por un pudor inconfesable cuando su legión saqueó el templo de Jerusalén. Los sagrados objetos del culto fueron amontonados por las manos impías de los vencedores en carros tirados por bueyes y trasladados a Roma, donde fueron expuestos a la plebe en un obsceno desfile triunfal. Por aquellos tiempos los romanos ya no eran la nación de agricultores orgullosos de sus raíces. La soberbia y la arrogancia habían reemplazado mucho tiempo atrás a la pureza de espíritu de los antiguos republicanos.
Guerreó en Dacia* (2) y de nuevo en Partia, en tiempos de Trajano, donde se reencontró con los espectros de sus antiguos hermanos de armas deambulando aún por el desierto, con los cabellos blancos de polvo. Llevaban casi doscientos años buscando el estandarte de su centuria entre una polvareda que en realidad se había disipado mucho tiempo atrás. Belexo les mostró el camino hacia el otro lado, y los fantasmas de los legionarios de Craso se lo agradecieron efusivamente mientras vertían lágrimas de alivio.
Batalló en todas las fronteras del imperio y fue amigo de generales y emperadores, algunos de los cuales fueron partícipes del secreto de su naturaleza sobrehumana. Los ángeles caídos suelen amar a los grandes hombres, aquellos que pueden identificarse realmente con el alcance trágico de su castigo, y en ocasiones los usan como medio para transmitirse mensajes entre ellos. Vespasiano*(3), siendo aún legado de la segunda legión en Britania, le dio recuerdos a Belexo de parte de Axo, el ángel risueño, al que había tratado en Roma.
Belexo fue testigo perpetuo y nostálgico de la descomposición del imperio. Roma se convirtió en un lobo anciano al que sus enemigos acechaban, ávidos de vengar antiguas y dolorosas afrentas. Las legiones fueron transformándose en tropas fronterizas que vigilaban una inmensa línea fortificada de miles de kilómetros, delimitada cuidadosamente por ríos y desiertos y reforzada con empalizadas y murallas de piedra. Centinelas temerosos que montaban guardia en robustas torres de vigilancia substituyeron al terrible poder de intimidación que tenían las antiguas legiones, y naciones hambrientas de gloria y venganza se prepararon para asaltar a un imperio abandonado por sus dioses, que además ya había perdido el orgullo a causa de una crisis económica irrecuperable. Roma se resistió a su propio final como un anciano enfermo y de alma infame, temeroso de la muerte, y optó por invertir sus últimos fondos en sobornar a naciones de bárbaros para que la protegieran de otras naciones más bárbaras aún. El rey de los hérulos, Odoacro, que había sido hasta entonces un aliado de los romanos, depuso en el año 476 d.C. a Rómulo, el último emperador, y se proclamó rey de Roma. Belexo lloró con la tristeza inconsolable de un niño de corta edad que acabara de quedarse sin familia.
El ángel detestaba la aspereza de carácter de los germánicos, tan alejada de la delicada complejidad del alma latina, y su búsqueda de una nueva patria le llevó a vagar por el mundo durante casi dos siglos, evitando durante décadas el contacto con los humanos. Finalmente se dejó seducir por el rigor sin horizontes del desierto árabe y por la majestuosa pureza de carácter de sus habitantes, tan afín a su propio espíritu. Se dedicó a custodiar las caravanas que cruzaban temerariamente la inmensidad de aquel mundo petrificado, y la sensación de vértigo horizontal que sentía durante aquellos viajes acabó por serenar su espíritu. Un atardecer se acercó a uno de los inmensos bazares de las afueras de La Meca. Aquella misma mañana había llegado a la enorme ciudad custodiando una caravana, y el ángel echaba de menos a los mercaderes con los que había convivido durante semanas. Al verle le abrazaban y después le invitaban a las trastiendas para ofrecerle refrescos. Todo el mundo acababa amando la pureza de Belexo. Al ángel le gustaba embriagarse con el aroma obsceno de las especias que se exhibían en los mostradores, y nunca dejaba de maravillarse ante la visión inquietante de aquel tesoro incalculable, expuesto impúdicamente a la multitud por mercaderes de todas las nacionalidades y custodiado por guardias imponentes. Se dejaba aturdir por los olores y los sabores, mientras el gentío le empujaba al abrirse camino con impaciencia entre los puestos del mercado. Súbitamente decidió comprar unos dátiles con miel para engañar a su espíritu, ávido de estímulos, y mientras el pequeño mercader se los ofrecía sin dejar de parlotear, colocados en un cuenco de barro, alguien acarició la nuca de Belexo. Fue tanta la fuerza que percibió en aquella alma que el ángel dejó caer el recipiente y se quedó paralizado, incapaz de darse la vuelta para mirarle a los ojos. “Aggelos*(4), el perdón está en tu corazón. Búscalo allí, porque no eres indigno de él”, le dijo el hombre, con una voz suave y afilada como una verdad irrefutable. Belexo, estupefacto, sintió dos enormes lágrimas rodando por sus pálidas mejillas, mucho antes de experimentar una convulsión de desahogo gestada durante milenios. Se llevó la mano derecha a la cara, cubriéndose los ojos, y rompió a llorar de alivio. El árabe le tomó la mano izquierda y tiró con suavidad de él, guiándole de la misma forma que a un niño que llevara siglos extraviado. Aquel hombre de alma extraordinaria se llamaba Mahoma y pertenecía a una familia de comerciantes del clan Hasmin, de La Meca, y durante los años siguientes confirmó su condición de elegido y se dedicó con afán a difundir las revelaciones de Allah, el Dios único, generoso y amable, fuente del universo, cuyo bondadoso y sencillo mensaje original había sido distorsionado por hebreos y cristianos. Mahoma predicó con fervor la exigencia divina de sumisión de corazón o Islam como única condición para la salvación, recalcando la advertencia de que los actos infames perpetrados durante la vida terrenal acarrearían a su autor nefastas consecuencias en caso de no lograr el propio perdón antes de morir.
El ángel se convirtió en su guarda y protector, de la misma forma que una sombra amable, y le acompañó durante el resto de su vida.

1.- Bosque de Teotoburgo: En el bosque de Teotoburgo, en Germania, la tribu de los queruscos sorprendió en año 9 d.C. a tres legiones que lo atravesaban y las aniquilaron completamente tras una batalla que duró varios días. La causa del desastre fue la trampa que uno de sus líderes, de nombre Hermann o Arminio, le tendió al gobernador de la provincia, Publio Quintilio Varo. Arminio se había educado en Roma, estudiando la política del imperio y las estrategias de las legiones, y había obtenido la ciudadanía romana. Sin embargo, al volver a su patria se encontró con que Varo ejercía un régimen opresor. Organizó una revuelta secreta y logró engañar a Varo para que se internara en el bosque. Las águilas o estandartes de dichas legiones, capturadas por los germánicos, fueron recuperadas muy posteriormente por el emperador Claudio.

2.- Dacia: Territorio que equivaldría aproximadamente a la actual Rumania. El nombre de Rumania, que significa tierra de romanos, tiene su origen en la denominación que le dieron los países vecinos. La romanización caló tan profundamente en Dacia que su idioma, el rumano, proviene del latín.

3.- Tito Flavio Vespasiano: (9 d.C. – 79 d.C.) Después emperador. En la época del relato fue enviado por el emperador Nerón para doblegar la insurrección judía protagonizada por los zelotes, en Palestina. Tras la muerte por suicidio de Nerón hubo una época de terrible inestabilidad política, llamada el año de los tres emperadores (entre el 68 y el 69 d.C. gobernaron sucesivamente los generales Galba, Otón y Vitelio) Tras ser Vespasiano nombrado Cesar en el 69 d.C. por las tropas romanas destacadas en los territorios orientales, reunidas en su cuartel general de Cesárea (Palestina), dejó al frente del ejército de Judea a su hijo mayor Tito, que después le sucedió también como Cesar. El último emperador de la dinastía Flavia fue el hijo menor de Vespasiano, Domiciano, que sucedió a su hermano Tito. Vespasiano y Tito fueron grandes emperadores, que procuraron el bien del pueblo y cimentaron la autoridad del senado. Domiciano, en sus últimos años de mandato, se convirtió en un gobernante tiránico y fue asesinado. Le sucedió Trajano, el primer emperador de origen hispano, en el año 98 d.C.

4.- Aggelos: Ángel, en griego

Fragmento de “El ángel ciego”, novela de Jorge Berenguer Barrera.
Copyright Jorge Berenguer Barrera 2.007

Enero 25, 2007

La guerra civil romana. Julio César contra todos.

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Técnicamente, la guerra civil se inicia en el momento en que Julio César cruza el río Rubicón al mando de una de sus legiones, la XIII, contraviniendo frontalmente la ley romana que prohibía a los gobernadores provinciales entrar en Italia con sus tropas. Las causas de que César llegara al extremo de incurrir en un acto tan grave son muchas y de distinta índole.
Políticamente, César había pertenecido siempre a la facción progresista de la clase política romana, que tradicionalmente se oponía a los optimates o ultraconservadores. Estos últimos representaban a las familias más aristocráticas e inmovilistas de la ciudad, que además tenían mayoría en el senado.
César logró aliarse con Craso, uno de los hombres más ricos de Roma que era, además, el líder natural de los ciudadanos del orden ecuestre (equites), entre los que se encontraban los comerciantes adinerados pertenecientes a familias sin linaje aristocrático. De esta alianza surgió un sólido frente de oposición política a los tradicionalistas, al que posteriormente se incorporó Pompeyo, un general de orígenes modestos que sin embargo tenía un enorme carisma entre los romanos y que contrajo matrimonio con Julia, la hija de César.
La muerte de Craso desequilibró la situación, y Pompeyo acabó siendo atraído a las filas de los conservadores después de que falleciera su esposa y se rompieran así los lazos familiares que tenía con la familia Julia. Es muy posible que los celos que debió sentir a causa de las proezas que protagonizaron las legiones de César en las Galias resultaran determinantes en su decisión, ya que Pompeyo estaba considerado por aquel entonces como el mejor general romano vivo, y además era célebre por su carácter vanidoso.
En el momento en que los aristocráticos optimates recobran el poder se inicia un proceso de acoso y derribo contra la figura de Julio César, al que temen profundamente por su carisma entre la plebe y también entre una amplia facción del senado, y llegan al extremo de vulnerar las leyes con el objeto de declararle traidor, alegando acusaciones de escaso fundamento para exigirle su inmediato regreso a Roma, con el fin de procesarle. Es muy posible que la decisión del senado de retirar la ciudadanía romana a los legionarios bajo el mando de César, después de que éstos hubieran conquistado y pacificado la totalidad de las Galias tras diez años de luchas continuas, fuera la gota que colmó el vaso.
Alea jacta est, dijo César antes de entrar en Italia al mando de la XIII Legión.
Inicialmente, no sólo no encuentra oposición, sino que su causa genera tantas simpatías en la mayoría de las poblaciones que Pompeyo, a pesar de contar con fuerzas muy superiores en número, decide abandonar Italia con su ejército, temeroso de la reacción popular.
Le guerra se trasladó a Hispania, donde los pompeyanos perdieron dos legiones, y también al norte de África, donde un general de César, de nombre Curión, fue aniquilado a manos del rey númida Juba, un aliado de Pompeyo, precisamente junto a las dos legiones que se habían rendido a los cesarianos en Hispania y que posteriormente se habían unido a su ejército. Sin embargo, Pompeyo eludía sistemáticamente un combate frontal de ambos ejércitos. Su abrumadora superioridad naval le permitía moverse cómodamente, estableciendo sólidas rutas de suministros, mientras que César se veía obligado a perseguirle sin tener líneas de abastecimiento fiables, lo cual le complicó mucho las cosas. Los hombres bajo su mando habían combatido sin tregua en las Galias durante diez años, y el ejército se debilitaba rápidamente debido a la deficiente alimentación. La situación llegó a ser desesperada, sobre todo tras la inesperada derrota menor de Durazzo, en la que, a pesar de perder apenas unos cientos de hombres, la autoestima y el prestigio de sus legiones se resintieron notablemente, según él mismo reconoce en sus “Comentarios a la guerra civil”.
Sin embargo, Pompeyo se vio obligado a presentar batalla a causa de las presiones de los senadores, que estaban ansiosos por acabar con César y no veían con buenos ojos aquella táctica de desgaste.
La batalla de Farsalia (9 agosto de 48 a.C.) cambió el curso de la guerra y quedó además como el testimonio supremo de la genialidad de Julio César como estratega militar. Supo captar perfectamente las claves tácticas sobre las que Pompeyo fundamentaba sus aspiraciones de victoria y tomó las medidas adecuadas para neutralizarlas, planteando la batalla como un preciso mecanismo.
La superioridad numérica de Pompeyo era de dos a uno en lo referente a fuerzas de infantería, pero además contaba con diez mil jinetes, frente a los apenas mil germánicos y galos (tropas de gran calidad, por otro lado) que formaban en el ejército cesariano.
Los pompeyanos extendieron al máximo su línea de batalla, abarcando un frente de más de dos kilómetros, obligando a los cesarianos a realizar la misma operación para equiparar la longitud de ambas líneas y evitar ser rodeados, con lo cual la del ejército de César era muy delgada y, consecuentemente, vulnerable. Sin embargo, César tendió una trampa al grueso de la caballería senatorial, lanzando contra ella a sus jinetes, que fingieron retirarse al poco de entablar combate. La caballería pompeyana se abalanzó en su persecución, intentando aprovechar la maniobra para rodear la aparentemente frágil línea de los cesarianos y atacarlos por la retaguardia. Sin embargo, Julio César había escondido tras sus líneas varias cohortes armadas con las larguísimas lanzas que se usaban en los asedios para derribar a los defensores de las fortificaciones. Estos hombres habían sido instruidos para atacar a los jinetes al estilo de las falanges griegas, formando una sólida y compacta barrera con las puntas de las lanzas. Las primeras filas de la caballería del ejército senatorial se batieron en retirada, sorprendidas, y arrastraron al resto de los jinetes en una espiral de pánico y confusión, tal y como posiblemente había previsto César. La debacle de sus jinetes debió desconcertar terriblemente a Pompeyo, que contaba con la abrumadora superioridad de su caballería para flanquear cómodamente las líneas enemigas, atacarlas por la retaguardia y desequilibrar el desenlace de la batalla a su favor. Los germanos de César les siguieron de cerca, acabando de desbandarlos y arrollando a continuación a los arqueros y honderos que apoyaban a la caballería. El desconcierto se extendió por las líneas del ejército senatorial, sobre todo cuando los hombres que habían atacado a los jinetes con sus lanzas de asedio se abalanzaron sobre el flanco pompeyano, al mismo tiempo que el resto del ejército iniciaba un ataque masivo en toda la línea. Los legionarios de César, resentidos a causa de las penalidades que habían sufrido, cargaron furiosamente contra sus enemigos, decantando el factor moral de su lado. Considero oportuno hacer aquí una pequeña puntualización. Una de las claves de las batallas, posiblemente más importante que la calidad intrínseca de los combatientes, es la actitud mental de éstos en el momento preciso de entrar en combate. Desde el principio de la historia los líderes militares han tenido conciencia en mayor o menor medida de este hecho, y han desarrollado sistemas para enardecer a sus hombres (tambores, cuernos de guerra, gritos y cánticos de batalla entonados colectivamente, etc.) que simultáneamente, en la mayoría de los casos, tienen también la función de amedrentar al enemigo. Un ejemplo que a todo el mundo le resultará familiar es el de los indios americanos abalanzándose sobre su oponente con el rostro desfigurado por las impresionantes pinturas de guerra y profiriendo agudos y escalofriantes alaridos. No resulta difícil imaginar el efecto que causaban en sus contrincantes.
En todo caso, la furia de los hombres de César debía ser tremenda, teniendo en cuenta que en lugar de una entrada triunfal en su patria se encontraron con la desposesión de su ciudadanía romana y con una guerra penosa a la que se habían visto abocados a causa de los hombres que comandaban el ejército al que se disponían a atacar. Parece ser que Pompeyo se dejó llevar por el pánico tras el descalabro inicial y abandonó el campo de batalla, lo cual precipitó el desmoronamiento de sus líneas. La victoria de Farsalia cambió drásticamente el curso de la guerra. Posteriormente, Pompeyo fue asesinado en Egipto, a donde se había retirado, por los partidarios del joven rey Ptolomeo XIII, que estaban deseosos de ganarse el favor de César en su lucha por el trono, en la que se enfrentaban a Cleopatra, la hermana de Ptolomeo. El disgusto de César por el asesinato de su antiguo amigo fue notable, y finalmente apoyó la causa de la reina. Hay que apuntar que Ptolomeo había sido aliado del senado romano y, por lo tanto, de Pompeyo. La guerra se decidió en las batallas de Tapso (África), donde fue derrotado Juba, el rey númida aliado de Pompeyo, y finalmente en la de Munda, en Andalucía (la ubicación exacta de esta batalla genera una notable polémica, aún hoy en día), donde murió Cneo Pompeyo, el hijo mayor de Pompeyo.

Imagen de un legionario empuñando una de las lanzas que se mencionan en el texto, aunque este soldado es del siglo II. En la época de Julio César iban ataviados con una cota de malla. La coraza de láminas apareció posteriormente, como consecuencia de las guerras contra los germanos, que eran muy robustos y usaban armas muy pesadas contra las cuales la cota de malla era una protección insuficiente. No obstante, en las legiones acantonadas en Oriente o en África, la cota de malla continuó siendo la protección reglamentaria hasta el final del imperio.

Extracto de “El ángel sin cielo”, de Jorge Berenguer Barrera
Copyright Jorge Berenguer Barrera

Enero 24, 2007

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Publicado por inmemoriam en General

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