Gautier de Rochenoir
Gautier de Rochenoir estaba agotado y de pésimo humor. Habían pasado la noche escuchando misas, ataviados con la armadura completa y velando armas. El señor de Alasgos consideraba más importante encomendarse a Dios que disputar el campo con sus tropas descansadas. Los caballeros, formados ya en línea de batalla, toqueteaban sus reliquias y rezaban en silencio, manteniendo las lanzas en posición de descanso. Las boñigas de los caballos humeaban aparatosamente, y las rachas de viento helado agitaban los estandartes. Los hombres del rey de Navarra, sus oponentes aquella mañana, se desplegaban sin prisas a lo largo de la linde del bosque, a unos trescientos metros de distancia. Gautier estaba soñoliento a causa de la velada, mareado por el incienso y el olor corporal de los hombres y harto de aquellos guerreros estólidos y circunspectos, obsesionados por su mezquino concepto de la honra y por su intensa codicia. No se había sorprendido demasiado al enterarse de que aquellas miserables riñas entre señores cristianos eran más frecuentes que las batallas contra los infieles, pero se había decepcionado al constatar que la frontera era ante todo un ámbito donde el ansia de conquistas y la avidez por los botines prevalecía sobre los ideales caballerescos. La mayoría de los que formaban con él eran mercenarios y caballeros sin tierras, ávidos de rapiña. Eran puteros, roñosos, toscos y crueles, aunque eran también valerosos hasta la demencia. Establecían la hora de la batalla conferenciando con sus enemigos y no movían un dedo sin encomendarse antes a todos los santos, aunque eran, ante todo, guerreros temibles. Gautier los detestaba sin dejar de admirarlos. En todo caso había jurado vasallaje al señor de Alasgos, y a él se debía. Se sentía furioso con Lubu. Estaba seguro de que el condenado egipcio, un año antes, sabía ya lo que iba a ocurrir cuando el pequeño señor cristiano los admitió en su mesnada, pero que se había callado para poder ver a Gautier en aquella situación. Lubu amaba las bromas pesadas. Por aquel entonces Gautier era un recién llegado a una tierra extraña, y se había sentido muy honrado cuando el señor de Alasgos los incorporó a su tropa a cambio de una paga miserable y del derecho a una parte de los botines que se hicieran. Pero en lugar de épicas batallas contra el musulmán se había encontrado con aquellas intrincadas trifulcas entre el rey y los pequeños nobles levantiscos.
Gautier giró la cabeza hacia Lubu, y éste sonrió afablemente, con una expresión ingenua. Gautier cerró los ojos, fastidiado, e inclinó el torso para escupir en el barro. Volvió la cabeza hacia el otro lado, para contemplar a las levas villanescas. Eran hombres fibrosos y de aspecto huraño. Iban mal protegidos y peor armados, algunos de ellos con guadañas y otros aperos. Otros llevaban garrotes nudosos o varas afiladas. Los arqueros usaban toscas armas de caza. Algunos le sostuvieron la mirada, desafiantes. Más de uno estaba bebido. En algún lugar entre las filas un clérigo murmuraba lúgubres letanías. Y en aquel momento empezó a llover de nuevo. Gautier suspiró.
—Mi señor Don Gautier.
Gautier dio un respingo. No había sentido acercarse a Guzmán, el joven mozo que había contratado para que ayudara a Lubu y les pusiera al día a ambos sobre los usos locales. Era un muchacho listo y dispuesto.
—Mi señor Don Gautier, allí, en el flanco derecho de los hombres del rey. Los pendones verdes y dorados. Son los moros.
Gautier se incorporó sobre los estribos, con los ojos entornados, y distinguió enseguida a los jinetes. Montaban caballos pequeños e inquietos y llevaban una faja alrededor del yelmo. Sus armaduras estaban forradas de telas de colores.
—Arqueros a caballo de Cuenca. Disparan al galope, mi buen señor. Cuidaos bien de ellos.
Gautier sabía ya que era habitual entre los señores cristianos contratar tropa mercenaria sarracena. También los sarracenos solían incorporar caballería pesada cristiana para sus propias trifulcas fronterizas. Pero nunca hasta entonces había visto a los moros. No le parecieron gran cosa.
—Lo haré, buen Guzmán.
—Y recordad que los infantes moros son disciplinados y van bien armados, mi buen señor.
—Así lo haré.
En aquel momento, uno de los abanderados de las tropas reales alzó una oriflama y la hizo ondear, provocando un rugido que reverberó por las hileras de hombres. Muchos de los que estaban alrededor del portaestandarte irguieron sus lanzas y agitaron las banderolas que pendían de las puntas. Al cabo de un momento, un centenar de ellos se adentró al trote en el campo de liza.
—Son los hombres del conde de Valdavia, mi buen señor Don Gautier. Es el más bravo y leal de los vasallos del rey.
Gautier observó a los caballeros avanzando de forma implacable y aprestando sus lanzas. Podía sentirse la vibración de los cascos de los formidables corceles, que empezaron a trotar a más velocidad. Una pareja de cornejas alzó el vuelo con precipitación, apartándose de su paso. El abanderado inclinó el estandarte y los caballeros cargaron. Gautier pudo distinguir una descarga de flechas que no hizo efecto alguno en los atacantes. En el último momento, sin embargo, los jinetes cambiaron de dirección y cabalgaron un trecho en una trayectoria paralela a las líneas de sus enemigos, que los abuchearon. Los caballeros de Valdavia describieron un arco de círculo y volvieron hasta su posición original, provocando un pequeño alboroto festivo entre los suyos, que les vitorearon.
Poco después se oyeron cuernos de guerra, y los hombres empezaron a intercambiar comentarios excitados y a relajar sus actitudes. Algunos se despojaron del yelmo, sonrientes. Gautier no entendía nada, pues se expresaban con un marcado acento local muy distinto al castellano que él había aprendido en Francia.
—¿Qué es lo que ocurre ahora, Guzmán?
—Se terminó por hoy, mi buen señor —contestó Guzmán tranquilamente. Tenía los ojos entornados a causa de la fina lluvia, y tiritaba un poco. Empezaba a guardar las flechas en una funda.
Gautier estaba estupefacto.
—¿Se terminó?¿La batalla se ha terminado?
—Sí, mi buen señor, es por la lluvia. Los hombres del rey han cargado honrosamente, y los nuestros no han cedido el campo. Ahora conferenciarán y establecerán una nueva fecha para la liza.
Gautier no acababa de creer lo que estaba viendo. Durante un fugaz instante consideró la posibilidad de que Guzmán estuviera burlándose de él, espoleado por Lubu. Volvió la cabeza hacia el egipcio, que levantó los hombros y separó las manos. Las levas de villanos rompían ya las filas, intercambiando impresiones y valorando con aire crítico la carga de los caballeros de Valdavia.
Gautier experimentó un repentino arrebato de furia. Se sintió estafado y ridículo, tras la noche de misas y la eternidad que había pasado sentado sobre su silla de guerra, bajo la lluvia. Estaba aterido y calado hasta los huesos. Casi se sorprendió de sí mismo cuando picó espuelas y su caballo relinchó, sorprendido, antes de iniciar un galope furioso. Pudo escuchar a Lubu gritando como un mulo asustado, pero cuando volvió la cabeza le vio a poca distancia, clavando espuelas con desesperación para seguirle. Aquello sí era una buena broma. Gautier no pudo evitar una carcajada salvaje al ver la expresión aterrada de su escudero. Cuando entraba en combate, Lubu intentaba compensar su incapacidad para articular palabras con el volumen de sus alaridos. También pudo distinguir, de forma fugaz, a los caballeros de su bando alzando los brazos, con el gesto del que quiere advertir a alguien de un peligro. Gautier de Rochenoir irguió la lanza para ostentar su gallardete, azul y negro. Cuando llegó a la mitad del campo hizo girar su montura y cabalgó a gran velocidad ante las líneas de los hombres del rey. Les insultó gravemente en su idioma, ya que había memorizado algunas de las brutales expresiones locales que solía escuchar en los campamentos. Por las noches, sus compañeros de armas se divertían al oírle vocalizarlas con su delicado acento provenzal y se reían hasta las lágrimas. Les tildó de hijos de puta bastarda y de puercos, de truhanes ladrones de pollos y de apestosos sacos de boñiga rancia. Los mozos y escuderos enemigos le hacían gestos obscenos, y los caballeros refrenaban a sus caballos, que caracoleaban en círculos, y amagaban una carga. Las flechas volaban a su alrededor, y una llegó a golpearle el muslo, aunque no perforó la cota de malla. Finalmente, una flecha más ligera se clavó en la madera del escudo con un golpe seco, y Gautier guió a su corcel para volver a sus líneas. Giró la cabeza para cerciorarse de que ningún caballero enemigo hubiera aceptado el desafío, y pudo ver a Lubu ostentando su terrorífica cimitarra, con el brazo muy alzado. Seguía berreando como un poseso, con los ojos muy abiertos.
Cuando volvió hasta los hombres de Alasgos todo el mundo se acercó para felicitarle. Le palmeaban las piernas y le vitoreaban. Guzmán, furioso, daba manotazos a los mozos de otros señores que pretendían sostener las riendas del caballo de Gautier.
Aquella noche, el señor de Alasgos le invitó a su tienda. El vino estaba aguado y la carne era de la peor clase. Cuando su señor le agradeció la gesta regalándole un jamón, Gautier no pudo más y le rogó por los clavos de Cristo que le liberara de su juramento de vasallaje.
Fragmento de “El ángel ciego”, por Jorge Berenguer Barrera
Curiosidades de las batallas de la reconquista:
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