Un banquete medieval
El primer domingo de primavera de cada año, la condesa Elfgiva de Fôret-Brun celebraba el aniversario de su nacimiento con deslumbrantes festejos que se prolongaban durante varias jornadas.
Acudían los barones del condado, precedidos de sus portaestandartes, sus hombres de armas y sus perreros. Llegaban por los caminos formando coloridas comitivas, y las familias de labradores se destocaban para contemplarles y admirar los formidables e inquietos corceles de guerra, cubiertos con mantas de lana. Los nobles y sus familias montaban caballos de viaje de largas patas y crines trenzadas. Bajo las capas, ribeteadas de piel de armiño, vestían lujosos ropajes de terciopelo, y sus botas de viaje ocultaban finos escarpines de cuero de ternera. Algunos llevaban gruesos guantes de cuero, y en sus manos alzadas exhibían magníficos halcones. Docenas de mulas portaban las armaduras, los presentes para la condesa y el resto del equipaje. Las oriflamas y los estandartes rozaban las copas de los árboles, desprendiendo las hojas y las ramas secas, y los juglares improvisaban tiernas cansons para amenizar el viaje y complacer a las damas de la comitiva, comparándolas con las incipientes floraciones de los campos.
A medida que llegaban al castillo eran recibidos por la bella condesa, y los escuderos de los nobles exponían en la plaza los blasones de sus señores.
El domingo, a primera hora, se celebraba un fastuoso banquete en la explanada del castillo. Se saludaban los barones besándose en las mejillas, se levantaban coloridos toldos y se montaban mesas con tablones y caballetes. Los sirvientes formaban una larga fila desde las cocinas, e iban y venían transportando por parejas amplias fuentes repletas de codornices, de pan o de frutas tempranas. Los escuderos acercaban las butacas a sus señores, los cuartos de buey, de cordero, de venado y de jabalí, cocinados con vino y miel, hacían crujir la madera de las mesas, y los trinchadores de la condesa los cortaban con largos cuchillos de mango de plata que emitían hermosos destellos. Los pajes y los escuderos, y también los caballeros más jóvenes, tomaban las lonchas humeantes con el índice y el pulgar y se las tendían a los barones y a sus acompañantes, y los pajes del castillo, vestidos con libreas de color negro y rojo sangre, servían a los invitados de menor categoría. Las más bellas doncellas de la región habían sido instruidas por los coperos para escanciar el vino especiado en las copas de plata. Los juglares forasteros rivalizaban con los del condado en enaltecer a sus señores, componiendo ingeniosas canciones en las que exageraban las hazañas de sus antepasados y el esplendor de su linaje. Cuando los invitados empezaron a embriagarse, los músicos entonaron atrevidas composiciones cargadas de dobles sentidos, y las damas y los señores reían y se limpiaban las manos en las túnicas para aplaudir y golpear los platos de peltre con la hoja de sus cuchillos. Los formidables perros de guerra reñían por las sobras que sus amos arrojaban a la hierba, los malabaristas hacían volar pelotas de madera pintadas de colores, y unos enanos simularon una justa usando la larguísima mesa como campo de liza. Llevaban escudillas en lugar de yelmos y empuñaban cucharones para usarlos como lanzas. Tenían cascabeles cosidos a sus ropas, y sus diminutos pantalones se deslizaban hasta los pies cuando corrían. Los señores reían hasta las lágrimas al entrever las pálidas nalgas pintadas de colores y les arrojaban monedas. La condesa, que presidía la mesa central, era como el primer resplandor del sol en un amanecer otoñal. Llevaba rosas tempranas prendidas en el cabello, y tendía la mano a sus invitados para que le rindieran homenaje besándole los dedos, sin dejar nunca de sonreír. Detrás de ella permanecían dos de sus guardias sudaneses, negros como la noche, que iban tocados con aparatosos turbantes de seda azul. Usaban suntuosos pendientes de oro y portaban dos puñales curvos en la faja dorada que les rodeaba la esbelta cintura. Mantenían cruzados sus poderosos brazos desnudos, y vigilaban con desdén a los rollizos y ebrios señores cristianos, manteniendo los párpados entornados.
A los siervos y villanos se les sirvió sopa de cebada, pan negro y carne de cerdo, y se acomodaron en la hierba que rodeaba el castillo, agrupados por familias.
Poco antes del mediodía la condesa hizo un gesto a sus doncellas, que le acercaron la jofaina y las toallas, y después se levantó graciosamente, dando por terminado el banquete. El conde de Rochenoir, que era su invitado de honor, la tomó del dedo para acompañarla al campo de justas. Todos los señores y sus damas se alzaron también, y los juglares y malabaristas, los escuderos, las mozas y la servidumbre del castillo se arrojaron sobre los abundantes restos del festín.
El campo de liza había sido cubierto con hierba alta de los alrededores, perlada de amapolas, para que los caballeros no se lastimaran al ser derribados. El arbitro de justas clamaba los nombres y los títulos de los contendientes, y los escuderos, que portaban estandartes con los blasones de sus señores, voceaban sus gestas y las de sus antepasados y escarniaban jovialmente a sus rivales. El público aullaba de entusiasmo, respaldando a sus favoritos y denostando a sus contendientes. Los caballeros saludaban a las damas al situarse en sus marcas y bajaban la celada del yelmo con gesto grave. Muchos ostentaban ligas y pañuelos en el casco e incluso en sus lanzas, cuyas puntas habían sido embotadas con bolas de madera. Los morriones estaban forrados de costosas telas o pintados de colores, y lucían penachos de plumas o adornos metálicos. Los corceles relinchaban de furia al ser espoleados y se abalanzaban al galope contra sus contendientes. Las lanzas se partían con brutales crujidos, y el público clamaba de excitación al ver caer en la hierba a los rivales de sus favoritos. Muchos se levantaban de sus asientos, y algunas damas sufrían elegantes desvanecimientos que provocaban la inmediata atención de sus caballeros. La atmósfera estaba saturada por el olor a comida y a sudor, y también a excrementos de caballo.
Al caer la tarde muchos de los invitados forasteros empezaron a retirarse, pero una difusa y furtiva excitación se extendió entre los vasallos de la condesa, pues se acercaba el momento más esperado por ellos. Pronto se encenderían las antorchas en los muros y desfilarían las adolescentes más bellas del condado para brindarle a su señora los ramos de flores tempranas que ellas mismas habían recogido durante el día. Elfgiva de Fôret-Brun escogería uno de aquellos ramos, y junto con las flores escogería también a la afortunada joven que lo portara. La convertiría en su doncella personal, en su amante durante todo el año y en su protegida durante el resto de su vida, lo cual cambiaría para siempre la existencia de la muchacha y la de toda su familia.
Fragmento de “El ángel ciego”, de Jorge Berenguer Barrera
Copyright Jorge Berenguer Barrera 2.007