Belexo
Belexo, el ángel triste, se batió durante milenios en las guerras de los hombres, obsesionado hasta la extenuación por la remota posibilidad de que uno de los mensajeros de la muerte, seres meticulosos y reflexivos, cometiera un error sin precedentes y acariciara su nuca en la confusión de una batalla, concediéndole así un descanso eterno que por justicia le estaba vedado a causa de su condición de traidor.
Luchó en las primeras guerras de Roma tras la era de los monarcas, en los tiempos en que la joven república batallaba con la energía y la temeridad de un lobo adolescente que aún debiera conquistar su lugar en la tierra. Por aquellos tiempos los romanos eran hombres rigurosos y severos, y sus austeras almas de campesino se aferraban a la tierra de la que dependían. En tiempos de guerra embalaban flemáticamente sus aperos de labranza y tomaban las armas para defender sus campos, con el fervor suicida de los progenitores que custodian a sus hijos.
Belexo guerreó después contra los elefantes de Aníbal, el cartaginés, y uno de aquellos pavorosos animales, enloquecido por el dolor que le causaba su colmillo fracturado, estuvo a punto de condenar al ángel a vivir eternamente como un inválido. Hasta muchos siglos después Belexo seguía despertándose a medianoche, enervado por el dolor atroz que él mismo se había provocado al presionarse las orejas en un vano intento de proteger sus tímpanos del bramido de aquella fiera colosal. Sus compañeros de tienda, siempre distintos a lo largo de las décadas, despertaban también sobresaltados y juraban haber escuchado el barritar lejano e indómito de un elefante, ya que los sueños de los ángeles tienen la peculiaridad de transgredir sus propios límites. Belexo se acostaba de nuevo, con el cabello empapado de sudor, mientras intentaba relajar los músculos de su cadera para olvidar el amargo recuerdo del dolor que le había atormentado durante meses, cuando el elefante se la había quebrado.
En los tiempos de Julio César participó en la campaña de Publio Craso contra los partos, nefasta y maldita. En aquel desierto pedregoso e infame vio morir a todos sus compañeros de centuria, y Belexo también murió un poco aquella mañana, cuando miles de jinetes rodearon las posiciones de su cohorte y levantaron una polvareda tan espesa que los legionarios apenas podían ver sus propias manos. Aguardaron a que se disipara la niebla blanquecina, mientras jadeaban dificultosamente a causa del polvo que obstruía sus bronquios, aterrorizados por el sólido silencio que siguió a la retirada de los jinetes fantasmales. Súbitamente sintieron un intenso zumbido que provenía del cielo, y miles de flechas, descendiendo en trayectoria vertical, empezaron a clavarse en sus hombros y en sus cuellos con un golpe sordo que recordaba al que produce una fruta madura impactando en el suelo. Los hombres caían y se encogían en la arena a causa del dolor, mientras los proyectiles seguían traspasando sus brazos y sus manos. Belexo permaneció acurrucado durante horas bajo el escudo erizado de flechas, y las lágrimas de impotencia trazaron surcos en el polvo blanquecino que le cubría el rostro, mientras se esforzaba para no enloquecer a causa de los lamentos de agonía de sus hermanos de armas, invisibles entre la polvareda.
En la época de Augusto batalló en los tenebrosos océanos de árboles de Germania, y escapó milagrosamente de la esclavitud el día de la matanza del bosque de Teotoburgo* (1) Aquella noche centenares de prisioneros romanos fueron embutidos, desnudos, en minúsculas jaulas de mimbre que colgaban de los robles, para ser después quemados vivos en ofrenda a los dioses impronunciables que habitaban aquel país lóbrego e indómito. Mientras huía entre la maleza como una alimaña acorralada, Belexo escuchó a aquellos mismos dioses susurrándole rabiosas amenazas, que se confundían con el rumor de su carrera furtiva entre unos extraños matorrales que le arañaban la piel vengativamente.
Fue uno de los primeros en cruzar el Támesis, cuando el anciano emperador Claudio invadió Britania. Las flechas y las esferas de plomo de los honderos impactaban con violencia en la línea de escudos de madera, mientras Belexo y los hombres de su centuria avanzaban dificultosamente con el agua helada a la altura del pecho. Los enormes proyectiles incendiarios arrojados desde los navíos de la marina romana que apoyaban el avance batían con estrépito las rudimentarias fortificaciones britanas. Belexo tenía las orejas aprisionadas por las protecciones del yelmo de bronce, y los latidos acelerados de su propio corazón se imponían sobrecogedoramente al fragor de la lucha, a los alaridos de los hombres y a las confusas órdenes de los cuernos de guerra. Cuando alcanzó la orilla, asomó los ojos con cautela por encima del escudo y pudo ver a los imponentes britanos haciéndoles gestos obscenos desde la empalizada. Belexo se quedó paralizado por la sorpresa al distinguir entre ellos a Edém, el ángel tranquilo. Belexo hizo un leve movimiento con la cabeza, en señal de reconocimiento, y Edém esbozó una sonrisa cortés para corresponderle. En aquel momento, una esfera de plomo impactó en el lateral del yelmo de Belexo y le derribó en el fango. El ángel, aturdido, quedó tendido boca arriba, y observó maravillado las perfectas líneas de humo negro que los proyectiles incendiarios trazaban en el cielo.
Permaneció unos años acantonado en aquel húmedo y extraño país en el que los guerreros aún usaban carros de combate para flanquear a la infantería, como si fueran fantasmas del pasado.
Participó también en las crueles campañas contra los judíos, a los que llegó a admirar profundamente a causa de su incomparable convicción, y se sintió embargado por un pudor inconfesable cuando su legión saqueó el templo de Jerusalén. Los sagrados objetos del culto fueron amontonados por las manos impías de los vencedores en carros tirados por bueyes y trasladados a Roma, donde fueron expuestos a la plebe en un obsceno desfile triunfal. Por aquellos tiempos los romanos ya no eran la nación de agricultores orgullosos de sus raíces. La soberbia y la arrogancia habían reemplazado mucho tiempo atrás a la pureza de espíritu de los antiguos republicanos.
Guerreó en Dacia* (2) y de nuevo en Partia, en tiempos de Trajano, donde se reencontró con los espectros de sus antiguos hermanos de armas deambulando aún por el desierto, con los cabellos blancos de polvo. Llevaban casi doscientos años buscando el estandarte de su centuria entre una polvareda que en realidad se había disipado mucho tiempo atrás. Belexo les mostró el camino hacia el otro lado, y los fantasmas de los legionarios de Craso se lo agradecieron efusivamente mientras vertían lágrimas de alivio.
Batalló en todas las fronteras del imperio y fue amigo de generales y emperadores, algunos de los cuales fueron partícipes del secreto de su naturaleza sobrehumana. Los ángeles caídos suelen amar a los grandes hombres, aquellos que pueden identificarse realmente con el alcance trágico de su castigo, y en ocasiones los usan como medio para transmitirse mensajes entre ellos. Vespasiano*(3), siendo aún legado de la segunda legión en Britania, le dio recuerdos a Belexo de parte de Axo, el ángel risueño, al que había tratado en Roma.
Belexo fue testigo perpetuo y nostálgico de la descomposición del imperio. Roma se convirtió en un lobo anciano al que sus enemigos acechaban, ávidos de vengar antiguas y dolorosas afrentas. Las legiones fueron transformándose en tropas fronterizas que vigilaban una inmensa línea fortificada de miles de kilómetros, delimitada cuidadosamente por ríos y desiertos y reforzada con empalizadas y murallas de piedra. Centinelas temerosos que montaban guardia en robustas torres de vigilancia substituyeron al terrible poder de intimidación que tenían las antiguas legiones, y naciones hambrientas de gloria y venganza se prepararon para asaltar a un imperio abandonado por sus dioses, que además ya había perdido el orgullo a causa de una crisis económica irrecuperable. Roma se resistió a su propio final como un anciano enfermo y de alma infame, temeroso de la muerte, y optó por invertir sus últimos fondos en sobornar a naciones de bárbaros para que la protegieran de otras naciones más bárbaras aún. El rey de los hérulos, Odoacro, que había sido hasta entonces un aliado de los romanos, depuso en el año 476 d.C. a Rómulo, el último emperador, y se proclamó rey de Roma. Belexo lloró con la tristeza inconsolable de un niño de corta edad que acabara de quedarse sin familia.
El ángel detestaba la aspereza de carácter de los germánicos, tan alejada de la delicada complejidad del alma latina, y su búsqueda de una nueva patria le llevó a vagar por el mundo durante casi dos siglos, evitando durante décadas el contacto con los humanos. Finalmente se dejó seducir por el rigor sin horizontes del desierto árabe y por la majestuosa pureza de carácter de sus habitantes, tan afín a su propio espíritu. Se dedicó a custodiar las caravanas que cruzaban temerariamente la inmensidad de aquel mundo petrificado, y la sensación de vértigo horizontal que sentía durante aquellos viajes acabó por serenar su espíritu. Un atardecer se acercó a uno de los inmensos bazares de las afueras de La Meca. Aquella misma mañana había llegado a la enorme ciudad custodiando una caravana, y el ángel echaba de menos a los mercaderes con los que había convivido durante semanas. Al verle le abrazaban y después le invitaban a las trastiendas para ofrecerle refrescos. Todo el mundo acababa amando la pureza de Belexo. Al ángel le gustaba embriagarse con el aroma obsceno de las especias que se exhibían en los mostradores, y nunca dejaba de maravillarse ante la visión inquietante de aquel tesoro incalculable, expuesto impúdicamente a la multitud por mercaderes de todas las nacionalidades y custodiado por guardias imponentes. Se dejaba aturdir por los olores y los sabores, mientras el gentío le empujaba al abrirse camino con impaciencia entre los puestos del mercado. Súbitamente decidió comprar unos dátiles con miel para engañar a su espíritu, ávido de estímulos, y mientras el pequeño mercader se los ofrecía sin dejar de parlotear, colocados en un cuenco de barro, alguien acarició la nuca de Belexo. Fue tanta la fuerza que percibió en aquella alma que el ángel dejó caer el recipiente y se quedó paralizado, incapaz de darse la vuelta para mirarle a los ojos. “Aggelos*(4), el perdón está en tu corazón. Búscalo allí, porque no eres indigno de él”, le dijo el hombre, con una voz suave y afilada como una verdad irrefutable. Belexo, estupefacto, sintió dos enormes lágrimas rodando por sus pálidas mejillas, mucho antes de experimentar una convulsión de desahogo gestada durante milenios. Se llevó la mano derecha a la cara, cubriéndose los ojos, y rompió a llorar de alivio. El árabe le tomó la mano izquierda y tiró con suavidad de él, guiándole de la misma forma que a un niño que llevara siglos extraviado. Aquel hombre de alma extraordinaria se llamaba Mahoma y pertenecía a una familia de comerciantes del clan Hasmin, de La Meca, y durante los años siguientes confirmó su condición de elegido y se dedicó con afán a difundir las revelaciones de Allah, el Dios único, generoso y amable, fuente del universo, cuyo bondadoso y sencillo mensaje original había sido distorsionado por hebreos y cristianos. Mahoma predicó con fervor la exigencia divina de sumisión de corazón o Islam como única condición para la salvación, recalcando la advertencia de que los actos infames perpetrados durante la vida terrenal acarrearían a su autor nefastas consecuencias en caso de no lograr el propio perdón antes de morir.
El ángel se convirtió en su guarda y protector, de la misma forma que una sombra amable, y le acompañó durante el resto de su vida.
1.- Bosque de Teotoburgo: En el bosque de Teotoburgo, en Germania, la tribu de los queruscos sorprendió en año 9 d.C. a tres legiones que lo atravesaban y las aniquilaron completamente tras una batalla que duró varios días. La causa del desastre fue la trampa que uno de sus líderes, de nombre Hermann o Arminio, le tendió al gobernador de la provincia, Publio Quintilio Varo. Arminio se había educado en Roma, estudiando la política del imperio y las estrategias de las legiones, y había obtenido la ciudadanía romana. Sin embargo, al volver a su patria se encontró con que Varo ejercía un régimen opresor. Organizó una revuelta secreta y logró engañar a Varo para que se internara en el bosque. Las águilas o estandartes de dichas legiones, capturadas por los germánicos, fueron recuperadas muy posteriormente por el emperador Claudio.
2.- Dacia: Territorio que equivaldría aproximadamente a la actual Rumania. El nombre de Rumania, que significa tierra de romanos, tiene su origen en la denominación que le dieron los países vecinos. La romanización caló tan profundamente en Dacia que su idioma, el rumano, proviene del latín.
3.- Tito Flavio Vespasiano: (9 d.C. – 79 d.C.) Después emperador. En la época del relato fue enviado por el emperador Nerón para doblegar la insurrección judía protagonizada por los zelotes, en Palestina. Tras la muerte por suicidio de Nerón hubo una época de terrible inestabilidad política, llamada el año de los tres emperadores (entre el 68 y el 69 d.C. gobernaron sucesivamente los generales Galba, Otón y Vitelio) Tras ser Vespasiano nombrado Cesar en el 69 d.C. por las tropas romanas destacadas en los territorios orientales, reunidas en su cuartel general de Cesárea (Palestina), dejó al frente del ejército de Judea a su hijo mayor Tito, que después le sucedió también como Cesar. El último emperador de la dinastía Flavia fue el hijo menor de Vespasiano, Domiciano, que sucedió a su hermano Tito. Vespasiano y Tito fueron grandes emperadores, que procuraron el bien del pueblo y cimentaron la autoridad del senado. Domiciano, en sus últimos años de mandato, se convirtió en un gobernante tiránico y fue asesinado. Le sucedió Trajano, el primer emperador de origen hispano, en el año 98 d.C.
4.- Aggelos: Ángel, en griego
Fragmento de “El ángel ciego”, novela de Jorge Berenguer Barrera.
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