In memoriam

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Enero 25, 2007

La guerra civil romana. Julio César contra todos.

Publicado por inmemoriam en General

Técnicamente, la guerra civil se inicia en el momento en que Julio César cruza el río Rubicón al mando de una de sus legiones, la XIII, contraviniendo frontalmente la ley romana que prohibía a los gobernadores provinciales entrar en Italia con sus tropas. Las causas de que César llegara al extremo de incurrir en un acto tan grave son muchas y de distinta índole.
Políticamente, César había pertenecido siempre a la facción progresista de la clase política romana, que tradicionalmente se oponía a los optimates o ultraconservadores. Estos últimos representaban a las familias más aristocráticas e inmovilistas de la ciudad, que además tenían mayoría en el senado.
César logró aliarse con Craso, uno de los hombres más ricos de Roma que era, además, el líder natural de los ciudadanos del orden ecuestre (equites), entre los que se encontraban los comerciantes adinerados pertenecientes a familias sin linaje aristocrático. De esta alianza surgió un sólido frente de oposición política a los tradicionalistas, al que posteriormente se incorporó Pompeyo, un general de orígenes modestos que sin embargo tenía un enorme carisma entre los romanos y que contrajo matrimonio con Julia, la hija de César.
La muerte de Craso desequilibró la situación, y Pompeyo acabó siendo atraído a las filas de los conservadores después de que falleciera su esposa y se rompieran así los lazos familiares que tenía con la familia Julia. Es muy posible que los celos que debió sentir a causa de las proezas que protagonizaron las legiones de César en las Galias resultaran determinantes en su decisión, ya que Pompeyo estaba considerado por aquel entonces como el mejor general romano vivo, y además era célebre por su carácter vanidoso.
En el momento en que los aristocráticos optimates recobran el poder se inicia un proceso de acoso y derribo contra la figura de Julio César, al que temen profundamente por su carisma entre la plebe y también entre una amplia facción del senado, y llegan al extremo de vulnerar las leyes con el objeto de declararle traidor, alegando acusaciones de escaso fundamento para exigirle su inmediato regreso a Roma, con el fin de procesarle. Es muy posible que la decisión del senado de retirar la ciudadanía romana a los legionarios bajo el mando de César, después de que éstos hubieran conquistado y pacificado la totalidad de las Galias tras diez años de luchas continuas, fuera la gota que colmó el vaso.
Alea jacta est, dijo César antes de entrar en Italia al mando de la XIII Legión.
Inicialmente, no sólo no encuentra oposición, sino que su causa genera tantas simpatías en la mayoría de las poblaciones que Pompeyo, a pesar de contar con fuerzas muy superiores en número, decide abandonar Italia con su ejército, temeroso de la reacción popular.
Le guerra se trasladó a Hispania, donde los pompeyanos perdieron dos legiones, y también al norte de África, donde un general de César, de nombre Curión, fue aniquilado a manos del rey númida Juba, un aliado de Pompeyo, precisamente junto a las dos legiones que se habían rendido a los cesarianos en Hispania y que posteriormente se habían unido a su ejército. Sin embargo, Pompeyo eludía sistemáticamente un combate frontal de ambos ejércitos. Su abrumadora superioridad naval le permitía moverse cómodamente, estableciendo sólidas rutas de suministros, mientras que César se veía obligado a perseguirle sin tener líneas de abastecimiento fiables, lo cual le complicó mucho las cosas. Los hombres bajo su mando habían combatido sin tregua en las Galias durante diez años, y el ejército se debilitaba rápidamente debido a la deficiente alimentación. La situación llegó a ser desesperada, sobre todo tras la inesperada derrota menor de Durazzo, en la que, a pesar de perder apenas unos cientos de hombres, la autoestima y el prestigio de sus legiones se resintieron notablemente, según él mismo reconoce en sus “Comentarios a la guerra civil”.
Sin embargo, Pompeyo se vio obligado a presentar batalla a causa de las presiones de los senadores, que estaban ansiosos por acabar con César y no veían con buenos ojos aquella táctica de desgaste.
La batalla de Farsalia (9 agosto de 48 a.C.) cambió el curso de la guerra y quedó además como el testimonio supremo de la genialidad de Julio César como estratega militar. Supo captar perfectamente las claves tácticas sobre las que Pompeyo fundamentaba sus aspiraciones de victoria y tomó las medidas adecuadas para neutralizarlas, planteando la batalla como un preciso mecanismo.
La superioridad numérica de Pompeyo era de dos a uno en lo referente a fuerzas de infantería, pero además contaba con diez mil jinetes, frente a los apenas mil germánicos y galos (tropas de gran calidad, por otro lado) que formaban en el ejército cesariano.
Los pompeyanos extendieron al máximo su línea de batalla, abarcando un frente de más de dos kilómetros, obligando a los cesarianos a realizar la misma operación para equiparar la longitud de ambas líneas y evitar ser rodeados, con lo cual la del ejército de César era muy delgada y, consecuentemente, vulnerable. Sin embargo, César tendió una trampa al grueso de la caballería senatorial, lanzando contra ella a sus jinetes, que fingieron retirarse al poco de entablar combate. La caballería pompeyana se abalanzó en su persecución, intentando aprovechar la maniobra para rodear la aparentemente frágil línea de los cesarianos y atacarlos por la retaguardia. Sin embargo, Julio César había escondido tras sus líneas varias cohortes armadas con las larguísimas lanzas que se usaban en los asedios para derribar a los defensores de las fortificaciones. Estos hombres habían sido instruidos para atacar a los jinetes al estilo de las falanges griegas, formando una sólida y compacta barrera con las puntas de las lanzas. Las primeras filas de la caballería del ejército senatorial se batieron en retirada, sorprendidas, y arrastraron al resto de los jinetes en una espiral de pánico y confusión, tal y como posiblemente había previsto César. La debacle de sus jinetes debió desconcertar terriblemente a Pompeyo, que contaba con la abrumadora superioridad de su caballería para flanquear cómodamente las líneas enemigas, atacarlas por la retaguardia y desequilibrar el desenlace de la batalla a su favor. Los germanos de César les siguieron de cerca, acabando de desbandarlos y arrollando a continuación a los arqueros y honderos que apoyaban a la caballería. El desconcierto se extendió por las líneas del ejército senatorial, sobre todo cuando los hombres que habían atacado a los jinetes con sus lanzas de asedio se abalanzaron sobre el flanco pompeyano, al mismo tiempo que el resto del ejército iniciaba un ataque masivo en toda la línea. Los legionarios de César, resentidos a causa de las penalidades que habían sufrido, cargaron furiosamente contra sus enemigos, decantando el factor moral de su lado. Considero oportuno hacer aquí una pequeña puntualización. Una de las claves de las batallas, posiblemente más importante que la calidad intrínseca de los combatientes, es la actitud mental de éstos en el momento preciso de entrar en combate. Desde el principio de la historia los líderes militares han tenido conciencia en mayor o menor medida de este hecho, y han desarrollado sistemas para enardecer a sus hombres (tambores, cuernos de guerra, gritos y cánticos de batalla entonados colectivamente, etc.) que simultáneamente, en la mayoría de los casos, tienen también la función de amedrentar al enemigo. Un ejemplo que a todo el mundo le resultará familiar es el de los indios americanos abalanzándose sobre su oponente con el rostro desfigurado por las impresionantes pinturas de guerra y profiriendo agudos y escalofriantes alaridos. No resulta difícil imaginar el efecto que causaban en sus contrincantes.
En todo caso, la furia de los hombres de César debía ser tremenda, teniendo en cuenta que en lugar de una entrada triunfal en su patria se encontraron con la desposesión de su ciudadanía romana y con una guerra penosa a la que se habían visto abocados a causa de los hombres que comandaban el ejército al que se disponían a atacar. Parece ser que Pompeyo se dejó llevar por el pánico tras el descalabro inicial y abandonó el campo de batalla, lo cual precipitó el desmoronamiento de sus líneas. La victoria de Farsalia cambió drásticamente el curso de la guerra. Posteriormente, Pompeyo fue asesinado en Egipto, a donde se había retirado, por los partidarios del joven rey Ptolomeo XIII, que estaban deseosos de ganarse el favor de César en su lucha por el trono, en la que se enfrentaban a Cleopatra, la hermana de Ptolomeo. El disgusto de César por el asesinato de su antiguo amigo fue notable, y finalmente apoyó la causa de la reina. Hay que apuntar que Ptolomeo había sido aliado del senado romano y, por lo tanto, de Pompeyo. La guerra se decidió en las batallas de Tapso (África), donde fue derrotado Juba, el rey númida aliado de Pompeyo, y finalmente en la de Munda, en Andalucía (la ubicación exacta de esta batalla genera una notable polémica, aún hoy en día), donde murió Cneo Pompeyo, el hijo mayor de Pompeyo.

Imagen de un legionario empuñando una de las lanzas que se mencionan en el texto, aunque este soldado es del siglo II. En la época de Julio César iban ataviados con una cota de malla. La coraza de láminas apareció posteriormente, como consecuencia de las guerras contra los germanos, que eran muy robustos y usaban armas muy pesadas contra las cuales la cota de malla era una protección insuficiente. No obstante, en las legiones acantonadas en Oriente o en África, la cota de malla continuó siendo la protección reglamentaria hasta el final del imperio.

Extracto de “El ángel sin cielo”, de Jorge Berenguer Barrera
Copyright Jorge Berenguer Barrera

Enero 24, 2007

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