Cada uno en su Casa
Recuerdo que por muchos años -desde mi infancia hasta el alejamiento de la casa paterna para ir a la Universidad- todos nos conocíamos en el barrio que transcurrió esa etapa de mi vida (con nombres y apellidos). Sabíamos quien era cada uno, éramos solidarios y compartíamos todos los juegos y peleas propias de esa edad.
Hoy donde tengo el privilegio de residir, confieso que apenas conozco el nombre de dos vecinos y no tengo la más mínima idea del resto, excepto –claro está- el saludo protocolar cada vez que nos cruzamos, pues como reza el dicho, lo cortés no quita lo valiente.
Ese punto -las relaciones del ser humano con sus semejantes, que son cada vez más interesadas y que dejan cada vez menos lugar al altruismo- me motiva escribir estas líneas.
Ciertamente, existen impulsos de solidaridad, pero son sólo ocasionales y como resultado de catástrofes (inundaciones, tempestades, terremotos, etc.), pero la actitud que predomina en el comportamiento de nuestro entorno, es la de “cada uno en su casa”, con una indolencia tremenda (no me importa nada lo que le ocurra a mi vecino, mientras a mi no me ocurra).
En la paradoja de los tiempos modernos, veo que en la era de la comunicación, las personas, los vecinos, ya no se comunican. Los miembros de una misma familia ya no dialogan entre ellos -tan ocupados como están en escuchar el radio, mirar la televisión o navegar en Internet- instalándolos en una gran soledad que va reforzando y exacerbando el individualismo, que a su vez, es una consecuencia del materialismo excesivo que reina actualmente en las sociedades modernas.
Tan contradictorio como pueda parecer, creo que la falta de comunicación entre nuestros conciudadanos, resulta en parte por un exceso de información. Naturalmente, no se trata de poner en tela de juicio el deber de informar y el derecho de ser informado, ya que uno y otro son los pilares de toda democracia verdadera. Sin embargo, me parece que la información se ha vuelto a la vez excesiva e invasora, hasta el punto de generar su contrario: la desinformación.
Todos los días veo como padres y madres de familia –tal como en un circulo vicioso- se encierran en sus casas, exhaustos después de cada jornada de trabajo en busca de los recursos, hasta el logro de sus metas (aumentar sus posesiones, realizar sus ambiciones, tener más poder, gloria, fama, fortuna, etc.) y cuando alcanzan estas metas, entonces se debaten en desear con igual ansiedad nuevas metas –y así una y otra vez- sin darse el tiempo necesario para ellos mismos, ni mucho menos compartir con sus familias.
No estoy diciendo que mejorar el estándar de vida sea malo, sino que por el contrario. Simplemente que en esa lucha, han dejado lo mejor de sus vidas y sus hijos habrán pasado por ellos sin compartirlos (más encima se quejan de su comportamiento “rebelde”: Digo yo ¿con qué moral?)
Para romper ese circulo vicioso, propongo un equilibrio entre las ambiciones excesivas y un subestandar de vida: Alcanzar un logro a un precio ni demasiado grande para poner en riesgo la comentada integridad de la familia, ni tan demasiado bajo que nunca logren concretar nada de ellas, dando paso a sus angustias.
Afortunadamente, me parece que ese aislamiento debería terminar -más temprano que tarde- por generar el deseo y la necesidad de reanudar el contacto con el prójimo.(Un alcance: en mi opinión, el individualismo como derecho natural a vivir de manera autónoma y responsable, no me parece en absoluto condenable, sino por el contrario. Pero que se vuelva un modo de vida fundado en la negación del prójimo, no me parece bien, ya que contribuye a la disgregación del medio familiar y del tejido social).