CANSULTA MEDICA
CONSULTA MÉDICA.PorCarlos Ugnacio.
Viéndome en la necesidad de solicitar una opinión facultativa sobre un terrible dolor que me atacó repentinamente entre el cuajo y la montalaya y como siempre sucede en esos casos, de momento no se recuerda el nombre de algún médico, que se dedique a ese oficio como en la antigüedad, — me refiero a mis tiempos — en el que el mismo galeno igualmente recetaba un té para curar el empacho, que atendia un parto o curaba el pericardio supurado, lo cual para el paciente era muy cómodo, ya que amén de que lo examinaban a domicilio, muchas veces le regalaban la medicina, que si bien su efectividad era relativa dados los adelantos y conocimientos de la época, en algunas ocasiones surtía efecto, creo yo que mas por la fe que se le tenía al médico, que por el contenido químico del menjurje que se recetaba. Bueno, pero volviendo al tema, en ese caso todo mundo que uno conoce y que por una indiscreción menciona en su presencia el mal que le aqueja, empieza a recomendar un sinnúmero de médicos especialistas, que como los apóstoles y profetas de la biblia han hecho curaciones maravillosas, siempre en una tía, una hermana, un primo o en otra persona allegada y a la cual han salvado milagrosamente, dado que ya tenían un pie en la sepultura, de acuerdo con las opiniones de otros médicos diferentes al recomendado, ofreciéndote el que menos conseguir el teléfono y el que mas hacerte la cita y acompañarte a la consulta, lo cual queda por lo general en solo las promesas.
Pero resulta que después de llegar a casa con los bolsillos del saco llenos de servilletas de papel con nombres que no te dicen nada, tu mujer te informa por medio de un parte casi militar, que tienes cita el día viernes a las cuatro de la tarde con el Dr. Fulano, — que según le dijeron es de lo mas atinado ya que curó de la vesícula a la suegra de la recomendadora — haciéndote la suplica de que seas muy puntual ya que te hará un “huequito” para atenderte dado que tiene llena su agenda, pero dado que eres recomendado te atenderá; Lo malo es que esto te lo informan el lunes y estarás con la zozobra de la cita durante toda la semana, despertando agitado por las noches con la pesadilla de que se te olvido la dichosa cita o llegaste tarde.Por fin llega el mentado viernes y desde las diez de la mañana empiezas a ver el reloj cada cinco minutos temiendo que por algo se te haga tarde; Ese día vas a comer con los amigos pero suprimes el alcohol o si la necesidad apremia te tomas un vodka, esto con el objeto de no despedir olor a borracho durante la consulta.
Terminas de comer la botana a la carrera y a las tres de la tarde emprendes el viaje a la dirección que te anotó tu mujer en una hoja papel arrancada de un cuaderno y — !Por fin¡ — llegas a la dirección con el tiempo holgado no obstante que en el estacionamiento se tardaron quince minutos en recibirte el coche y que tardas otros diez negándote con los aborígenes del lugar a que lo laven, pulan, enceren, cambien los hules de las puertas o le ajusten el motor; lo que más desconfianza te da es cuando te preguntan — ¿ cuanto se va a tardar?–– A lo que a mi se me ocurre otra pregunta — ¿ para qué quieren saber?
Al ingresar al edificio te das cuenta que en realidad no necesitaba la dirección exacta, ya que no sé por que razón, todos los edificios de consultorios tienen un olor característico que los distingue de cualquier otro tipo de inmueble, además de otras características como son los elevadores, los que además de una lentitud exasperante, por lo general carecen de focos en los botones llamadores, de modo que no sabes si el elevador viene o está descompuesto y en el caso que el foco esté en buenas condiciones, el plástico del botón está roto debido a la compulsión humana de oprimirlo no obstante que este indique que ya ha sido llamado y que viene en camino. Todo mundo que llega lo oprimirá con fuerza una o varias veces como si esto acelerara la velocidad del aparato o por medio del botón repartieran turnos para abordarlo. Bueno al fin se abre la puerta del elevador y me precipito a su interior temiendo no poder hacerlo dada la capacidad del mismo y el número de aspirantes a pasajero; Pero en fin ya estoy adentro viendo una placa que dice — “CAPACIDAD MAXIMA 250 KG.” — De modo que los que los que construyeron el elevador piensan que en cada vestíbulo de edificio existe una báscula, para que cada persona se pese antes de subir al elevador y posteriormente se haga una selección para no exceder el peso permitido, por lo que después de hacer un cálculo mental del peso de mis acompañantes y el mío propio, respiré tranquilo al ver que cuando mucho, estabamos excedidos por cien kilos en el peso permitido.
En el momento que la puerta se cerró, se formó una cofradía dentro del minúsculo espacio, que podría ser comparable a la masonería o por lo menos a un club de tejido, como si todos participáramos de un viaje que nos conduciría al transbordador Apolo; Una voz femenina me saco de mis pensamientos — ¿ A qué piso va? — Era la pasajera que le había correspondido el lugar frente a la destartalada placa de mando y para evitar que todo mundo le diera un “arrimón” con el pretexto de oprimir los botones, ella lo hacia de buena gana; Yo le respondí — Al quinto por favor — con mi mejor sonrisa como corresponde a todo socio del club. Y así empezaron a descender piso por piso cada uno de los miembros del club, los que se despedían de los que quedábamos a bordo con un “Buenas tardes”, como si nos conociéramos de toda la vida o fuésemos la tripulación de un trasatlántico que acaba de amarrar en algùn puerto de Africa. Cosa que yo hice igualmente temiendo que de no hacerlo se me retiraría la credencial de socio.
Por fin llegué al consultorio y de inmediato me dirigí a la recepcionista, secretaria o el titulo que se le quiera dar y con gran orgullo de estar puntual a la cita, le hice saber mi nombre y que tenia cita a las cuatro con el Dr. Fulano. Ella en forma indiferente sacó una agenda la que después de revisarla me miro y dijo — ” Pos” no lo tengo registrado, ¿Cuando hizo la cita? — La hicieron el lunes pasado señorita me recomendó la Sra. Ortíz que es muy amiga de la esposa del doctor, — “pos” por eso no lo tengo registrado pero tome asiento, el doctor está retrasado, está en una operación.— Pienso, espero que eso de retrasado se refiera al tiempo y no a la capacidad mental del doctor; Humildemente obedezco y empiezo a recorrer con la vista la decoración del cuarto; Unos cuadros que son merecedores de un lugar mas apropiado, como puede ser la cervecería “La Villa de Sarria” o la parte trasera externa de un microbús. Yo para hacer plática le comento — ¿De quien son esos cuadros? — A lo que me responde con toda candidez, pensando que pregunto por el propietario de los adefesios y levantando la vista de su tejido, que no ha dejado por un momento desde que llegué, a excepción del momento que se tomo para revisar la agenda — Son del doctor, los pintó su Señora.—En eso sonó el teléfono; En lo que contestaba llega otro paciente, una señora de edad que seguramente es cliente asidua del doctor, ya que entra y se sienta frente a mí y espera que la recepcionista cuelgue el teléfono, que por lo que pude oír era una llamada cuyo objetivo era saber si al mole de olla le ponía canela; Una vez que el auricular se encuentra en su lugar, le pregunta, — “Buenas Luchita ¿y el Doctor?” — Y Luchita le responde lo mismo que me informo a mí.
!Carajo¡, las cuatro y media y ni sus luces de este desgraciado; Me decido a tratar de leer una revista de las muchas y muy manoseadas que hay en desorden sobre la mesa, tomo una al azar y paso rápidamente las hojas con la esperanza de encontrar algo que valga la pena, me detengo en una y veo que hablan del descubrimiento de la penicilina, veo la fecha de la revista y me doy cuenta que es de 1946, por lo que la dejo y reviso otras para ver si no tienen la crónica de la botadura del arca de Noé; Ya para esto hay dos pacientes mas en la sala y empiezo a comparar el comportamiento de los pacientes con el de los perros callejeros; Para todas las actitudes caninas veo que existe una contraparte en las humanas; Todo mundo que llega, es escrupulosamente analizado por los demás pacientes tal y como lo hacen los grupos de perros callejeros al ver a un animal extraño en su zona, al que se le acercan desconfiados a olerle el trasero, — cosa que entre los asistentes al consultorio seria de muy mal gusto,— por lo que se substituye con una mirada escrutadora, para posteriormente substituir el movimiento de cola aprobatorio, con una tímida sonrisa que indica que es bienvenido a ese lugar.
Ya son las cinco de la tarde y del médico ni sus luces; La asistente ya sacó su televisión, que yo creo que para lo único que sirve, es para oír los programas de T.V. ya que dudo mucho que alguien pueda ver algo en esa pantalla del tamaño de un timbre de correo, pero que suena de una forma chillona inaguantable, por lo que todos los concurrentes nos enteramos de la situación que guarda la protagonista de la telecomedia de las cinco, ya que además del ruido, el grupo femenino que se ha formado durante la larga espera, comentan entre todas ellas los pormenores del terrible enredo que solo se le puede ocurrir a la calenturienta mente del escritor de la obra.
En eso no sé si es que ya estaba soñando con los ojos abiertos, pero escuche unas fanfarrias y cruzo como exhalación frente a mí, una figura que mal pude distinguir, a no ser por un murmurado tímidamente “Buenas tardes” acompañado por una estela de olor a buen coñac y el saludo entusiasta de los pacientes que veíamos al fin una esperanza en que nuestra espera terminara.
Inmediatamente detrás del doctor, la asistente después de bajar el volumen a la televisión, se introdujo en el consultorio con una libreta en la mano; Los que quedamos fuera empezamos a intercambiar miradas ya no tan amistosas, solamente de pensar que sean otros los recibidos antes de nosotros, pienso y me río en lo mas intimo, “si supieran que soy el primero”, dado que según me prometieron me haría un huequito dado que soy recomendado.
En eso sale el mastodonte o sea la auxiliar — a la que no había visto con detenimiento y hasta ese momento me di cuenta de su volumen — y ante nuestra mirada de desesperación dice: Señora González………pase por favor.
!!!!!!Carajo¡¡¡¡¡¡ Para qué me hicieron venir a las cuatro, ya van a dar las seis y pasan a esta vieja que llego después de mí; Por mi mente corre la idea de salirme del consultorio y dejar con un palmo de narices al galeno, a su secretaria y pacientes, pero me arrepiento al pensar en tener que repetir el vía crucis desde el principio, después de que según yo ya voy en la segunda caída, de modo que solamente intercambio miradas de desaprobación con los compañeros de sala y haciendo de tripas corazón tomo asiento nuevamente.
Y así transcurre el tiempo entre revistas arcaicas, vecinas de la secretaria que pasan a cobrarle lo de la tanda, visitadores médicos con mas paciencia que el santo Job, la telecomedia y un sinfín de personajes sacados de un libro de ciencia-ficción y una esperanza de que cuando se habrá la puerta nuevamente, sea yo el afortunado de pasar a ese recinto, que espera uno que en su interior se solucionen todos los males.
Por fin se abre la puerta y el mastodonte murmura dirigiéndose a mí— pase por favor — a lo que yo respondo con un salto felino para posicionarme en el umbral de la puerta, donde la susodicha me franquea la entrada sin soltar el picaporte, con el objeto de cerrar la puerta en cuanto me encuentro en el interior, como para evitar que me arrepienta. Ya en interior al fin puedo ver a la eminencia que es totalmente diferente de lo que me había imaginado, siendo que sin la bata blanca, jamás hubiera yo pensado en consultarlo; Intercambiamos saludos al mismo tiempo que obedezco a la indicación que me hace de sentarme frente al escritorio.
— Buenas tardes, mucho gusto — al momento que me extiende amistosamente la mano.— Buenas tardes Doctor — Mientras pienso que si no pudiese haberme recibido antes de las siete. Me llama la atención que el olor a coñac desapareció misteriosamente, dejando en su lugar a pasta de dientes con olor a menta.— Cuénteme que le pasa —Después de haber anotado en una hoja mis generales y dos o tres preguntas estúpidas sobre mi edad y sexo. — A ver pásele por acá.
Me indica que me acueste en una mesa de auscultación y empieza a palparme el abdomen con tal fuerza que estoy seguro que me podía tocar las vértebras por enfrente. — ¿Le duele? — A lo que respondo afirmativamente mientras pienso —como no me va a doler, me dan ganas de darle una patada en los bajos y repetirle la pregunta.
— Bueno ya terminamos — me dice mientras se lava las manos, mientras yo trato de superar el dolor que me produjo la auscultación
Nuevamente en el escritorio y en lo que contesta el teléfono aprovecho para echarle una mirada a su título que se encuentra colgado en medio de muchos diplomas en diferentes idiomas, siendo algunos de congresos en los que no creo que halla aprendido nada, ya que todos esos congresos son para graduarse en aptitudes báquicas y nada mas.
Escribe en un bloc de recetas y me alarma el ver que termina de llenar la primera hoja y sigue a la segunda y a una tercera las que me entrega de una en una, con su correspondiente explicación — Estas medicinas se las va a tomar por un mes; va a suprimir el alcohol, tabaco, irritantes, desveladas y sobre todo no haga corajes. La segunda y tercera hoja eran no para mi sino para el laboratorio, ya que me mandaba hacer desde lamparoscopia de los oídos por vía rectal, hasta la remedición de las dioptrías de mis lentes, esto pasando por los consabidos análisis de sangre y demás desecho corporal que exista analizable, todo con la recomendación explícita de que me los hiciera en los “Laboratorios Tales” ya que son los únicos a lo$ que le$ tiene confianza. — Lo espero en un mes — me dice mientras me extiende la mano nuevamente.
Como es de suponerse, después de pasar con el mastodonte a que me aplicara mi cuota de setecientos pesos, ya que era la primer consulta y con él animo por los suelos, pense que todavía me podía pasar a la cantina a jugar una partida dominó si es que tenía con quien, ya que eran las ocho de la noche.
Pues resultó que encontré a los amigos que seguían desde el medio día que los dejé para acudir con el médico, pegados al dominó, de modo que decidí incorporarme y jugar una ronda por los tragos; En esas estaba y a punto
de cerrar a unos, cuándo me ataco consabido dolor, por lo que suspendí la partida, parándome a la barra a platicar mi pena con el cantinero, el que después de escuchar el relato de mis males me dijo — Lo que pasa mister es que tiene un pedo atorado, ahorita le doy algo pa’eso — y ni tardo ni perezoso me preparo un menjurje con sabor a anís —écheselo hasta el fondo — me ordenó, cosa que hice de inmediato y en diez minutos había desalojado el gas que atinadamente me diagnosticó el cantinero, sin necesidad de tanta espera y diploma pegado en la pared.
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